Radio Maria Argentina

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Țara Argentina
Limba ES-AR
Episoade 100
Ultimul 07.05.2025

Radio Maria Argentina es una emisora católica que ofrece programación religiosa, incluyendo misas, oraciones, reflexiones y música espiritual. Su contenido está dirigido a la comunidad de habla hispana, con un enfoque en la fe y la devoción mariana. El podcast incluye transmisiones en vivo y grabaciones de programas anteriores.

Episoade

  • Vida Eucarística: entre luz y sombra 07.05.2025 55min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/90337.mp3 07/05/2025 – Estamos en la semana del discurso del Pan de Vida. Jesús, después de multiplicar los panes, no solo sacia un hambre física. Nos invita a mirar más profundo: Él es el Pan que no se termina, el que da vida verdadera. OraciónSeñor Jesús,vos sos el Pan de Vida.La presencia escondida que da fuerza en medio de la noche.Cuando todo falta, vos estás.Cuando no hay palabras, tu silencio habla.Cuando el mundo se encierra, vos abrís caminos. Queremos aprender a vivir de tu Eucaristía:descubrir que en un rincón oscuro puede brotar la luz,creer que tu presencia transforma la tristeza en esperanza. Que nunca nos falte el deseo de encontrarte,ni la valentía de llevarte a otros.Que el amor nos vuelva creativosy tu Pan nos haga testigos. Jesús,que tu vida en nosotros sea semilla que crece,pan que se parte,luz que permanece.Amén. Evangelio del díaSan Juan 6,35-40 Jesús dijo a la gente:«Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed. Pero ya les he dicho: ustedes me han visto y sin embargo no creen. Todo lo que me da el Padre viene a mí, y al que venga a mí Yo no lo rechazaré, porque he bajado del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la de Aquel que me envió.La voluntad del que me ha enviado es que Yo no pierda nada de lo que Él me dio, sino que lo resucite en el último día.Esta es la voluntad de mi Padre: que el que ve al Hijo y cree en Él, tenga Vida eterna y que Yo lo resucite en el último día». ¿Dónde el Señor te invita hoy a tener una mirada más profunda?Cuando estás cansado… acercate igual. Cuando todo parece igual… creé en su Palabra. Cuando no sabés qué hacer… pedí luz para discernir. Cuando te falta fuerza… Él no te abandona nunca. La Eucaristía: Pan que transforma No es cualquier pan.Es pan pascual. Pan de resurrección. Pan que transforma. “El que coma de este Pan vivirá para siempre” (Jn 6,51) Al recibir a Jesús, no solo lo llevamos dentro…nos volvemos como Él.Nos hacemos don, nos hacemos amor, nos hacemos pan. Testigos en la sombra: Van Thuan y la Eucaristía clandestina En una cárcel de Vietnam, en pleno aislamiento, el obispo Van Thuan celebraba la Eucaristía con unas gotas de vino en la palma de su mano.Conservaban al Santísimo en bolsitas hechas con papel de cigarrillos.A escondidas, pasaban la Comunión y adoraban en silencio por turnos, en plena oscuridad. Y así, la cárcel se volvió luz.Se multiplicaron las conversiones, se bautizaron nuevos cristianos.La Eucaristía, aún escondida, transformó corazones. Lo que transforma no es el lugar… es el amor“Sin la Eucaristía no podemos vivir la vida de Dios.”– San León Magno Allí donde hay amor donado, hay cielo.Donde se vive desde la entrega, hay eternidad.Donde se parte el pan, nace la esperanza. Jesús te dice: Yo SoyNo sos fotocopia.No estás de más.Tu vida tiene sentido.¡Dale una oportunidad a la Vida!Jesús te recuerda que estás llamado a vivir y dar vida. Consigna del día ¿Dónde te pide hoy el Señor tener más fe?¿Dónde necesitás dejarte transformar por su presencia?Pedile el don de quererlo más:querer ir, querer compartir, querer recibirlo. Para terminar… No busques a Jesús solo por necesidad.Buscalo por amor.Él es el Pan que sacia tu hambre más profunda.Pedile hoy un corazón convencido. Mirá la catequesis. Escuchá la catequesis en vivo de lunes a viernes a las 8:00 por radiomaria.org.arSuscribite a nuestro canal de YouTube.Sumate como aportante y ayudá a evangelizar: Quiero ayudar También te puede interesar:Catequesis anteriores. La entrada Vida Eucarística: entre luz y sombra se publicó primero en Podcast.
  • Desde la raíz a todo lo demás 05.05.2025 56min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/90238.mp3 05/05/2025 – Después de la multiplicación de los panes, la multitud sigue buscando a Jesús. Pero Él los invita a mirar más allá del milagro material y descubrir el verdadero alimento que solo Él puede dar. Jesús quiere llevarnos más profundo: desde lo visible a lo esencial, desde el pan temporal al Pan de vida.Daría la sensación de que, pasada la alegría pascual, se nos acabaron los relatos fuertes. Ya no está la tumba vacía, ni los encuentros sorpresivos con el Resucitado. Pero no es así. La liturgia no se quedó sin textos, se quedó con lo más importante: con la mirada nueva que da la Pascua. Ahora, cada gesto, cada palabra de Jesús, cada milagro, cada enseñanza… lo vemos desde otro lugar. Desde la luz de la resurrección. Eso es lo que pasa con el Evangelio de hoy. El pueblo busca a Jesús porque les dio de comer. Pero él les dice: “Trabajen no por el alimento que se acaba, sino por el alimento que permanece para la vida eterna”. San Juan 6,22-29 Reflexión: ¿Por qué buscamos a Jesús? Tras la alegría de la Pascua, pareciera que la intensidad del relato baja. Pero en realidad, la mirada cambia. Ahora cada palabra de Jesús se ilumina desde la Resurrección. Es el tiempo de volver al centro, de pasar del entusiasmo pasajero al seguimiento profundo. La gente buscaba a Jesús porque les había dado de comer. Pero se habían olvidado del fuego que encendió su palabra en sus corazones. Jesús los invita a volver al origen. Hoy, también nosotros necesitamos recordar ese primer momento en que nos enamoramos de Él, en que su mirada nos alcanzó y su amor nos transformó.¿Te acordás cuándo sentiste por primera vez que Jesús te hablaba directamente a vos? Cristo es nuestra raíz: origen, alimento y fecundidad El amor como origen Todo nace del amor de Dios.Cristo no nos amó porque hiciéramos cosas buenas, sino que nos amó primero (cf. 1 Jn 4,16).Esa es nuestra raíz: Su amor gratuito, desbordante, inmerecido. “Jesucristo, nuestra Pascua, ha resucitado. Él es nuestra raíz.” La fe como alimento La fe es más que una idea: es vida, alimento, impulso.No basta con sobrevivir… Cristo quiere que tengamos vida eterna.Hoy, cuando todo parece moverse rápido, Jesús nos ofrece algo que permanece. ¿Qué te da esperanza hoy?¿Cómo la resurrección de Cristo transforma tus dificultades? Cristo como fuente de frutos La fe verdadera da frutos, incluso en la herida.Jesús no es solo consuelo: es raíz fecunda. Si nos unimos a Él, aun el dolor puede convertirse en semilla de vida nueva. “El que cree en mí, tiene vida eterna.” – Jn 6,47 ¿Por qué buscás a Jesús? Jesús nos interpela con amor:¿Me buscás solo por lo que puedo darte o por lo que soy para vos?Como nos enseña el Papa Francisco: “No seamos espectadores de la fe, sino discípulos con el corazón decidido y generoso.” El seguimiento de Jesús no es solo devoción, es transformación. Es una respuesta libre, confiada, viva.Volvé a tu raíz. Recordá ese primer llamado. Renová tu «sí». Oración del día: Desde la raíz a todo lo demásOraciónSeñor, en cada paso, mostranos tu Camino.En las dudas, revelanos tu Verdad.En el cansancio, regalános tu Vida.En nuestra ansiedad por saberlo todo, enseñanos a confiar.En la impaciencia por llegar, ayudanos a permanecer.En el deseo de control, despertá nuestra docilidad.En el silencio, hablá a nuestro corazón.En el encuentro con tu Palabra, hacenos crecer.En nuestras decisiones, guiá nuestros pasos.En la búsqueda de sentido, hacete presente.Te pedimos por el cónclave que se prepara, que sea obra tuya y no nuestra.Por el futuro pastor de la Iglesia, que sea un hombre según tu corazón.En nuestra vida entera, que seas el centro, Jesús.En vos, Señor. Con vos, siempre.Amén. Mirá la catequesis. Escuchá la catequesis en vivo de lunes a viernes a las 8:00 por radiomaria.org.arSuscribite a nuestro canal de YouTube.Sumate como aportante y ayudá a evangelizar: Quiero ayudar También te puede interesar:Catequesis anteriores. La entrada Desde la raíz a todo lo demás se publicó primero en Podcast.
  • Encontrar a Dios en lo cotidiano 30.04.2025 8min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/20250430CAT.mp3 30/04/2025 – ¿Dónde está Dios en medio de tus tareas diarias? Con esta pregunta miremos nuestra vida desde una perspectiva nueva: la de la fe encarnada en lo simple, en lo concreto de cada jornada. Dijo Jesús: Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es condenado; el que no cree, ya está condenado, porque no ha creído en el nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios. Dios no se esconde, se manifiesta A veces creemos que para encontrarnos con Dios tenemos que retirarnos del mundo o esperar momentos extraordinarios. Pero hoy la catequesis nos recuerda algo fundamental: Dios se manifiesta en lo ordinario. En el desayuno que preparás con amor, en el colectivo que tomás todos los días, en el cansancio del trabajo bien hecho, en la ayuda que ofrecés a tu familia o vecinos. Todo puede ser oración Cuando cada gesto cotidiano lo ofrecés con amor, se convierte en oración. No hace falta estar en un templo para estar en presencia de Dios. Basta con vivir el día con fe, con una intención interior de entrega, de servicio, de amor. Cada gesto, cada esfuerzo, puede ser una ofrenda. Y es que todo lo que vivís puede ser parte de tu diálogo con Dios. Una invitación para hoy Hoy el Señor te invita a reconocerlo en lo sencillo. A descubrir que el Reino de Dios comienza en lo pequeño, en lo que muchas veces pasamos por alto. ¿Y si hoy ofrecés tus tareas como una oración silenciosa? ¿Y si tu rutina se convierte en camino de santidad? Oración del díaJesús, que sepa encontrarte en lo cotidiano.Que descubra tu presencia en cada momento simple de mi día.Dame un corazón que sepa ofrecer todo con amor.Amén. Mirá la catequesis. Escuchá la catequesis en vivo de lunes a viernes a las 8:00 por radiomaria.org.arSuscribite a nuestro canal de YouTube.Sumate como aportante y ayudá a evangelizar: Quiero ayudar También te puede interesar:Catequesis anteriores. La entrada Encontrar a Dios en lo cotidiano se publicó primero en Podcast.
  • ¿Cómo puede ser esto? La pregunta que abre a la fe 29.04.2025 52min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/20250429CAT.mp3 29/04/2025 – Nos dejemos guiar por el Espíritu Santo, a renacer de lo alto como nos propone el Evangelio de San Juan. A través del diálogo de Jesús con Nicodemo, recordamos que la vida cristiana no es solo un hecho pasado, como el bautismo recibido en la infancia, sino un llamado permanente a dejarnos transformar por el Espíritu en cada paso del camino. Lectura del Evangelio según San Juan 3, 7b-15 Jesús dijo a Nicodemo: «Ustedes tienen que renacer de lo alto.»«El viento sopla donde quiere: tú oyes su voz, pero no sabes de dónde viene ni a dónde va. Lo mismo sucede con todo el que ha nacido del Espíritu.»«¿Cómo es posible todo esto?», le volvió a preguntar Nicodemo.Jesús le respondió: «¿Tú, que eres maestro en Israel, no sabes estas cosas? Te aseguro que nosotros hablamos de lo que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto, pero ustedes no aceptan nuestro testimonio.Si no creen cuando les hablo de las cosas de la tierra, ¿cómo creerán cuando les hable de las cosas del cielo?Nadie ha subido al cielo, sino el que descendió del cielo, el Hijo del hombre que está en el cielo.De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna.» 1 – Renacer de lo alto: vivir desde el bautismo Jesús le dice a Nicodemo: “Tienen que renacer de lo alto”. Esto no se refiere solamente al bautismo como sacramento del pasado, sino a una forma de vivir cada día. Ser cristiano no es haber sido bautizado una vez, sino vivir desde el bautismo. Es permitir que nuestra identidad de hijos de Dios nos renueve constantemente. El renacer de lo alto es un estilo de vida: es mirar cada jornada como una nueva oportunidad de dejar que Dios haga nuevas todas las cosas en nosotros. ¿Vivís tu bautismo como una novedad diaria o como un rito que quedó en el pasado? 2 – Dejarse guiar por el Espíritu Santo El viento sopla donde quiere, dice Jesús. Así es el Espíritu: libre, imprevisible, lleno de sorpresas. No podemos encerrarlo en estructuras ni domesticarlo con nuestras seguridades humanas. El Espíritu Santo nos impulsa, nos mueve, nos hace salir. Nos invita a vivir una fe dinámica, abierta, que se anima a lo nuevo. Como a María, que se puso en camino; como a los apóstoles, que fueron enviados a todo el mundo. ¿Te animás a dejarte llevar por el soplo del Espíritu, aunque no sepas bien hacia dónde te conducirá? 3 – No tener miedo: confiar más allá del «¿cómo?» Nicodemo pregunta: “¿Cómo puede ser esto?” Y cuántas veces nosotros también nos detenemos ahí. Nos paraliza el «cómo». Queremos garantías antes de caminar. Pero el camino del Evangelio no se recorre desde el control, sino desde la confianza. El Papa Francisco nos recuerda que lo opuesto al amor no es solo el odio, sino el miedo. Ese miedo que nos detiene, nos hace mirar desde la sospecha y no desde la fe. ¿Qué miedos te impiden avanzar? ¿Te animás a caminar aun sin tener todas las respuestas? 4 – Creer: no sólo admirar a Jesús, sino adherirse a Él Nicodemo admiraba a Jesús, pero Jesús le pide algo más: creer. No basta con reconocerlo como un gran maestro. Él es el Hijo de Dios. Y el creer no es algo intimista o puramente interior. Es unirse a Él, dejarse transformar, entrar en su corazón y desde allí, ser enviados. El que cree se pone en camino. El que cree no se guarda a Jesús para sí, lo anuncia, lo contagia, lo vive. ¿Tu fe es de admiración o de adhesión? ¿Jesús es una idea para vos o una persona viva con la que caminás? 5 – Mirar la cruz para vivir la vida eterna desde ahora Jesús dice que el Hijo del Hombre debe ser levantado, como la serpiente en el desierto. Así es la cruz: el lugar donde todo parece terminar, pero donde en realidad empieza todo. Desde allí brota la vida eterna, no como algo que comienza cuando morimos, sino como una plenitud que arranca en el bautismo. La cruz nos recuerda que la vida cristiana es pascual: tiene momentos de sombra, pero está llena de luz. La fe nos hace caminar en esa luz, aun cuando no lo entendamos todo. ¿Estás caminando en la sombra o dejás que Cristo, luz del mundo, ilumine tu vida? Conclusión Hoy el Señor te llama por tu nombre, como llamó a Nicodemo. Te pregunta: ¿cómo estás viviendo tu fe? ¿Cómo te dejás guiar por el Espíritu? No tengas miedo de hacerle preguntas a Dios. Él las acoge y te responde con amor. Renová tu confianza, dejá que el Espíritu te empuje hacia una vida nueva. Porque la fe no es solo creer, es caminar, es vivir y es anunciar. Mirá la catequesis. Escuchá la catequesis en vivo de lunes a viernes a las 8:00 por radiomaria.org.arSuscribite a nuestro canal de YouTube.Sumate como aportante y ayudá a evangelizar: Quiero ayudar También te puede interesar: Catequesis anteriores. La entrada ¿Cómo puede ser esto? La pregunta que abre a la fe se publicó primero en Podcast.
  • Dejar que el Señor Resucitado pronuncie nuestro nombre 22.04.2025 53min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/89796.mp3 22/04/2025 – El Señor nos visita resucitado. Y quiere encontrarse con nosotros así como estamos, con lo que nos pasa, con lo que tenemos entre manos, con lo que sentimos. Podemos quedar desconcertados al principio, pero la gracia de este encuentro nos lleva a abrazar lo mucho y nuevo que se abre en nuestra vida hacia adelante. María se había quedado afuera, llorando junto al sepulcro. Mientras lloraba, se asomó al sepulcro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados uno a la cabecera y otro a los pies del lugar donde había sido puesto el cuerpo de Jesús. Ellos le dijeron: «Mujer, ¿por qué lloras?». María respondió: «Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto». Al decir esto se dio vuelta y vio a Jesús, que estaba allí, pero no lo reconoció. Jesús le preguntó: «Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?». Ella, pensando que era el cuidador de la huerta, le respondió: «Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo iré a buscarlo». Jesús le dijo: «¡María!». Ella lo reconoció y le dijo en hebreo: «¡Raboní!», es decir «¡Maestro!». Jesús le dijo: «No me retengas, porque todavía no he subido al Padre. Ve a decir a mis hermanos: ‘Subo a mi Padre, el Padre de ustedes; a mi Dios, el Dios de ustedes'». María Magdalena fue a anunciar a los discípulos que había visto al Señor y que él le había dicho esas palabras. Juan 20,11-18.  MUJERES QUE BUSCAN Y MIRAN El corazón hace referencia a la totalidad de la persona, a su centro original e íntimo, a lo que hay de más interior y total, a aquella dimensión profunda que orienta el deseo y la búsqueda:«Yo dormía pero mi corazón estaba en vela (…) Me levanté y recorrí la ciudad por las calles y plazas buscando al amor de mi alma…» (Cant 5,2; 3,3).Es ese apasionamiento el que se desborda en la gama de emociones que reflejan los textos:«Buscáis a Jesús Nazareno, el crucificado…» (Mc 16,6)«…llenas de miedo y gozo» (Mt 28,8)«…quedaron espantadas (…), temblando y fuera de sí. Y de puro miedo, no dijeron nada a nadie (Mc 16,4.8)«Estaban desconcertadas (…) y recordaron sus palabras…» (Lc 24,4.8)«María estaba frente al sepulcro, fuera, llorando (…)Le dice Jesús:-Mujer, ¿por qué lloras?,¿a quién buscas? (…)Le dice Jesús:-¡María!Ella se vuelve y le dice en hebreo:¡Rabbuni!» (Jn 20.11.15-169) Los ojos expresan hacia fuera todo ese mundo interior y lo conectan con la realidad; por eso la mirada de alguien es reveladora de lo que hay en ella de más profundo y auténtico.«¿Habéis visto al amor de mi alma?» (Cant 3,2) pregunta la muchacha del Cantar, con la naturalidad con que el que ama da por supuesto que todas las miradas serán atraídas por el que se ha adueñado de la suya. «María Magdalena y María de José observaban dónde lo colocaban» (Mc 15,42-47)«Las mujeres que lo habían acompañado desde Galilea fueron detrás para observar el sepulcro y cómo habían colocado el cadáver» (Lc 23,55)«Alzaron la vista y observaron que estaba corrida la piedra» (Mc 16,4)«Va María Magdalena al sepulcro y observa que la piedra está retirada del sepulcro» (Jn 20,1)«…se inclinó hacia el sepulcro y ve dos ángeles vestidos de blanco» (Jn 20,11)«…se vuelve y ve a Jesus de pie» (Jn 20,14)«…vieron un joven vestido con un hábito blanco» (Mc 16,5)«…quedaron espantadas, mirando al suelo» (Lc 24,5)«Mirad el lugar donde lo habían puesto» (Mc 16,6)«…irá por delante a Galilea; allí lo veréis» (Mt 28,7)«…volvieron diciendo que habían tenido una visión de ángeles» (Lc 24,24) «Llega María anunciando a los discípulos: He visto al Señor (Jn 20,18)A través de sus sentimientos y de su mirada descubrimos lo que «habita» la interioridad profunda de estas mujeres: aquello que buscan, recuerdan y miran está absolutamente polarizado en Jesús a quien llevan grabado «como un sello sobre su corazón, como un sello sobre su brazo» (Cant 8,6) Su imagen, grabada en el cristalino de sus ojos, está para ellas presente en cualquier realidad. Estuvieron «mirando de lejos» al crucificado y han quedado fascinadas por él (cf. Gal 3,1)Su ausencia ha despertado en ellas el deseo y la búsqueda y ha integrado todos sus afectos: temor, desconcierto, gozo, llanto…, no tienen otro centro de atracción más que él. Si no hay en ellas esperanza de resurrección y van a ungir un cadáver, la intensidad de un amor «fuerte como la muerte» (Cant 8,6) va a conducirlas a la fe.  MUJERES QUE ESCUCHAN Y ANUNCIAN La dimensión expresiva reside, ante todo, en la capacidad de escucha simbolizada por los oídos. «Oigo a mi amado que me llama…» (Cant 5,2) Su otra vertiente, el decir, hablar, anunciar, contar… se atribuye a la boca, la lengua o los labios y la comunicación humana surge de la necesidad de revelar la propia intimidad, de compartir con otros lo que se piensa, se siente, se experimenta. Por eso, aunque el Cantar celebra el amor de una pareja, la fuerza expansiva de ese amor introduce a otros muchos (las «muchachas de Jerusalén», los amigos del novio) en su celebración, como si necesitara contar cada uno lo que admira y descubre del otro. ¿Qué oyeron las mujeres en aquella mañana del primer día de la semana? ¿Qué voces, qué palabras, qué llamadas, qué imperativos…? «No temáis.. Acercaos…id corriendo a decir…» (Mt 28,7)«¡Alegraos! No temais; id a anunciar…» (Mt 28,10)«No os espanteis. Id a decir… (Mc 16,6-7)«Recordad lo que os dijo…» (Lc 24,6)«Ve a decir a mis hermanos…» (Jn 20,15) ¿Cuál fue su respuesta?  «…corrieron a anunciar a los discípulos» (Mt 28,8)«…se volvieron del sepulcro y se lo anunciaron todo a los once y a todos los demás…” (Lc 24,10)«…unas mujeres de las nuestras (…) volvieron diciendo que él está vivo. También algunos de los nuestros fueron al sepulcro y lo encontraron como lo habían contado las mujeres…» (Lc 24,23-24)«Llega María anunciando a los discípulos: He visto al Señor y me ha dicho esto.” (Jn 20,18)»Lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos» (1 Jn 1,3) Ellas anuncian lo que han visto y, sobre todo, lo que han escuchado. Acceden al conocimiento a través del oído, más receptivo y menos posesivo que la vista. María Magdalena «ve» a Jesús pero su mirada resulta insuficiente y solo al escuchar su voz lo reconoce. Y es la fuerza de esa palabra acogida en la fe la que las empuja a contar, a comunicar, a hacer llegar a otros lo escuchado. Hay un murmullo en los relatos, un «rumor de ángeles» que nace de las que ahora están encarnando a la «mensajera de buenas noticias» de Is 40,9. Como los pastores de Belén, «cuentan» lo que han visto y oído y van tejiendo una red de comunicación que vincula, por primera vez, al Resucitado con los suyos y desembocará también en la fe y en la alabanza. (Lc 2,19-20). No importa que su anuncio cree sobresalto, que nos las crean y escuchen sus palabras «como un delirio» (Lc 24,11). «Las aguas torrenciales no podrán apagar el amor ni anegarlo los ríos. Es centella de fuego, llamarada divina…»(Cant 8,7)  MUJERES QUE CORREN LLEVANDO PERFUMES El hacer y el actuar humanos se expresan a través de las manos y también de los pies que definen comportamientos, costumbres, «caminos». «Mis manos destilan perfume de mirra» (Cant 5,5), podrían decir lo mismo que la novia del Cantar, las mujeres que se dirigían de madrugada al sepulcro. Pero, cuando en vez de un cadáver encuentran al Viviente, sus manos sueltan los perfumes para abrazar sus pies (Mt 28,9; Jn 20,17) «…compraron perfumes para ir a ungirlo.» (Mc 16,1) «…prepararon aromas y ungüentos (…) fueron al sepulcro llevando los perfumes preparados». (Lc 24,1) «Ellas se acercaron, se abrazaron a sus pies y se postraron ante él» (Mt 28,9)«!Llévame contigo, correremos…!» (Cant 1,4)Como María al encuentro de Isabel, como los pastores corriendo al pesebre, como Zaqueo bajando del árbol, como el padre al encuentro del hijo perdido, como los de Emaús volviendo a Jerusalén: cuando el corazón «está en ascuas», el ritmo vital se contagia de ese fuego y hace los pies ágiles y fácil la carrera:  «…id corriendo a anunciar…Ellas se alejaron deprisa del sepulcro y corrieron…» (Mt 28,7-8)«Salieron huyendo del sepulcro…» (Mc 16,8)«…María Magdalena llega corriendo adonde estaban Simón Pedro y el otro discípulo…» (Jn 20,1-2)Hasta el marco temporal refleja esa urgencia que nace del apasionamiento: todo sucede de madrugada, en ese momento en que también la luz está anticipándose al día:«El primer día de la semana, muy temprano, llegan al sepulcro al salir el sol» (Mc          16,1)         «…al despuntar el alba del primer día de la semana» (Mt 28,1)«El primer día de la semana, de madrugada…» (Lc,24,1)«…yendo de madrugada al sepulcro» (Lc 24,24)«El primer día de la semana, muy temprano, todavía a oscuras…» (Jn 20,1)Estamos en clima de vigilia pascual y no es tiempo de dormir sino de velar en medio de la oscuridad de la noche. Los perfumes son las lámparas encendidas que iluminan su espera (Mt 25,7), y por eso hay preparativos, impaciencia, urgencia de adelantarse al amanecer. Es la primera mañana de la nueva creación y las tinieblas del caos primitivo están a punto de dejar paso al resplandor del lucero de la mañana. (2Pe 1,19)  ¡QUEREMOS BUSCARLE CON USTEDES! (Cant 6,1) ¿Cómo buscar nosotros al Resucitado con Magdalena, María, Salomé, las otras…? ¿Cómo hacer de su historia «nuestra historia»? Vamos a tratar de aprender sabiduría de estas mujeres a las que, con lenguaje del AT, podemos llamar hayil, «mujeres de recursos», lo mismo que Rut (3,11) y que la mujer ensalzada en el libro de los Proverbios (Pr 31,10) y reconocer en ellas su capacidad de afrontar los acontecimientos con sabiduría y audacia. La realidad que se describe en los relatos como precediendo a la Pascua tiene el nombre dramático de muerte, fracaso, decepción de todas las expectativas. Todos los discípulos, tanto hombres como mujeres, pensaron a lo largo de todo aquel sábado que solo les quedaba un cadáver en un sepulcro. Las palabras desalentadas de los de Emaús «Nosotros esperábamos… pero…» reflejan una situación de pérdida de esperanza que quizá es también la nuestra en un tiempo en el que hablamos de ausencia de Dios, de exceso de dolor, de tumbas vacías de esperanza. También nosotros podemos sentirnos como si siguiéramos aún en el anochecer del viernes, volviendo con ánimo abatido de enterrar en el sepulcro proyectos, ilusiones y promesas.  También nosotros podemos reaccionar: «llorando y hacer duelo» (Mc 16,10) «cerrando las puertas por miedo…» (Jn 20,19), La piedra es demasiado grande para nuestras fuerzas, el orden internacional demasiado injusto, la violencia demasiado arraigada, la presencia creyente irrelevante, la Iglesia demasiado temerosa… Por eso la tentación puede ser «prolongar el sábado», refugiarnos en una espiritualidad evadida, permanecer en una parálisis inerte. O tomar caminos de vuelta a Emaús que alejan de los sepulcros y de los crucificados y tratan de escapar no solo de su dolor sino también de su memoria.Pero hay en la mañana del «primer día de la semana» un camino alternativo: el de quienes, entonces y ahora, echan a andar «todavía a oscuras» y se acercan a los lugares de muerte para intentar arrebatarle a la muerte algo de su victoria. Como intentaban borrar algo de su rastro aquellas mujeres a fuerza de perfumes. Saben que no pueden mover la piedra pero eso no les detiene. Son conscientes de la fragilidad y la desproporción de lo que llevan entre las manos, pero esa lucidez no apaga el incendio de su compasión ni hace su amor menos obstinado. Quizá no viven todo eso desde la plenitud de la fe, ni le ponen el nombre de esperanza a sus pasos vacilantes en la noche. Pero hacen ese camino abiertos al asombro, apoyados en el recuerdo de palabras que prometen vida, dispuestos a dejarse sorprender por una presencia oscuramente presentida.Los evangelios de Pascua «están de su parte». Se lo dicen, nos lo dicen a todos, esas mujeres que irrumpen de nuevo en nuestros cenáculos anunciando: «¡Hemos visto al Señor!» De ellas recibimos la buena noticia: el Viviente sale siempre al encuentro de los que le buscan, los inunda con su alegría, los envía a consolar a su pueblo, los invita a una nueva relación de hermanos y de hijos.El va siempre delante de nosotros, palabra de mujeres. Galilea es la encrucijada de todos nuestros caminos. Fuente: MUJERES EN EL SEPULCRO, Dolores Aleixandre RSCJConsignaMujeres que nos regalaron y regalan el Evangelio de Cristo VIvo La entrada Dejar que el Señor Resucitado pronuncie nuestro nombre se publicó primero en Podcast.
  • Miércoles Santo: La traición de Judas 16.04.2025
    https://radiomaria.org.ar/_audios/89619.mp3 16/04/2025 –  ¿Cómo se llega a la traición? ¿Cómo se puede producir este misterio? Por el deseo desmedido de un interés material. Dos razones ubicamos en este lugar, la desmedida manera de vincularnos frente a los bienes y la falta de trato con el amigo Jesús. Jesús muestra el camino del servicio Judas entiende sólo el camino del poder. Uno de los Doce, llamado Judas Iscariote, fue a ver a los sumos sacerdotes y les dijo: «¿Cuánto me darán si se lo entrego?». Y resolvieron darle treinta monedas de plata. Desde ese momento, Judas buscaba una ocasión favorable para entregarlo. El primer día de los Acimos, los discípulos fueron a preguntar a Jesús: «¿Dónde quieres que te preparemos la comida pascual?». El respondió: «Vayan a la ciudad, a la casa de tal persona, y díganle: ‘El Maestro dice: Se acerca mi hora, voy a celebrar la Pascua en tu casa con mis discípulos'». Ellos hicieron como Jesús les había ordenado y prepararon la Pascua. Al atardecer, estaba a la mesa con los Doce y, mientras comían, Jesús les dijo: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará».Profundamente apenados, ellos empezaron a preguntarle uno por uno: «¿Seré yo, Señor?». El respondió: «El que acaba de servirse de la misma fuente que yo, ese me va a entregar. El Hijo del hombre se va, como está escrito de él, pero ¡ay de aquel por quien el Hijo del hombre será entregado: más le valdría no haber nacido!». Judas, el que lo iba a entregar, le preguntó: «¿Seré yo, Maestro?». «Tú lo has dicho», le respondió Jesús. Mateo 26,14-25. La traición de Judas ¿Cómo se llega a la traición? Primero por el deseo desmedido de intereses materiales: el dinero, que lleva al poder y a la vida egoísta, complaciente y sensual. Y en segundo lugar, por la falta de trato con el amigo, que me deja y me mantiene en la ignorancia, y al no conocer bien el valor del amigo: de lo que es, de lo que vale, de lo que tengo con su trato, de lo que me hace vivir, no le hago aprecio y entonces, sin dificultad, lo vendo o lo abandono. Hoy vemos a Judas vendiendo a Jesús. : « Entonces, uno de los doce, llamado Judas, se fue a los príncipes de los Sacerdotes y les dijo: « ¿Qué están dispuestos a darme, si se los entrego? » Ellos se ajustaron con él en treinta siclos de plata  Dice el libro del Exodo en el capítulo 21, versículo 32: « si el buey cornea, dando muerte, a un siervo, se pagarán 30 siclos de plata al dueño del siervo y el buey morirá apedreado ». Es decir, Judas se convierte por este convenio de venta, en 30 siclos, en el dueño y amo de Jesús y Jesús en su siervo. No le importa que muera por la « cornada » de la crucifixión, por la que recibirá el precio de un siervo muerto, las 30 monedas. La relación de amistad la ha convertido en la relación más baja y humillante para el ser humano: la de dueño y esclavo. Judas, dueño. Jesús, su esclavo.Y todo debido a la actitud de Judas: deseo desmedido de dinero, como nos lo relataba San Lucas en la escena de Betania, cuando Jesús cenaba con sus amigos y María ungió los pies de Jesús con un perfume caro, a la usanza de la época. Judas comentó: «¿Por qué no se ha vendido este perfume por 300 denarios para dárselo a los pobres? Esto lo dijo, añade San Lucas, no porque le importasen los pobres, sino porque era un ladrón: y como tenía la bolsa, llevaba lo que iban echando ». El dinero y el poder, a Judas lo llevaron a la traición. El afán desmedido por el dinero, por el tener con avaricia, el gozar materialmente, sin límites, el prestigio me pueden hacer traición, y quedarme como un despojo de un mundo despiadado, sin amistad, la de verdad, claro, y ver cómo me quedo solo, marginado, olvidado, cuando mi situación es adversa.Tan sólo se quedó Judas, sin el amigo, que no lo pudo soportar, porque el dinero no es amigo, es tirano… y se ahorcó. Un amor que se da sin esperar nada a cambio Jesús va hacer suya esta Pascua judía. Será su Pascua. Esta cena no será una cena improvisada. Jesús ha previsto todo hasta en los últimos detalles. Será la nueva Alianza de la Humanidad con Dios. Su liberación del pecado y de la muerte eterna y empezará el hombre a vivir una nueva vida y será eterna. «Llegada la tarde, se puso a la mesa con los doce discípulos y mientras comía, dijo: «Uno de ustedes me va a entregar». Muy entristecidos y consternados comenzaron a preguntarle uno tras otro: «¿soy yo acaso, Señor? Jesús respondió: «El que conmigo ha mojado el pan en la misma fuente, ese me va a entregar». Jesús hace un gesto de comunión, de amistad, al tender la fuente a Judas para que moje el primero su pan. Es un gesto simbólico de reconocimiento, de aprecio, de amistad. Por parte de Jesús no hay ninguna condena, sino el ofrecimiento de su amistad, porque «Él nos amó primero», como dice San Juan. Y nos ama y nos acoge tal como somos y tal como estamos en cada momento; como nos sentimos: mediocres, débiles, marginados, traidores. Ponete delante del Señor, en este tiempo privilegiado de esta Semana Santa, como lo hizo María: con sencillez, con humildad, con abandono en sus manos y como María deci: «Hágase en mi según tu palabra». Déjate perdonar para que empieces a vivir de nuevo, con una mayor realidad y sinceridad la amistad con Jesús, para que experimentes, para que sientas que te quiere como sos y como estás. Basta ya de traiciones grandes o pequeñas, porque la traición nunca es pequeña o grande; la traición es siempre traición. Es Judas el que se cierra al amor y a la amistad, porque el deseo exagerado de dinero ha endurecido su corazón. Es él, el que se excluye, al rehusar la mano tendida de su amigo Jesús. Jesús estaba habituado a «comer con pecadores», como se le ha reprochado a menudo. Y en esta noche de la cena Pascual, tampoco ha rechazado a un traidor. Es Judas, quien se separa de Él, porque en realidad de verdad, le conoce poco. Estaba con Él, pero su corazón estaba muy lejos de Él. Trabajaba con el grupo de los discípulos de Jesús, pero estaba con ellos con espíritu y actitud de jornalero, como le ocurría al hijo mayor de la parábola del hijo pródigo. Judas, si con ellos trabajaba era quizás, porque en el grupo de amigos de Jesús, encontraba comida, protección, techo para dormir, compañía y dinero, porque no dominaba la atracción por el dinero y hasta robaba de la bolsa común del grupo de apóstoles. No conocía, ni trataba mucho a Jesús. Estaba con Él, pero vivía lejos de Él. Es la segunda causa en su vida y puede ser también en la nuestra, por la que abandonamos o vendemos a Jesús: la falta de trato y conocimiento del amigo, que me mantiene en la ignorancia y en la falta de experiencia vivida, y al no conocer bien el valor de la amistad: de lo que es, de lo que vale, de lo que me enriquezco en el trato con este amigo, de la vida abierta y esplendorosa que me hace vivir, entonces, sin dificultad lo vendo o lo abandono y lo critico. «¿Soy acaso yo, Maestro?», le dijo Judas. «Tú lo has dicho». Eres tú quien lo has dicho…. Eres libre, y eres tú quién decides, porque sin libertad es imposible el amor. Todavía, Judas, tienes tiempo de aceptar esta mano amiga, que le tiende Jesús. Pero Judas, endurecida su mente y su corazón por el dinero y la falta de trato con el amigo, y así sólo, amargado, decepcionado de sí mismo, arrojará más tarde los treinta siclos de plata por el suelo del templo y se ahorcará, desesperado. No conoció al amigo. No supo lo que era la amistad, que es el amor más perfecto. Consigna: Realidades humanas que no tienen precios en donde se repite la traición de Judas La entrada Miércoles Santo: La traición de Judas se publicó primero en Podcast.
  • Martes Santo: El misterio del traidor 15.04.2025 1min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/89566.mp3 15/04/2025 – El martes Santo en el capítulo 13 del Evangelio de San Juan se relata el momento más doloroso de la última cena: la traición de Judas. El texto bíblico refiere a este acontecimiento describiendo un sentimiento de Jesús, “está conmovido”. La conmoción es la tensión que se produce entre sentimientos contrarios, por un lado está la luminosidad de aquella noche fraterna compartida con amigos en la memoria de una Pascua liberadora y por otra parte este sentimiento doloroso de sombra, de tiniebla, de oscuridad, que trae la traición que se mete dentro de la misma convivencia fraterna. Jesús, estando en la mesa con sus discípulos, se estremeció y manifestó claramente: «Les aseguro que uno de ustedes me entregará».Los discípulos se miraban unos a otros, no sabiendo a quién se refería.Uno de ellos -el discípulo al que Jesús amaba- estaba reclinado muy cerca de Jesús.Simón Pedro le hizo una seña y le dijo: «Pregúntale a quién se refiere». El se reclinó sobre Jesús y le preguntó: «Señor, ¿quién es?».Jesús le respondió: «Es aquel al que daré el bocado que voy a mojar en el plato». Y mojando un bocado, se lo dio a Judas, hijo de Simón Iscariote.En cuanto recibió el bocado, Satanás entró en él. Jesús le dijo entonces: «Realiza pronto lo que tienes que hacer».Pero ninguno de los comensales comprendió por qué le decía esto.Como Judas estaba encargado de la bolsa común, algunos pensaban que Jesús quería decirle: «Compra lo que hace falta para la fiesta», o bien que le mandaba dar algo a los pobres.Y en seguida, después de recibir el bocado, Judas salió. Ya era de noche.Después que Judas salió, Jesús dijo: «Ahora el Hijo del hombre ha sido glorificado y Dios ha sido glorificado en él.Si Dios ha sido glorificado en él, también lo glorificará en sí mismo, y lo hará muy pronto.Hijos míos, ya no estaré mucho tiempo con ustedes. Ustedes me buscarán, pero yo les digo ahora lo mismo que dije a los judíos: ‘A donde yo voy, ustedes no pueden venir’.Simón Pedro le dijo: «Señor, ¿adónde vas?». Jesús le respondió: «A donde yo voy, tú no puedes seguirme ahora, pero más adelante me seguirás».Pedro le preguntó: «¿Por qué no puedo seguirte ahora? Yo daré mi vida por ti».Jesús le respondió: «¿Darás tu vida por mí? Te aseguro que no cantará el gallo antes que me hayas negado tres veces». Juan 13,21-33.36-38. El misterio del traidor Juan nos dice que Jesús, profundamente conmovido, declaró: “les aseguro que uno de ustedes me va a entregar” (13,21). Juan habla tres veces de la «turbación» o «conmoción» de Jesús: junto al sepulcro de Lázaro (cf. 11,33.38); el «Domingo de Ramos», después de las palabras sobre el grano de trigo que muere, en una escena que remite muy de cerca a la hora en el Monte de los Olivos (cf. 12,24- 27) y, por último, aquí.Son momentos en los que Jesús se encuentra con la majestad de la muerte y es tocado por el poder de las tinieblas, un poder que Él tiene la misión de combatir y vencer. El anuncio de la traición suscita comprensiblemente al mismo tiempo agitación y curiosidad entre los discípulos. «Uno de ellos, al que Jesús tanto amaba, estaba en la mesa a su derecha. Simón Pedro le hizo señas para que averiguase por quién lo decía. Entonces él, apoyándose en el pecho de Jesús, le preguntó: “Señor, ¿quién es?”. Jesús le contestó: “Aquel a quien yo le dé este trozo de pan untado”» (13,23ss).Tal como está aquí, la respuesta de Jesús es totalmente clara. Pero el evangelista nos hace saber que, a pesar de ello, los discípulos no entendieron a quién se refería. Podemos suponer por tanto que Juan, repensando lo acontecido, haya dado a la respuesta una claridad que no tenía para los presentes en aquel momento. En 13,18 nos pone sobre la buena pista. En él Jesús dice: «Tiene que cumplirse la Escritura: “El que compartía mi pan me ha traicionado”» (Sal 41,10; cf. Sal 55,14). Éste es el modo de hablar característico de Jesús: con palabras de la Escritura, Él alude a su destino, insertándolo al mismo tiempo en la lógica de Dios, en la lógica de la historia de la salvación. Estas palabras se hacen totalmente transparentes después; queda claro que la Escritura describe verdaderamente su camino, aunque, por el momento, permanece el enigma. Inicialmente se alcanza a entender únicamente que quien traicionará a Jesús es uno de los comensales; pero posteriormente se va clarificando que el Señor tiene que padecer hasta el final y seguir hasta en los más mínimos detalles el destino de sufrimiento del justo, un destino que aparece de muchas maneras sobre todo en los Salmos. Jesús debe experimentar la incomprensión, la infidelidad incluso dentro del círculo más íntimo de los amigos y, de este modo, «cumplir la Escritura». Él se revela como el verdadero sujeto de los Salmos. La Luz vence las tinieblas El sufrimiento de Jesús, su agonía, perdura hasta el fin del mundo, ha escrito Pascal (cf. Pensées, VII, 553). Podemos expresarlo también desde el punto de vista opuesto: en aquella hora, Jesús ha tomado sobre sus hombros la traición de todos los tiempos, el sufrimiento de todas las épocas por el ser traicionado, soportando así hasta el fondo las miserias de la historia. Juan no da ninguna interpretación psicológica del comportamiento de Judas; el único punto de referencia que nos ofrece es la alusión al hecho de que, como tesorero del grupo de los discípulos, Judas les habría sustraído su dinero (cf. 12,6). Por lo que se refiere al contexto que nos interesa, el evangelista dice sólo lacónicamente: «Entonces, tras el bocado, entró en él Satanás» (13,27). Lo que sucedió con Judas, para Juan, ya no es explicable psicológicamente. Ha caído bajo el dominio de otro: quien rompe la amistad con Jesús, quien se sacude de encima su «yugo ligero», no alcanza la libertad, no se hace libre, sino que, por el contrario, se convierte en esclavo de otros poderes; o más bien: el hecho de que traicione esta amistad proviene ya de la intervención de otro poder, al que ha abierto sus puertas. Y, sin embargo, la luz que se había proyectado desde Jesús en el alma de Judas no se oscureció completamente. Hay un primer paso hacia la conversión: «He pecado», dice a sus mandantes. Trata de salvar a Jesús y devuelve el dinero (cf. Mt 27,3ss). Todo lo puro y grande que había recibido de Jesús seguía grabado en su alma, no podía olvidarlo. Su segunda tragedia, después de la traición, es que ya no logra creer en el perdón. Su arrepentimiento se convierte en desesperación. Ya no ve más que a sí mismo y sus tinieblas, ya no ve la luz de Jesús, esa luz que puede iluminar y superar incluso las tinieblas. De este modo, nos hace ver el modo equivocado del arrepentimiento: un arrepentimiento que ya no es capaz de esperar, sino que ve únicamente la propia oscuridad, es destructivo y no es un verdadero arrepentimiento.La certeza de la esperanza forma parte del verdadero arrepentimiento, una certeza que nace de la fe en que la Luz tiene mayor poder y se ha hecho carne en Jesús. Juan concluye el pasaje sobre Judas de una manera dramática con las palabras: «En cuanto Judas tomó el bocado, salió. Era de noche» (13,30). Judas sale fuera, y en un sentido más profundo: sale para entrar en la noche, se marcha de la luz hacia la oscuridad; el «poder de las tinieblas» se ha apoderado de él (cf. Jn 3,19; Lc 22,53) Fuente Bibliográfica: Joseph Ratzinger, Jesús de Nazaret II, c. 3Consigna: Presencias luminosas que vencen las tinieblas La entrada Martes Santo: El misterio del traidor se publicó primero en Podcast.
  • Lunes Santo: amar sin medidas 14.04.2025
    https://radiomaria.org.ar/_audios/89515.mp3 14/04/2025 –  Es lunes santo, hoy el evangelio es Juan 12,1-11.. Jesús se encuentra en la casa de sus amigos en Betania. María, sorprende con un gesto que desconcierta a todos, unge lo pies de Jesús y los seca con sus cabellos. Es la expresión de quien ve atravesada su vida por un amor que la hace hacer algo inesperado. El amor, cuando atraviesa nuestra vida, nos hace hacer cosas que van más allá de lo razonable. La Semana Santa es un amor sin medidas con el que Dios sale a nuestro encuentro, llevándolo a Jesús a entregar Su vida por nosotros en la cruz. Juan 12,1-11. Seis días antes de la Pascua, Jesús volvió a Betania, donde estaba Lázaro, al que había resucitado. Allí le prepararon una cena: Marta servía y Lázaro era uno de los comensales. María, tomando una libra de perfume de nardo puro, de mucho precio, ungió con él los pies de Jesús y los secó con sus cabellos. La casa se impregnó con la fragancia del perfume. Judas Iscariote, uno de sus discípulos, el que lo iba a entregar, dijo: “¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para dárselos a los pobres?”. Dijo esto, no porque se interesaba por los pobres, sino porque era ladrón y, como estaba encargado de la bolsa común, robaba lo que se ponía en ella. Jesús le respondió: “Déjala. Ella tenía reservado este perfume para el día de mi sepultura. A los pobres los tienen siempre con ustedes, pero a mí no me tendrán siempre”. Entre tanto, una gran multitud de judíos se enteró de que Jesús estaba allí, y fueron, no sólo por Jesús, sino también para ver a Lázaro, al que había resucitado. Entonces los sumos sacerdotes resolvieron matar también a Lázaro, porque muchos judíos se apartaban de ellos y creían en Jesús, a causa de él. El Evangelio recién proclamado nos conduce a Betania, donde, como apunta el evangelista, Lázaro, Marta y María ofrecieron una cena al Maestro (cf. Jn 12, 1). Este banquete en casa de los tres amigos de Jesús se caracteriza por los presentimientos de la muerte inminente: Los seis días antes de Pascua, la insinuación del traidor Judas, la respuesta de Jesús que recuerda uno de los piadosos actos de la sepultura anticipado por María, la alusión a que no lo tendrían siempre con ellos, el propósito de eliminar a Lázaro, en el que se refleja la voluntad de matar a Jesús. En este relato evangélico hay un gesto para poner la atención: María de Betania, “tomando una libra de perfume de nardo puro, muy caro, ungió los pies de Jesús y los secó con sus cabellos” (12, 3). El gesto de María es la expresión de fe y de amor grandes por el Señor: para ella no es suficiente lavar los pies del Maestro con agua, sino que los unge con una gran cantidad de perfume precioso que —como protestará Judas— se habría podido vender por trescientos denarios; y no unge la cabeza, como era costumbre, sino los pies: María ofrece a Jesús cuanto tiene de mayor valor y lo hace con un gesto de profunda devoción. El amor no calcula, no mide, no repara en gastos, no pone barreras, sino que sabe donar con alegría, busca sólo el bien del otro, vence la mezquindad, la cicatería, los resentimientos, la cerrazón que el hombre lleva a veces en su corazón. María se pone a los pies de Jesús en humilde actitud de servicio, como hará el propio Maestro en la última Cena, cuando, como dice el cuarto Evangelio, “se levantó de la mesa, se quitó sus vestidos y, tomando una toalla, se la ciñó. Luego echó agua en una jofaina y se puso a lavar los pies de los discípulos” (Jn 13, 4-5), para que —dijo— “también vosotros hagáis como yo he hecho con vosotros” (v. 15): la regla de la comunidad de Jesús es la del amor que sabe servir hasta el don de la vida. Y el perfume se difunde: “Toda la casa —anota el evangelista— se llenó del olor del perfume” (Jn 12, 3). El significado del gesto de María, que es respuesta al amor infinito de Dios, se expande entre todos los convidados; todo gesto de caridad y de devoción auténtica a Cristo no se limita a un hecho personal, no se refiere sólo a la relación entre el individuo y el Señor, sino a todo el cuerpo de la Iglesia; es contagioso: infunde amor, alegría y luz. Amor es darse todo Cuanta una historia que un hombre estaba tras el mostrador, mirando la calle distraídamente.Una niñita se aproximó al negocio y apretó la naricita contra el vidrio de la vitrina. Los ojos de color del cielo brillaban cuando vio un determinado objeto. Entró en el negocio y pidió para ver el collar de turquesa azul. * “Es para mi hermana. ¿Puede hacer un paquete bien bonito?”. -dijo ella.El dueño del negocio miró desconfiado a la niñita y le preguntó:* ¿Cuánto dinero tienes? Sin dudar, sacó del bolsillo de su ropa un pañuelo todo atadito y fue deshaciendo los nudos. Los colocó sobre el mostrador y dijo feliz:* “¿Esto alcanza?”.Eran apenas algunas monedas las que exhibía orgullosa. * “¿Sabe?, quiero dar este regalo a mi hermana mayor. Desde que murió nuestra madre, ella cuida de nosotros y no tiene tiempo para ella. Es su cumpleaños y estoy segura que quedará feliz con el collar que es del color de sus ojos” El hombre fue para la trastienda, colocó el collar en un estuche, lo envolvió con un vistoso papel rojo e hizo un trabajado lazo con una cinta verde. * “Tome, dijo a la niña. Llévelo con cuidado”.Ella salió feliz, corriendo y saltando calle abajo. Aún no acababa el día, cuando una linda joven entró en el negocio. Colocó sobre el mostrador el ya conocido envoltorio deshecho e indagó: * ¿Este collar fue comprado aquí? “¿Cuánto costó? * “Ah!”, – habló el dueño del negocio. “El precio de cualquier producto de mi tienda es siempre un asunto confidencial entre el vendedor y el cliente”. * La joven exclamó: * “Pero mi hermana tenía solamente algunas monedas. El collar es verdadero, ¿no? Ella no tendría dinero para pagarlo”. El hombre tomó el estuche, rehizo el envoltorio con extremo cariño, colocó la cinta y lo devolvió a la joven y le dijo: * “Ella pagó el precio más alto que cualquier persona puede pagar: ELLA DIO TODO LO QUE TENÍA”. El silencio llenó la pequeña tienda y dos lágrimas rodaron por la faz emocionada de la joven en cuanto sus manos tomaban el pequeño envoltorio. La verdadera donación es darse por entero, sin restricciones. La gratitud de quien ama no conoce límites para los gestos de ternura. Agradece siempre, pero no esperes el reconocimiento de nadie. Gratitud con amor no sólo reanima a quien recibe, reconforta a quien ofrece. El amor no conoce de egoísmos “Vino a los suyos y los suyos no lo recibieron” (Jn 1, 11): al acto de María se contraponen la actitud y las palabras de Judas, quien, bajo el pretexto de la ayuda a los pobres oculta el egoísmo y la falsedad del hombre cerrado en sí mismo, encadenado por la avidez de la posesión, que no se deja envolver por el buen perfume del amor divino. Judas calcula allí donde no se puede calcular, entra con ánimo mezquino en el espacio reservado al amor, al don, a la entrega total. Y Jesús, que hasta aquel momento había permanecido en silencio, interviene a favor del gesto de María: “Déjala, que lo guarde para el día de mi sepultura” (Jn 12, 7). Jesús comprende que María ha intuido el amor de Dios e indica que ya se acerca su “hora”, la “hora” en la que el Amor hallará su expresión suprema en el madero de la cruz: el Hijo de Dios se entrega a sí mismo para que el hombre tenga vida, desciende a los abismos de la muerte para llevar al hombre a las alturas de Dios, no teme humillarse “haciéndose obediente hasta la muerte y una muerte de cruz” (Flp 2, 8). San Agustín, en el Sermón en el que comenta este pasaje evangélico, nos dirige a cada uno, con palabras apremiantes, la invitación a entrar en este circuito de amor, imitando el gesto de María y situándonos concretamente en el seguimiento de Jesús. Escribe san Agustín: “Toda alma que quiera ser fiel, únase a María para ungir con perfume precioso los pies del Señor… Unja los pies de Jesús: siga las huellas del Señor llevando una vida digna. Seque los pies con los cabellos: si tienes cosas superfluas, dalas a los pobres, y habrás enjugado los pies del Señor” (In Ioh. evang., 50, 6). Fuente Bibliográfica: Homilía Benedicto XVI, 29 de Marzo de 2010 La entrada Lunes Santo: amar sin medidas se publicó primero en Podcast.
  • Día 26: Contemplación para alcanzar amor 11.04.2025 37min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/89471.mp3 11/04/2025 – Llegamos al final de los Ejercicios Ignacianos. San Ignacio nos introduce en la contemplación para alcanzar amor teniendo en cuenta cuanto amor nos ha tenido el Señor invintándonos a hacer memoria agradecida. Hoy nos vamos a detener en el cuarto punto viendo cómo Dios escribe derecho sobre renglón torcido La contemplación para alcanzar amor (EE 230-237) es una recapitulación de la experiencia de los Ejercicios, que ha sido un encuentro personal con Cristo nuestro Señor, en el que él nos ha manifestado su voluntad y nos ha llamado a un servicio y a un seguimiento más de cerca. Podríamos decir que el fin de esta contemplación es el de todos los Ejercicios, según un texto primitivo de las Constituciones de la Compañía de Jesús, redactadas por San Ignacio: “aclararse más la inteligencia y calentarse en el amor de Cristo nuestro Señor y hacerse más ferviente en las operaciones exteriores e interiores” (Const. Parte 3, capítulo 3, n. 6 del texto a). Por eso su título es “para alcanzar amor”: se entiende, a Cristo nuestro Señor. La contemplación comienza con dos advertencias. “La primera es que el amor se ha de poner más en las obras que en las palabras”: no es que no se de también en las palabras y en las otras manifestaciones más afectivas; pero se da “más en las obras” y a las obras hay que prestar sobre todo atención, tanto cuando se quiere juzgar del amor de Dios que nos tiene, como del amor que nosotros tenemos a Dios; y en las obras no hay posibilidad de engaño.Es un principio evangélico:Mateo 7, 21-27: “No todo el que me diga… sino el que haga”.1 Juan 3, 18: “No amemos de palabra… sino con obras”. Santiago 1, 22-25”: “Poned por obra la Palabra y no os contentéis con oírla, engañándoos a vosotros mismos”.Romanos 2, 13: “No son justos… sino los que la cumplen”. Como dice San Ignacio: “el amor se ha de poner más en las obras” (EE 230). De aquí la importancia que tiene, en orden a demostrar nuestro amor a Dios, lo que él, durante estos Ejercicios, me ha pedido… y espera que yo haga en su servicio, al salir de los Ejercicios. La segunda advertencia es que el amor mutuo consiste en comunicación de las dos partes; es, a saber, en dar y comunicar el amante al amado lo que tiene o de lo que tiene o puede; y así por el contrario, el amado al amante; de manera que, si el uno tiene ciencia, dar al que no la tiene, y así el otro al otro” (EE 231). La contemplación para alcanzar –o sea, aumentar- el amor de Dios consiste, pues, en considerar lo que él me ha dado (“lo que tiene o de lo que tiene o puede…”), para moverme a mí a darle, a mi vez, lo que tengo o de lo que tengo o puedo. Y debo, por así decirlo, tanto agudizar mi vista –con la gracia de Dios- para ver lo que él me ha dado, como para darme cuenta de lo que yo le puedo dar a él: por ejemplo, mi elección, mi reforma o enmienda de vida… EE 75: “Considerar cómo Dios nuestro Señor me mira, etc.”. EE 46: Pedir gracia para que todas mis intenciones, acciones y operaciones sean puramente en servicio y alabanza de su divina Majestad”. EE 232: Composición de lugar “que aquí es ver cómo estoy delante de Dios nuestro Señor, de los ángeles, de los santos intercediendo por mí”. Sobre la intercesión constante del Señor, cf. Heb 7, 25, con nota de BJ; Rom 8, 24, con nota de BJ; 1 Juan 2, 1. EE 233: Pedir lo que quiero: “será aquí pedir conocimiento interno (como el que pedíamos, durante la Segunda semana, de Cristo) de tanto bien recibido, para que enteramente reconociéndolo, pueda en todo amar y servir a su divina Majestad”. EE 234: “Traer a la memoria los beneficios recibidos de creación (recordar el Principio y fundamento), de redención (recordar la Primera semana y los demás dones particulares (de la Segunda a la Cuarta semana); y entre estos, la elección y reforma de vida, ponderando (con mi entendimiento) con mucho afecto (o sea, con el corazón) cuánto ha hecho Dios nuestro Señor por mí (y, a través de mí, por quienes me rodean, viven y trabajan conmigo y por los demás), y cuánto me ha dado de lo que tiene (y puede) y consiguientemente el mismo Señor desea dárseme en cuanto puede según su ordenación (plan o designio)”. En su carta a los estudiantes de Coimbra (llamada de la perfección) dice san Ignacio: “Sobre todo quería os excitarse el amor puro de Jesucristo, y deseo de su honra y de la salud de las ánimas que redimió, pues sois soldados suyos con especial título y sueldo. Sueldo suyo es todo lo natural que sois y tenéis, pues os dio y conserva el ser y la vida, y todas las partes y perfecciones de ánima y de cuerpo y bienes externos. Sueldo son los dones espirituales de su gracia, con que liberal y benignamente os ha prevenido y os continúa (dándolos), siéndole contrarios y rebeldes. Sueldos son los inestimables bienes de su gloria, la cual sin poder él aprovecharse de nada, os tiene aparejada y prometida, comunicándoos todos los tesoros de su felicidad para que seáis, por participación eminente de su divina perfección, lo que él es por esencia y naturaleza. Sueldo es, finalmente, todo el universo y lo que en él es contenido corporal y espiritual(mente), pues no solamente ha puesto en nuestro ministerio (o servicio) todo cuanto debajo del cielo se contiene, pero toda aquella sublimísima corte suya, sin perdonar ninguna de las jerarquías celestes, que “todos son espíritus servidores, destinados a servir en bien de aquellos que han de recibir la herencia de la salvación” (Heb 1, 14, con nota de BJ). Y si por todos estos sueldos no bastasen, sueldo se hizo a sí mismo, dándosenos por hermano en nuestra carne, por precio de nuestra salud en la cruz, por mantenimiento y compañía de nuestra peregrinación en la eucaristía (Santo Tomás, laudes del oficio del Santísimo Sacramento). ¡Oh, cuánto es mal soldado a quien no bastan tales sueldos para hacerle trabajar por la honra de tal príncipe! Pues cierto es que por obligarnos a desearla y procurarla con más prontitud, quiso su Majestad prevenirnos con estos tan inestimables y costosos beneficios, deshaciéndose en cierto modo de la felicidad perfectísima de sus bienes para hacernos exentos de ellas; queriendo ser vendido para rescatarnos, infamado para glorificarnos, pobre por enriquecernos, tomando muerte de tanta ignominia y tormentos para darnos vida inmortal y bienaventurada (cf. Flp 2, 6-8). ¡Oh cuán demasiado es ingrato y duro quien no se reconoce con todo esto muy obligado a servir diligentemente y a procurar la honra de Jesucristo! Por resumirme en pocas palabras, que si bien miráis cuánta sea la obligación de tornar por la honra de Jesucristo y por la salud de los prójimos, veríais cuán debida cosa es que os dispongáis a todo trabajo y diligencia por hacernos instrumentos idóneos de la divina gracia para tal efecto; especialmente habiendo tan pocos operarios que “no busquen su interés, sino el de Jesucristo” (Flp 2, 21), (pienso) que tanto más debéis esforzaros por suplir en lo que otros faltan, pues Dios os hace gracia” (ibid., n. 4). “Y con esto reflectir en mí mismoconsiderandocon mucha razón y justicialo que yo debo de mi parte ofrecer y dar a su divina Majestad,es a saber, todas mis cosas y a mí mismo con ellas,así como quien ofrece afectándose mucho:Tomad, Señor y recibidtoda mi libertad, mi memoria, mi entendimiento y toda mi voluntad,todo mi haber y mi poseer.Vos me lo disteis,a vos, Señor, lo torno:todo es vuestro, disponed a toda vuestra voluntad;dadme vuestro amor y gracia,que esta me basta.” La ingratitud es, para san Ignacio, el peor vicio.Como dice en una carta a Rodrigues (carta 15), considero, salvo juicio mejor: “En su divina bondad, la ingratitud ser cosa de las más dignas de ser abominada delante de nuestro Creador y Señor, y delante de las criaturas capaces de su divina y eterna gloria, entre todos los males y pecados imaginables, por ser ella desconocimiento de los bienes, gracias y dones recibidos, causa, principio y origen de todos los males y pecados; y por el contrario, el conocimiento y gratitud de los dones y bienes recibidos, cuánto sea amado y estimado así en el cielo como en la tierra.” Incluso los males que el Señor, en su providencia, permite que padezcamos son señales del amor de Dios por nosotros. Dios escribe derecho en líneas torcidas, pues “mi fuerza se muestra en la flaqueza” (2 Cor 12, 9). “Por tanto, me seguiré gloriando en mis flaquezas, para que habite en mí la fuerza de Cristo.” Segundo y tercer punto de la contemplación Todo el comienzo (desde “la mirada del Señor”, hasta el tema), como en el primer punto. Puede convenir recapitular un poco este primer punto: “sin divagar, discurra por la reminiscencia (o recuerdo) de las cosas en los momentos en que he sentido mayor consolación o mayor sentimiento espiritual” (EE 62). 1. “El segundo punto, mirar cómo Dios habita en las criaturas;en los elementos materiales, dando ser,en las plantas vegetando,en los animales sensando,en los hombres dando a entender;y así en mí,dándome ser, animando, sensando y haciéndome entender,asimismo haciendo templo de mí,siendo creado a similitud e imagen de su divina Majestad. Otro tanto reflictiendo en mí mismo,por el modo que está dicho en el primer punto(“Tomad, Señor, y recibid…”),o por otro modo que sintiere mejor” (EE 235). ¿Quién habita en mí y en las criaturas?Por supuesto, puedo responder que Dios o la Trinidad. Pero también puedo responder que Jesucristo habita en mí y en las criaturas, porque lo que se afirma de Dios se puede afirmar de Cristo (y viceversa). Juan 1, 14 (con nota de BJ): “La Palabra se hizo carne y habitó entre nosotros” (la BJ pone: “puso su morada”, como lo había hecho Yahveh en la tienda luego en el templo, 1 Rey 8, 10 con nota de BJ; y la Sabiduría en el pueblo de Dios, por la Ley). Todo el prólogo de san Juan es una aplicación a Cristo de lo que había sido para el pueblo de Dios, primero la Ley –por Moisés- y, luego, la Sabiduría. Por eso, todo lo que el Antiguo Testamento había dicho de la Ley y de la Sabiduría ahora se ha de decir de Cristo: es vida, luz, gracia y verdad, camino. Efesios 3, 17-19: “Cristo habite por la fe en vuestros corazones”. Y san Ignacio, en diversos lugares de sus Constituciones, nos habla de esta presencia de Cristo: Const. 250 (“considerando unos a otros, alaben a Dios nuestro Señor (o sea Jesucristo), a quien cada uno debe procurar reconocer en el otro como en su imagen”), Const. 288 (“en todas las cosas que hagan, buscar a Dios nuestro Señor”). Y en la carta a Brandao (Carta 65, n. 6), dice que: “Se pueden ejercitar en buscar la presencia de Dios nuestro Señor (o sea, de Jesucristo) en todas las cosas que hacen, así como en el conversar con alguno, andar, ver, gustar, oír, entender y todo lo que hicieren, pues es verdad que está.” Recordar a este propósito lo que se dijo acerca de la mirada del Señor: si nos acostumbramos a esta compañía o presencia del Señor, “no lo podréis –como dice santa Teresa (Camino de Perfección capítulo 26 n. 1)- echar de vos”. 2.“El tercer (punto),considerar cómo Dios trabaja por míen todas las cosas creadas sobre la haz de la tierra;es decir, al modo de uno que trabaja.Así como en los cielos,elementos,plantas,frutos,ganados, etcéteradando ser,conservando,vegetando,y sensando, etcétera,Después, reflectir en mí mismo (como en los puntos anteriores:“Tomad, Señor, y recibid…”)” (EE 236). Ahora bien, ¿quién trabaja por mí? Como en el punto anterior, podemos decir que es Jesucristo el que trabaja por mí, porque lo que se dice del Hijo de Dios se puede decir de Cristo (y viceversa). Además, en el texto coloniense de los Ejercicios, dejado en Colonia por el beato Fabro, dice, en este tercer punto de la contemplación para alcanzar amor, que hay que “considerar a Jesús, que trabaja……Si leemos con detención los puntos segundo y tercero de la contemplación para alcanzar amor, veremos que ambos se ………… nuestro Señor dando. Quiere decir que es difícil hablar de la presencia de Dios sin hablar de su acción.Dios es un Dios activo y no puede hacerse presente sin manifestar su presencia por medio de su acción en nuestro favor. En otros términos, se puede meditar, a la vez, el punto segundo y el punto tercero de la contemplación para alcanzar amor. Existe en el Antiguo Testamento un concepto –que los Setenta expresaban con la palabra griega “gloria”-, que es la presencia maravillosa de Dios (“habita”, que se manifiesta externamente entre los hombres (“trabaja”).A esta gloria de parte de Dios responde, de parte del hombre, el darle gloria; o sea, como dice san Ignacio, el reconocimiento de esta presencia activa de Dios. En el Antiguo Testamento, esta expresión (la gloria del Señor) se asocia a las grandes acciones –gestas, maravillas- de Dios: “Yo manifestaré mi gloria a costa del faraón y de todo su ejército. […] Sabrán los egipcios que yo soy Yahveh, cuando me haya cubierto de gloria a costa del faraón, sus carros y sus jinetes” (Éx 14, 4.18). Especialmente esta manifestación se da en el arca o tienda del encuentro (cf. Éx 40, 34: “la gloria de Yahveh llenaba la morada”) y en el templo (cf. 1 Rey 8, 11: “la gloria de Yahveh llenaba la casa de Yahveh”). Ezequiel ve cómo esta gloria retorna en un nuevo templo mesiánico (que será Cristo y su Iglesia), según Ez 43, 2-11, como se ve en Isaías, que nos habla de teofanía universal (cf. Sal 97 [96], 6: “Todos los pueblos ven su gloria”). En el Nuevo Testamento, mientras Lucas prefiere reservar el término “gloria” para la ascensión o para la vuelta definitiva de Jesús (cf. Lc 9, 26: “cuando venga en su gloria, en la de su Padre y en la de los santos ángeles”, cf. Lc 24, 26: “¿No era necesario que Cristo padeciera esto y entrara así en su gloria?”; cf. Hech 7, 55: “Pero él –Esteban-, lleno del Espíritu Santo, miró fijamente el cielo y vio la gloria de Dios, y al Hijo del hombre que está en pie a la diestra de Dios”), Juan lo aplica a la misma vida de Jesús (Jn 1, 14: “Hemos visto su gloria, gloria que recibe del Padre como Hijo”), pero sobre todo a sus milagros o signos –sólo narra siete- (cf. Jn 2, 11: “manifestó su gloria”). Pablo, en cambio, que en sus cartas no habla sino de la muerte y resurrección del Señor, en un solo sitio dice que “Jesús murió y que resucitó” (1 Tes 4, 14), como si lo hubiera hecho por su propio poder, pero en otros pasajes atribuye la eficacia de la resurrección al Padre, autor del plan salvífico: “Dios Padre lo resucitó de entre los muertos” (Gál 1, 1; 1 Tes 1, 10, etc.). Pero por Rom 6, 4 sabemos que lo que llevó a cabo la resurrección de Jesús fue “la gloria del Padre”, que fue “su fuerza poderosa que desplegó en Cristo, sentándolo a su diestra en los cielos y bajo sus pies sometió todas las cosas y le constituyó cabeza suprema de la Iglesia, que es su cuerpo” (Ef 1, 19-23). La gloria que recibió del Padre llegó a ser su poder: poder de crear una nueva vida en aquellos que habrían de creer en él. En virtud de este principio dinámico, Pablo comprueba que ya no es él quien vive, sino que es Cristo quien vive en él (Gál 2, 20). En la segunda Carta a los corintios, Pablo habla de la gloria efímera del rostro de Moisés (2 Cor 3, 7: “la gloria de su rostro, aunque pasajera”), como prueba de que la gloria del Antiguo Testamento debía dejar paso a la gloria mucho mayor y permanente (“habita”) del Nuevo Testamento: aquella gloria no es nada en comparación con esta gloria sobreeminente (2 Cor 3, 10). La economía mosaica tuvo su gloria y constituyó una obra maravillosa del poder de Dios. Pero ha tenido que dejar el lugar a la economía del Nuevo Testamento, mucho más gloriosa porque debe permanecer (“habita”). Jesús es el espíritu vivificador de la nueva Alianza, contrario a “la letra que mata” (2 Cor 3, 6). Al hacernos cristianos somos configurados según la imagen de Cristo por su Espíritu que trabaja en nosotros, Espíritu que es el mismo Jesús: estamos unidos a él y somos capaces, con su ayuda (“trabaja” porque “habita” en nosotros) de avanzar hacia una mayor perfección hasta que lo contemplamos tal como es. Sólo el pecado, al alejar la presencia íntima de Dios, priva al hombre de la gloria de Dios. Todo lo dicho se refiere tanto al “habita” como al “trabaja”, de los que habla san Ignacio en la contemplación para alcanzar amor. Pero sobre todo al “trabaja” porque la gloria de Dios es la manifestación externa de su poder salvífico, de su “trabajo” a favor de los hombres. El “habita” es un presupuesto de este “trabajo”. Cuarto punto de la contemplación Todo el comienzo (desde la “mirada del Señor” hasta el tema), como en el primero, el segundo y el tercer punto. Puede convenir recapitular los puntos anteriores, “notando y haciendo pausa en los momentos en que he sentido mayor consolación o mayor sentimiento espiritual” (EE 62 y 64). 1.“El cuarto punto,mirar como todos los bienes y donesdescienden de arriba,así como la mi medida potenciade la suma e infinita de arriba(o sea, de Dios nuestro Señor);y así la justicia, bondad, misericordia, piedad(y las otras virtudes que concretamente veo en mí,o que he visto durante estos Ejercicios), etcétera,así como del sol descienden los rayos,de la fuente salen las aguas, etcétera.Después, acabar reflictiendo en mí mismo,Según está dicho en los puntos anteriores(“Tomad, Señor, y recibid…”)” (EE 237). Hay un progreso del primero al cuarto punto. Se comienza considerando los bienes y dones recibidos. Luego, se considera que está Dios en ellos y que “trabaja” (hablando a nuestra manera). Por último, que en el donante –que está arriba- el don está en una medida suma e infinita, mientras que en nosotros está a mi medida, pero siempre con posibilidad de aumentar. Si en el primer punto miramos sobre todo al pasado, pues hablamos de los dones y bienes recibidos, en el segundo y tercer punto miramos al presente; y, en el cuarto punto, apuntamos sobre todo al futuro, esperando siempre más. Si en los tres primeros puntos miramos hacia abajo –hacia nosotros-, en el cuarto punto miramos hacia arriba, hacia la fuente de todos los bienes. Aunque se habla de bienes y dones, no se deben excluir los males, que Dios convierte en bienes.“Dios –dice el refrán popular- escribe derecho con líneas torcidas.” Podemos agradecer eso “derecho” que Dios saca de nuestros males: tentaciones e incluso pecados. “¡Oh feliz culpa –dice la Iglesia en el pregón pascual –que tal Redentor nos mereció!” Es claro que Dios no quiere el pecado y, sin duda, aborrece el mayor de todos ellos, el homicidio de su Hijo. A pesar de ello, sorprende la repetida afirmación de las Escrituras de que la pasión y muerte de Cristo estaban escritas y que era preciso que tuviesen lugar (cf. Hech 2, 23). Así, pues, la muerte de Cristo había sido prevista y planeada por Dios Padre. Naturalmente, el pecado es algo que debemos odiar y evitar. A pesar de ello, podemos alabar y agradecer incluso por nuestros pecados propios –cuando nos hemos arrepentido-, porque él sacará gran provecho de ellos. En esta misma línea, la Iglesia, en un éxtasis de amor, canta en la liturgia pascual: “¡Oh necesario pecado de Adán!”. Y san Pablo dice expresamente a los romanos: “Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia. ¿Qué diremos, pues? ¿Qué debemos permanecer en el pecado para que la gracia se multiplique? ¡De ningún modo!” (Rom 5, 20; 6, 1). Se trata de algo que difícilmente osaríamos pensar: agradecer y alabar a Dios incluso por nuestros pecados. ¡Cuánto más por nuestras tentaciones y desolaciones, por nuestras falsas consolaciones y hasta por los defectos de nuestro temperamento o por los pecados capitales, fuente de tantos pecados, defectos e imperfecciones! Aunque en realidad no se trata tanto de agradecer y alabar a Dios por nuestros pecados, cuanto de hacerlo por lo derecho que él escribe en ellos –como dijimos más arriba-: ¡Dios escribe derecho con líneas torcidas! Debemos dar gracias a Dios por esto derecho que él escribe con nuestras tentaciones y desolaciones, con nuestras falsas consolaciones y hasta con nuestros defectos temperamentales o con los pecados capitales, fuente de tantos pecados actuales, defectos e imperfecciones. Casi siempre –por no decir siempre- ignoramos esto derecho que él escribe en nuestras líneas torcidas. Pero debemos creerlo con fe en la providencia de Dios, para quien “ninguna cosa es imposible” (Lc 1, 37) y quien “en todas las cosas –aun en las malas nuestras- interviene para bien de los que le aman, de aquellos que han sido llamados según su designio” (Rom 8, 28, con nota de BJ). Así que en la contemplación para alcanzar amor, no sólo hemos de considerar los bienes y dones recibidos directamente, sino los escondidos en nuestros males y pecados, tentaciones y falsas consolaciones e incluso pecados capitales. Existe un mal, implícito en los bienes que recibimos: estos, como dice san Ignacio, son limitados y esta limitación la experimentamos como un mal. Debemos aceptar como de la mano de Dios nuestro Señor nuestras limitaciones, que son nuestras debilidades, en las cuales se manifiesta mejor “la fuerza de Cristo. Por eso –dice San Pablo- me complazco en mis flaquezas, pues cuando estoy débil entonces es cuando soy fuerte” (2 Cor 12, 9-10). Decía el beato Fabro (Memorial nn. 197 ss.): “En la primera misa del día de Navidad como me sintiese enteramente frío antes de la comunión, y me doliese que en mí no estuviese mejor dispuesta mi habitación para recibir al Señor, me sobrevino un movimiento de espíritu bastante vivo en que, con sentimiento interno de devoción que llegó hasta las lágrimas, tuve esta respuesta: que Jesucristo venía al establo y que, si estuvieras fervorosísimo, no verías aquí la humanidad del Señor, porque espiritualmente corresponderías menos a la definición de un establo. Consoleme pues con el mismo Señor porque se dignase venir a una casa tan fría. Yo quería que estuviese mi casa muy adornada para consolarme con ella; pero vi en qué condiciones estaba el Señor alojado en el establo de Belén, y con esto me consolé. Ojalá se me conceda, de aquí en adelante, que ya que no pueda ver en mí aquel modo, aquella forma, aquella disposición que quisiera yo tener para con el mismo mi Dios y mi Jesús, o su Madre, o sus santos, ojalá mientras esto por justa causa se me niega, se me conceda ver y sentir la disposición, forma y modo en que él está conmigo. Hasta ahora yo siempre he puesto más empeño en procurar un conocimiento tal que me hiciese sentir cuál es el ornato de ellos, cuando ponen en mí sus ojos, o me aman, o me sufren, o me ayudan. Yo siempre he andado a buscar revestirme de devoción y de otros cualesquiera aderezos con que pudiese atraerlos a ellos, es decir, a Dios y a los santos hacia mí y hacerme amable a ellos y agradable; pero no he buscado también cómo ir hacia ellos, atraído por ellos, lo cual sería muy fácil, dado que podía contemplar los bienes que en sí tienen y con los cuales son en sí tan amables y agradables. Denme el Padre todopoderoso y el Hijo y el Espíritu Santo gracia para que sepa y pueda y quiera procurar y pedir a un mismo tiempo dos cosas: a saber, ser amado de Dios y de sus santos, y amar a Dios y a sus santos. De aquí en adelante más cuidado he de poner en lo que es mejor y más generoso y que yo menos he hecho, es a saber, más querer amar que ser amado. Y por eso he de buscar con más diligencia aquellas señales que me puedan mostrar que amo, que no las que me muestran que soy amado. Y estas señales serán los trabajos por Cristo y por el prójimo, conforme aquello que dijo Cristo a san Pedro: ¿Me amas más que a estos? Apacienta mis ovejas. Atiende, pues, a ser primero Pedro, para que después seas Juan, el cual es más amado y en quien está la gracia. Hasta ahora has querido ser primero Juan y después Pedro. Hasta ahora he andado yo muy solícito en procurar aquellos sentimientos de los cuales puede tomarse algún indicio de ser uno amado de Dios y de sus santos; pues lo que más quería entender era cómo se habían respecto de mí. Y esto no es malo; antes es lo primero que ocurre a los que cambian hacia Dios; o por decirlo mejor, tratan de hacerse a Dios propicio. Porque no se ha de suponer inmediatamente a los principios, y mucho menos antes del principio de nuestra conversión se ha de creer que el mismo Dios y su Cristo y toda aquella celestial compañía están respecto de nosotros aplacadísimos y nada enojados; pero ni aun cuando estén aplacados cuanto a los que es amenazarnos con penas eternas, se ha de pensar que por consiguiente tampoco ya nos amenazan con obras ningunas de penitencia, habiendo dicho el Señor de Pablo, aun después de escogido como vaso de elección, “Yo le mostraré todo lo que tendrá que padecer por mi nombre”. Solemos, pues, no procediendo mal, en los principios de nuestro vivir bien, andar principalmente solícitos de contentar a Dios en nosotros mismos, preparándole habitación corporal y espiritual, en nuestro cuerpo y en nuestro espíritu. Hay, sin embargo, cierto tiempo –cual sea, sola la unción del Espíritu Santo a cada uno de los que van rectamente aprovechando se lo enseña-, en el que nos concede y se nos exige que no queramos ni procuremos tan principal y primeramente ser amados de Dios, sino que nuestro principal empeño debe ser amarle a él, esto es, que no andemos averiguando cómo se ha respecto de nosotros, sino cómo se ha él en sí y en las otras cosas, y qué es lo que en las cosas absolutamente le agrada o desagrada a él. Aquello primero, que hemos dicho, era traer a Dios hacia nosotros; mas esto otro es llevarnos a nosotros mismos hacia Dios. En aquello primero buscamos que él se acuerde y tenga cuidado de nosotros, mas en esto segundo procuramos acordarnos de él y poner nuestra solicitud en lo que a él agrada. En el primer procedimiento consiste la vida de perfeccionarse en nosotros el temor verdadero y la reverencia filial; en el segundo, la de la perfección de la caridad. Denos, pues, Dios a mí y a todos, los dos pies sobre los que nos debemos apoyar cuando caminamos por esta escala que nos conduce a Dios: verdadero temor y verdadero amor. Hasta ahora me parece que el temor ha sido para mí el pie derecho, y el amor el izquierdo. Ahora ya deseo que el amor sea el derecho y el principal, y el temor vaya siendo el izquierdo y menos principal.” Contemplativo a la vez en la acción (EE 230) “Contemplativo a la vez en la acción” es una frase en la que Nadal ha querido expresar la gracia de oración que había alcanzado san Ignacio, que estaría al alcance de todos los que siguen su espiritualidad y que también se podría manifestar con las palabras –usadas, según testimonio del mismo Nadal, por el mismo san Ignacio- de “encontrar a Dios en todas las cosas”. 1.Este gozar de la contemplación en toda acción ha sido descripto por Santiago de Milán, un clásico medieval de las espiritualidad franciscana, en los siguiente términos: “Si un hombre estuviera bien embriagado del amor de su Creador, no buscaría, en todas las cosas, sino servir solícitamente a su Creador con toda diligencia y perfección; y negando la raíz, en la medida de lo posible, la propia voluntad, trataría de alcanzar, con la vehemencia de su animo, lo que más creyera agradar a Dios; y así, en todo y por todo, buscaría, no lo suyo, sino lo de Jesucristo (Flp 2, 21), olvidándose, en cierta manera, de sí mismo, para acordarse solamente de Dios. Este hombre, por el fervor y la magnitud o inmensidad del amor, no distinguiría mucho –como creo- entre vida y vida, estado y estado, persona y persona, tiempo y tiempo, lugar y lugar, sino que, de cualquier modo y en cualquier tiempo pudiera discernir lo que más le agrada a su Creador, enseguida intentaría hacerlo, tendiendo a Dios con todo el deseo de su ánimo. Pues cuanto más las criaturas se reducen a Dios, tanto más se unen mutuamente entre sí. Porque quien todo lo reduce a lo uno común – lo cual hace quien nada busca en todas las cosas sino prestar honor a Dios, para el cual todas las cosas han sido creadas y al cual todo se ordena-, y todo lo junta en el único Creador –lo cual es verdad cuando todo lo coloca en Dios, y en todas las cosas solamente mira a Dios-, siempre suspira, siempre anhela en todas las cosas no ver sino a Dios, y se enciende y abrasa del todo en servir a su Dios en todas las cosas.¡Oh hombre feliz, que tendría una vida contemplativa con la activa! Porque así tendería al Señor, como Marta, pero de manera de no apartarse, como María, de los pies del Señor, tratando de conformarse a los espíritus angélicos que, sirviéndonos a nosotros, no dejan la contemplación divina. Pues, ¿qué es esto –es decir, atender al Señor- sino, cuando atiende a un sano, cuando visita a un enfermo o lo sirve, ver siempre en ellos al Señor, y gozar de Dios en el prójimo? Cuando sirve al prójimo, no como hombre, sino como a Dios en el hombre. Todo lo refiere siempre a Jesús, quien dice: “Lo que hicisteis a uno de mis pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mt 25, 40). Y así, cuando ve en el lecho al prójimo enfermo, le parece que ve a Cristo; y por eso nada de lo que hace por los enfermos y desolados le parece difícil para sí, sino que todo lo juzga dulce, todo suave, todo amable, cuando así atiende a Cristo en el prójimo. Por lo tanto, con todo el empeño del ánimo tratemos de alcanzar esta gracia. ¿Quién, por lo demás, tendrá horror de un leproso, evitará a un enfermo, será indiferente ante un desolado, si ve en ellos a Cristo, pensando que más podemos allí merecer y agradar a Dios que si atendiéramos al mismo Cristo?Y si no podemos, hermanos, prestar nuestros servicios a todos los necesitados -porque son muchos los indigentes- por lo menos démosles a todos nuestra compasión, y en todos considerémoslo a Cristo en la tierra, al mismo no lo tendríamos en el cielo. Oye lo que él mismo nos dice: “Estaba enfermo, y no me visitasteis, etcétera. Id, malditos, etcétera” (Mt 25, 42. 44). Y bien sabéis que estas no son palabras mías, sino de la inefable verdad. Temamos, por tanto, hermanos, esta sentencia, nosotros que tantas veces miramos con indiferencia a uno de esos pequeños en los que está Cristo. No le interroguemos ni le digamos: “¿Dónde yaces? ¿Dónde descansas al mediodía?” (Cant 1, 6), porque ya conocemos el lugar: él yace en donde están los enfermos, y no nos resta sino prestarle auxilio. Oíd, os ruego, mi consejo, y no miréis lo que yo hago. El que quiere, como dije tener una vida contemplativa con la activa, de manera que contemple a su Señor en todas las cosas que hace, me parece este es un camino breve y bueno; es decir, que recogiéndose totalmente entre en su corazón, y penetrando en lo íntimo del mismo se transforme en Dios, de manera que nada vea ni sienta sino a Dios; y entonces, de algún modo así deificado y transformado en Dios, a cualquier parte se vuelva, nada considerará sino a Dios, y cualquier cosa que haga, no estimará hacerlo por un hombre, sino sólo por Dios. Y mientras viva así,en todas las cosas verá a Dios y gozará de una vida contemplativa en el trabajo activo. Y si sucediera-como sucederá sin duda-el apartarse a esta noble forma de vida, trate el hombre de volver al momento a la misma; y esto lo ha de hacer varias veces, hasta que llegue a ser él como un hábito. Y crea que esto lo conseguirá, más por gracia y dispensación divina, que por alguna industria humana. Y si todo esto le parece demasiado difícil, al menos tienda a buscar hacer, en todas las cosas, lo que sea más agradable a Dios, conforme al modelo de Cristo, útil a sí y al prójimo. Lo cual nos conceda aquel que es bendito por los siglos de los siglos. ¡Amén! En su Contemplación para alcanzar amor (EE 230), San Ignacio presenta sus consejos para poder alcanzar, en cualquier acción de la vida, la contemplación en todas las cosas”. En el punto primero, por ejemplo (EE 234), nos propone la acción de gracias que , de los modos de orar, es el que-junto con la alegría-San Pablo nos propone con más frecuencia(1 Tes 5,17-18, con nota de BJ), como modo de orar y de “contemplar a Dios en todas las cosas”. En el punto segundo(EE 235) nos recuerda: “Como Dios habita en las criaturas, en los elementos dando el ser, en las plantas vegetando, en los animales sensando, en los hombres dando a entender; y así en mí dándome ser, animando, sensando y haciéndose entender; así mismo haciendo templo de mí siendo creado a la similitud e imagen de su divina Majestad.” Más aun, como dice en el punto tercero (EE 236): “Dios trabaja por mí en todas las cosas creadas sobre la haz de la tierra”.Este trabajo de Dios se manifiesta, por ejemplo, en las “mociones espirituales, así como consolaciones y desolaciones y en la agitación de los varios espíritus”(EE 6): son las señas de los llamados del Señor, que podemos conocer en nuestra vida cotidiana discerniendo los “dos pensamientos o espíritus que vienen de fuera, el uno que viene del buen espíritu y el otro del malo”(EE 32) y que se dan en los acontecimientos de nuestra vida.Así es como podemos encontrar, en cualquier cosa que nos sucede, a ese Dios activo en nosotros y en las personas de nuestra vida. Con frecuencia San Ignacio se refiere, en las Constituciones y Cartas, a este tema de “buscar en todas cosas a Dios nuestro Señor”: Por ejemplo, en Const. 288, cuando nos dice: “Todos se esfuercen de tener la intención recta, buscando en todas cosas a Dios nuestro Señor, apartando, cuando es posible, de sí el amor de todas las criaturas, por ponerle en el Creador de ellas, él en todas amando y a todas en él, conforme a su santísima y divina voluntad.” Trata con frecuencia de que “cada uno debe procurar reconocer a Dios nuestro Señor en otro como en su imagen” /Const. 250).Por ejemplo, en la carta 35: “Mirad también nuestros prójimos como una imagen de la Santidad Trinidad, y capaz de su gloria, a quien sirve el universo, miembros de Jesucristo, redimidos con tantos dolores, infamias y sangre suya” (cf. Carta 170, al P. de Boris). O como dice en la carta 66, al padre Brandao, a la 6ª pregunta: “Buscar la presencia de Dios nuestro Señor en todas las cosas, como en el conversar con alguno, andar, ver, gustar, oír, entender y en todo lo que hiciéremos, pues en verdad que está su divina Majestad por presencia y esencia en todas las cosas.” Llama la atención sobre la importancia de la voluntad de Dios en todo lo que hacemos, de manera que:“No hallen, si es posible, menos devoción en cualquier obra de caridad y obediencia que en la oración, pues no deben hacer cosa alguna sino por servicio y amor a Dios nuestro Señor, y se debe hallar cada uno más contento en aquello que le es mandado, pues entonces no puede dudar que se conforma con la voluntad de Dios nuestro Señor”(Carta 67, al padre Fernández, 6º: cf. Const 340). Recomienda:“Ofrecer a Dios nuestro Señor muchas veces sus estudios y trabajos de ellos(habla a estudiantes; pero lo mismo vale cualquier cosa que uno hace por voluntas de Dios), mirando que por su amor los aceptamos, posponiendo nuestros gustos, para que en algo a su Majestad sirvamos, ayudando a aquellos por cuya vida él murió”(Carta 66, al padre Brandao, a la 6ª pregunta). Recomienda también el esforzarse en “tenerle presente a Dios nuestro Señor, recordando a menudo que todo nuestro corazón y hombre exterior está presente a su infinita sabiduría”(Carta 170, al P. de Bonis). O sea, el ejercicio que recomienda en la Tercera adición, al comienzo de cada momento de oración, “considerando cómo Dios nuestro Señor me mira, etcétera”(EE 75), sintiéndome siempre en todo momento-como es verdad-bajo la mirada del Señor. Varias son, pues, las “industrias humanas” que podemos usar; pero, como vimos decía Santiago de Milán, debemos creer que vamos a conseguir la contemplación en la acción, “más por gracia y dispensación divina, que por alguna industria humana”. Buscar y hallar a Dios en todas las cosas“Hay que encontrar a Dios en todas las cosas” es una de las frases con la que Nadal, gran conocer del espíritu de San Ignacio, ha resumido o recapitulado la experiencia de Dios en la acción, después de haber hecho lo mismo con la experiencia de Ignacio en la acción. Pero, ¿qué quiere decir buscar y hallar a Dios “en todas las cosas”? O sea, ¿Cómo buscar a Dios y hallar no solo en el ambiente calmo y reposado de la oración en soledad _ ¡donde a veces nos cuesta encontrarlo sensiblemente!_, sino también en una vida agitada por los acontecimientos. En nuestra vida – como en la se San Ignacio en pleno siglo XVI -, hay mil problemas de trabajo, de relaciones sociales, de situaciones económicas y políticas, etc., que constituyen la trama ordinaria de cualquier vida cotidiana, sobre todo en las personas que tienen responsabilidades serias respecto de los demás: ahora un llamado telefónico, después una carta que nos surge contestar; ahora un viaje, después una entrevista; y así sucesiva e indefinidamente, los problemas surgen y debemos solucionarlos. Asi es la vida y en medio de esa vida agitada debemos buscar “una sola cosa” (Lc. 10, 42), “un tesoro escondido” (Mt. 13, 44), “una perla preciosa” (ibid., 45-46). ¿Cómo? Lo primero que decimos es que en la frase de Nadal, síntesis del espíritu ignaciano, está latente una concepción activa de Dios que nos conviene explicitar: no se trata solamente de un Dios como lo puede buscar un contemplativo – “ora et labora”, decía San Benito, que alternaba oración y trabajo, pero en todo buscando a Dios -, sino de una búsqueda de Dios que es peculiar y propia del hombre activo. Y a un hombre activo no le interesa tanto el ser de Dios o su esencia, sino su acción en nosotros y en nuestros prójimos. En otros términos – y como dice San Ignacio con frecuencia en los ejercicios, Constituciones y Cartas _, se trata de “buscar y hallar la voluntad de Dios” en nuestra vida (EE 1). Para San Ignacio, es la voluntad de Dios – “la acción del Señor que es Espíritu””, como dice San Pablo en 2 Cor 3, 18 – la que determina que en unos momentos haga oración retirada y en otros – los más durante un dia ordinario – trabaje en bien de los prójimos. Siempre – sea haciendo oración, sea trabajando – San Ignacio busca a ese Dios activo, a esa voluntad Divina que lo guía en todas las cosas que hace, sea en la soledad, sea en el trabajo. Una aproximación a esta manera de “buscar y hallar a Dios en todas las cosas” la podemos lograr si recordamos lo que con frecuencia nos dice: los acontecimientos de la historia son maestros que Dios no da para guiarnos ( la historia es maestra de la vida).¿Cómo nos guía Dios a través de los acontecimientos?Pues de la misma – o análoga – manera como nos guía a través de su Palabra revelada. Tenemos que comprender que los acontecimientos de nuestra vida ordinaria provocan en nosotros acciones encontradas (como nos sucede cuando leemos u oímos la Palabra inspirada, contenida en la Escritura) : nos sentimos contentos o tristes, ansiosos o libres; experimentamos deseos o repulsiones; formamos juicios o tomamos decisiones ( EE 176, “Segundo tiempo para hacer sana y buena elección”). O bien “Dios nuestro Señor – en ese acontecimiento, en esa palabra de la Escritura – así mueve y atrae la voluntad que, sin dudar ni poder dudar, la tal ánima – persona – devota sigue lo que le es mostrado” (EE 175, “primer tiempo para hacer la elección”). O bien, finalmente, “cuando el ánima no es agitada de varios espíritus y uso de sus potencias naturales libre y tranquilamente, razonando cuantas ventajas o provechos se siguen con tener, y por el contrario, los inconvenientes y peligros que hay en el tener” y, luego, razonando los provechos y peligros en el no tener, termina la persona por descubrir la voluntad de Dios (EE 177-178).De estas tres maneras Dios nuestro Señor nos guía – a través de los acontecimientos de nuestra vida o de su palabra inspirada -; pero la que hemos mencionado en primer término – en 3.1- no solo es la más frecuente son también la más olvidad por las personas que llevan vida espiritual. No hay persona espiritual que, cuando siente que Dios “sin dudar ni poder dudar” le pide algo, se lo vaya a negar. Ni hay persona que, cuando pondera las ventajas y desventajas de algo, no siga luego lo que se le manifiesta como más ventajoso o no se aparte de lo que siente como más desventajoso para él. En cambio, la agitación en que nos pone un acontecimiento (acción o palabra, propia o ajena) es a veces – tal vez con demasiada frecuencia – la razón más fuerte para dejar de pensar en ese acontecimiento de nuestra vida.Sin embargo, esa agitación era para San Ignacio muy importante. Tanto que en sus Ejercicios la ausencia de tal agitación era motivo para “mucho interrogar acerca de los ejercicios – u horas de oración -, si los hace a sus tiempos y cómo” (EE 6). Como si San Ignacio estuviera seguro de que el hacer Ejercicios como se debe trae necesariamente a que el ejercitante sienta “mociones espirituales en su ánima, así como consolaciones y desolaciones, y el ser agitado de varios espíritus” (ibid.) ¿Cómo, pues, aprovechar la agitación en que un acontecimiento o Palabra inspirada nos pone, para descubrir a través de ella la voluntad de Dios, descubriendo allí “la acción del Señor que es Espíritu” (2 Cor 3,18)? Lo primero que tenemos que tratar es hacer completamente conciente esa agitación y tratar de determinar con claridad en que momento de nuestra acción u oración se produjo. No debemos pasar por alto cualquier agitación o variedad de espíritu, sino prestar la mayor atención posible a la misma. Es el primer paso para poder aplicar las reglas de discernir ignacianas: sentir intensamente la agitación y caer en la cuenta del momento en que se produjo en nosotros. En segundo lugar, hay que tratar de conocer los espíritus que e ese momento nos mueve en sentido contrario. a. El Espíritu de Dios entra con dulzura y calma: “en los que van de bien en mejor, el buen ángel toca a la tal ánima dulce, suave y levemente, como gota de agua en la esponja” (EE 335). Nos da confianza y ánimo para que avancemos por el buen camino, pues “propio es del buen espíritu dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud, facilitando y quitando impedimentos para que en el bien obrar proceda adelante “ (EE 315). b. Por el contrario, todo lo que nos inquieta, descorazona – sobre todo cuando viene después de una gracia -,nos repliega sobre nosotros mismos (“no te metas”…) – sobre todo, cuando toma forma de una pregunta que nos frena (“¿Quién te mete a redentor..?”)-, no viene del buen espíritu, sino del que le es contrario (del enemigo de la naturaleza humana, como dice con frecuencia. c. A veces la gracia se adelanta y nos inclina, nos atrae hacia algo, nos mueve a la oración o a que digamos o hagamos algo concreto y determinado. Entonces surge en nosotros el mal espíritu y nos desanima, trata de disuadirnos con mil razones falsas (EE 315) e incluso trata de hacernos olvidar la gracia recibida, poniendo impedimentos, inquietando con falsas razones. Pues bien, como decía Nadal: “la desolación o tentación”, cuando viene después de la consolación – o gracia -, suele ser confirmación de la misma. d. A veces el mal espíritu nos pone tensos o tristes pues “propio del mal espíritu es morder y entristecer…” (EE 315). Como dice San Ignacio escribiendo a una monja, el mal espíritu “nos pone tristes, sin saber nosotros porque estamos tristes” (carta 5). Quiere, por así decirlo, alejarnos de lo que estamos haciendo. Pues bien, en esos momentos de desolación: “No hacer mudanza – o sea, no cambiar – mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el dia antecedente a tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación…porque, así como en la consolación nos guía y aconseja más el buen espíritu, así en la desolación nos inspira más el malo, con cuyos consejos no podemos tomar camino acertado” (EE 318). En la “variedad de espíritus” (confianza y temor, paz y turbación, alegría y tristeza, etc), Dios nos educa y nos ayuda a discernir y, consiguientemente, a tomar decisiones. Son, pues, momentos privilegiados: no los debemos temer, sino aprovecharlos para encontrar a Dios en todas las cosas. A través de ellos podemos hacernos cada día más sabios y más discretos y, a la vez, podemos hacernos cada vez más capaces de ayudar a los demás. Así es cómo, podemos (buscar y hallar a Dios – o sea – su voluntad en todas las cosas y en todo momento, cuando esto es posible a un hombre, ayudado por la gracia, por ejemplo “en el conversar con alguno, andar, ver, gustar, oír, entender y en todo lo que hiciéramos” (carta 66, N.6) Podría ser que el momento de “agitación” se nos pase, sin haber prestado atención. Pues bien, podríamos recordar esos momentos en el momento del examen de conciencia y hacer discernimientos sobre ellos, para ver la acción del bueno y del mal espíritu. Como dice la CG 32 a todos los jesuitas y a los que siguen la espiritualidad ignaciana: “El medio recomendado por San Ignacio para que continuamente nos rija el espíritu de discreción espiritual es la práctica cotidiana del examen de conciencia” (Decreto 11 – N.38). La entrada Día 26: Contemplación para alcanzar amor se publicó primero en Podcast.
  • Día 25: Aparición en el Mar de Tiberíades 10.04.2025 35min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/89426.mp3 10/04/2025 – Hoy contemplamos a Jesús en la orilla del mar de Tiberíades. Un Jesús que sorprende con sus gestos, es el mismo, pero se ve distinto. Hoy aparece como sentado a la orilla del lago preguntándole a los discípulos algo que resulta hiriente para un pescador que pasa toda la noche intentando pescar sin resultado alguno. Jesús, que sabe de los deseos de ellos y sus anhelos, les da una indicación para que puedan encontrarse con aquello que estaban buscando”, nos dice el padre Javier. Después de esto, nuevamente se apareció Jesús a sus discípulos en la orilla del lago de Tiberíades. Y se hizo presente como sigue: Estaban reunidos Simón Pedro, Tomás el Mellizo, Natanael de Caná de Galilea, los hijos del Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar.» Contestaron: «Vamos también nosotros contigo.» Salieron, pues, y subieron a la barca, pero aquella noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba parado en la orilla, pero los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo que comer?» Le contestaron: «Nada.» Entonces Jesús les dijo: «Echen la red a la derecha y encontrarán pesca.» Echaron la red, y no tenían fuerzas para recogerla por la gran cantidad de peces. El discípulo de Jesús al que Jesús amaba dijo a Simón Pedro: «Es el Señor.» Apenas Pedro oyó decir que era el Señor, se puso la ropa, pues estaba sin nada, y se echó al agua. Los otros discípulos llegaron con la barca -de hecho, no estaban lejos, a unos cien metros de la orilla; arrastraban la red llena de peces. Al bajar a tierra encontraron fuego encendido, pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar.» Simón Pedro subió a la barca y sacó la red llena con ciento cincuenta y tres pescados grandes. Y no se rompió la red a pesar de que hubiera tantos. Entonces Jesús les dijo: «Vengan a desayunar». Ninguno de los discípulos se atrevió a preguntarle quién era, pues sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo repartió. Lo mismo hizo con los pescados. Esta fue la tercera vez que Jesús se manifestó a sus discípulos después de resucitar de entre los muertos. San Juan, 21 ¡Es el Señor! En los relatos pascuales de los Evangelios hay algo de este juego: el Resucitado aparece repentinamente «bajo otra figura» a dos discípulos, como dice Marcos (16,12), se acerca bajo la apariencia de un peregrino a los de Emaús (Lc 24,15) o de un jardinero a María Magdalena (Jn 20,11-15). El resucitado aparece como quien desaparece. Es el mismo Jesús, pero no es lo mismo.La nueva presencia abre los ojos de los discípulos; les hace ver y entender de una manera nueva. Les hace pasar del miedo y de la duda a la confianza. Los discípulos creen que es un fantasma, pero la nueva presencia abre los ojos a una nueva dimensión. El nuevo modo de estar de Jesús ubica la relación del discípulo con el maestro. La muerte ha sido vencida por la fuerza de la vida. Él nos hace ver y entender la vida y su sentido de una nueva manera, por eso es el mismo pero distinto, está como en un estadio diferente. La presencia del Señor abre los ojos a una mirada nueva: la paz y la alegría son las características que lo identifican. Quizás Juan lo reconoció por esa paz y alegría de sacar tantos peces luego de una noche infructuosa. El Señor les trae paz, alegría y les abre la mirada a lo nuevo. ¿Tienen algo para comer? Traigan algo de lo que sacaron. Es en el compartir donde el Señor nos va a abriendo el corazón a lo nuevo, animándonos a dejar atrás lo que quedó. Que eso sea lo que te haga ir de una manera distinta hacia el escenario nuevo. El Señor es realmente el que se manifieste. ¿Cómo descubrimos que es Él? Por la paz, por la alegría, por el orden, por la dinámica, por el sacudón interior que nos da su presencia.La paz y la alegría que regala Jesús es el tránsito de no reconocer a reconocer, de confundirlo con un fantasma a pasar a reconocer su carne… En la escena del lago (Jn 21,1-14), la fatiga estéril de los pescadores en la noche es su manera de experimentar la ausencia de un Jesús que se esconde. El «no» con que responden a la pregunta del desconocido que está en la orilla y pregunta: «Muchachos, ¿tienen pescado?», resume una situación cerrada, y casi les arranca una confesión de conciencia desdichada de la que no parece haber salida. El “tiren su red a la derecha” los abre a un escenario diferente y allí se manifiesta: Él está con ellos y también está con nosotros. La palabra esconde un estado de ánimo en el que ellos se encuentran, que es oscuridad, sin sentido, vacío…. es la noche en medio del lago y ellos están buscando al maestro sin saberlo. El primer encuentro que tuvieron tiene que ver con el lago y la pesca, “yo te haré pescador de hombres” le había dicho a Simón. El Señor se hace presente, ahora, con una indicación: “tiren la red a la derecha”. Y “sacaron tantos peces que no podían ni levantar la red”, que representa la sobreabundancia. Inmediatamente el discípulo amado dice “es el Señor”, lo reconoce porque sólo Jesús tiene ese estilo de pesca. Los lugares nuevos se identifican en un proceso. Es como el paso de la noche oscura a la salida de la aurora que comienza a abrirse paso. Así podemos descubrir esa realidad en nosotros mientras vamos caminando a lo nuevo. A través de la pesca sobreabundante, Jesús pone un sol en los pescadores cansados y desolados. Nuestras noches tienen nombres y situaciones concretas, y allí, aparece una luz con la que el Señor nos invita a lo nuevo. Es Jesús en la carne de los pobres el que nos marca un camino distinto, que es Jesús el mismo de siempre, pero distinto. Es su presencia la que se impone sin violentar ni hacer fuerza, por propio peso. Es la luz de Cristo la que nos lleva a un nuevo territorio. No necesita explicación, sino coherencia, ponernos de rodillas frente a la carne de Cristo. Así, con señales muy sencillas, Él nos muestra que es Él vivo y Resucitado. Una luz comienza a despuntar El amanecer acompaña la presencia de Jesús en la orilla y el dato de la luz nos introduce en una situación nueva y abierta: comienza el día, se escucha una palabra y la red desborda de peces.La luz llega a los ojos de Juan y le hace salir de la oscuridad y entrar en el reconocimiento: «¡Es el Señor! » (Jn 21,7). Pedro salta al agua porque reconocer en Israel no pertenece sólo al ámbito de la inteligencia, sino que afecta y compromete la vida entera: conocer al Señor es conocer su interpelación, es entrar en una relación de obediencia rendida. El final de la escena refleja la situación transfigurada: el trabajo se ha vuelto fecundo, los discípulos se reúnen en torno a aquél que ha congregado su dispersión y ha vuelto a reunirlos en una comida fraterna. La conversión a la que convoca la Pascua está insinuada en un verbo ya familiar: «Ninguno se atrevía a preguntarle: ¿quién eres?, porque sabían que era el Señor. «Es gloria de Dios ocultar un proyecto, es gloria de reyes descubrirlo» (Proverbios 25,2). La novedad de la Pascua va más allá del viejo proverbio: la verdadera gloria está en acoger con asombro agradecido al mismo Dios, que se hace encuentro pero no como fruto del esfuerzo de nuestra búsqueda, sino como un regalo inmerecido. Vida plena para todos Es esta experiencia profunda de Jesucristo, que irrumpe en nuestras vidas, lo que convierte la misión en un compromiso con la vida es la gracia de estar en presencia de la Resurrección. Es un compromiso que no nace de una obligación, sino de una experiencia de encuentro. El Señor nos envía desde el lugar donde nos halló y nos regaló luz, nos sirvió la mesa y nos partió el pan. Es el Señor el que nos resucita y nos invita a ir junto a muchos hermanos y decirles “ánimo! El Señor está cerca”. Que esta Resurrección llegue a cada ambiente en donde estamos sea en la familia, en el trabajo, en los amigos… que Él nos llene de vida nueva. Padre Javier Soteras La entrada Día 25: Aparición en el Mar de Tiberíades se publicó primero en Podcast.
  • Día 24: Los discípulos de Emaús 09.04.2025
    https://radiomaria.org.ar/_audios/89351.mp3 09/04/2025 –  Hoy contemplamos a Jesús que se pone codo a codo, al lado de los discípulos de Emaús. Les permite que puedan hacer catarsis, se ha roto una esperanza muy importante. Hoy, como ellos, le decimos al Señor “Quédate con nosotros señor, no pases de largo”, que bien nos viene todo lo que este relato de los discípulos nos trae. No te pases de largo Jesús, quédate con nosotros. Se lo tenemos que decir al Señor mientras estamos atravesando ese tiempo de incertidumbres. Él tiene cosas para explicarte y decirte en este tiempo de dolor, él tiene certezas para regalarle al tu corazón. El les dijo: “¿Qué comentaban por el camino?”. Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: “¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días!”.“¿Qué cosa?”, les preguntó. Ellos respondieron: “Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera él quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas.Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a él no lo vieron”.Jesús les dijo: “¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria?” Y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante.Pero ellos le insistieron: “Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba”. El entró y se quedó con ellos. Y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero él había desaparecido de su vista. Y se decían: “¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?”.En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: “Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón!”. Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan. Lucas 24,13-35 Nos detenemos en este tiempo de los Ejercicios Ignacianos en los textos de la resurrección. El que acabamos de compartir es un texto eucarístico y misionero. Los discípulos van de camino, uno se los imagina tristes, desilusionados, sin esperanza, como pateando piedritas. Al cruce les sale un peregrino que, después nos damos cuenta es el mismo Jesús, quien los recibe deja que ellos hagan catarsis de su angustia y después con la pedagogía propia de uno que sabe llevar las cosas a termino comienza a explicarles, desde la palabra, que todo lo sucedió estaba reflejado en las escrituras. Así se les va aliviando el alma.Jesús, en medio, va poniendo ese clima propio de quien es capaz de hacer de un compartir sencillo un escenario de trascendencia, de sentido eso que tantas veces nos falta como a estos discípulos.Jesús en un momento determinado, dice el texto, amaga como para seguir el camino y ellos le piden que se quede. Ahí comienza el segundo momento, el eucarístico. Algunos leen que los discípulos de Emaús se trataba de un matrimonio.El Señor tiene palabras y gestos que hablan por sí solos, que no necesitan traducción. La misma está dada por lo que genera en el corazón de los discípulos quienes, después de haber compartido el pan, deciden regresar hacia Jerusalén y dedicarse a ala misión por eso decimos que es un texto eucarístico y misionero. Siempre el encuentro con Jesús eucarístico nos conduce a la misión.Jesús al pedido de los discípulos se queda y comparte, parte el pan y es ahí cuando todo se comienza a ver con claridad para ellos: es Jesús. Hay un gesto, una palabra que aparece en el encuentro con el Resucitado que hace que los que estaban en la sombra y en la penumbra digan “aja, era Jesús, está vivo”. Hay un momento donde el Señor Resucitado se muestra sencilla, austera pero contundentemente y nos hace decir “Es Jesús, es el Señor” Se abren los ojos, un gesto lo ha determinado, el gesto es que Jesús ha partido el pan. Es el compartir lo que abre la mente y el corazón para descubrir la presencia de un Dios que en la marcha se hace compañero por eso es tan importante mucho mas que ser solidario ser capaces de compartir desde nuestras debilidades, el camino pero en perspectiva de cristificación, llenar de Cristo el encuentro con los hermanos.Cuando ellos descubrieron que así fue, cuando percibieron que así era, pegaron la vuelta y se fueron a ver a los hermanos que estaban reunidos confirmaron y fueron confirmados “Es verdad, el Señor se nos ha aparecido”. Ésta es la perspectiva del que misiona. El que misiona va a un lugar a proclamar lo que de alguna manera ya está presente en ese lugar.Que andando en el amor de Dios en el peregrinar nuestro, como los discípulos de Emaús los pesos y los agobios sean de reposo. Padre Javier Soteras La entrada Día 24: Los discípulos de Emaús se publicó primero en Podcast.
  • Día 23: El Resucitado 08.04.2025 52min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/89311.mp3 08/04/2025 – En el penúltimo día de este camino de Ejercicios Espirituales en la vida cotidiana, el Señor nos visita resucitado. Y quiere encontrarse con nosotros así como estamos, con lo que nos pasa, con lo que tenemos entre manos, con lo que sentimos. Podemos quedar desconcertados al principio, pero la gracia de este encuentro nos lleva a abrazar lo mucho y nuevo que se abre en nuestra vida hacia adelante. María estaba llorando fuera, junto al sepulcro. Mientras lloraba se inclinó para mirar dentro y vio a dos ángeles vestidos de blanco, sentados donde había estado el cuerpo de Jesús, uno a la cabecera y el otro a los pies. Le dijeron: “Mujer, ¿por qué lloras?” Les respondió: “Porque se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto.”Dicho esto, se dio vuelta y vio a Jesús allí, de pie, pero no sabía que era Jesús. Jesús le dijo: “Mujer, ¿por qué lloras? ¿A quién buscas?” Ella creyó que era el cuidador del huerto y le contestó: “Señor, si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto, y yo me lo llevaré.”Jesús le dijo: “María”. Ella se dio la vuelta y le dijo: “Rabón”, que quiere decir “Maestro”. Jesús le dijo: “Suéltame, pues aún no he subido al Padre. Pero vete donde mis hermanos y diles: Subo a mi Padre, que es Padre de ustedes; a mi Dios, que es Dios de ustedes.”María Magdalena se fue y dijo a los discípulos: “He visto al Señor y me ha dicho esto.” Juan 20, 11 – 18 Hay dos relatos más de la resurrección de Jesús que nos cuentan acontecimientos semejantes, circunstancias que hablan de lo mismo, de Jesús que ha vencido la muerte, el pecado y aparece en la comunidad de los discípulos revelando el don de la vida, el brillo de su luz resucitada disipando la oscuridad de la muerte en el corazón de ellos los otros dos textos son: el de los Discípulos de Emaús, Jesús caminado con ellos y la Pesca milagrosa en el Mar de Tiberíades, estos tres textos el de la aparición a María Magdalena, los discípulos de Emaús y Jesús junto al Lago de Tiberíades tienen datos comunes, lo primero es constatar que hay un límite que encuentran los que se están por encontrar con Jesús, en María Magdalena es el llanto, ella llora y en este límite se ve impedida de poder descubrir a Jesús, en los discípulos de Emaús es el semblante triste con el que dice Lucas que ellos van caminando, esto también les impide descubrir al Maestro, en la pesca cuando Jesús está a orillas del lago los discípulos no lo pueden ver porque ha ganado el corazón de ellos el fracaso de una pesca infructuosa durante toda la noche, en los tres casos Jesús está allí pero en el límite de permanecer frente a su propio dolor a ellos les resulta imposible descubrir al Maestro, María llora, los discípulos de Emaús van con la semblante triste y los pescadores sufren las consecuencias dolorosas de una noche infructuosa de pesca en el mar, hay tres límites concretos y tres imposibilidades de descubrir a un Jesús que está allí y ellos no lo pueden ver, en el lago Jesús aparece como un pescador mas a la orilla con un fueguito encendido y un pez sobre las brasas, con los discípulos de Emaús Jesús es un peregrino, aquí en el Huerto donde estaba el sepulcro de Jesús de Nazaret María cree que es el cuidador, el jardinero, es decir, el Señor tiene una presencia que no escandaliza, no sacude de tal manera que desacomoda sino que con la sencillez de su modo y de su estilo ya en Nazaret se hace presente sin hacer demasiada bulla, la resurrección no es un lugar bullicioso, no es un lugar estruendoso, es un lugar simple como un jardinero, sencillo como un peregrino en el camino, la resurrección es experiencia cotidiana, tan cotidiana como era la pesca para los discípulos primeros de Jesús, Jesús se hace pescador a la orilla del lago, este es como otro rasgo propio del estilo de la resurrección de Jesús, pero hay otro dato, Jesús deja un signo en el camino para que puedan ellos salir del lugar del límite, del encierro, de la imposibilidad de verlo. En los tres textos hay algo por lo cual los de Emaús, los que están a la orilla del lago después de la pesca infructuosa y María terminan por descubrir que es el Señor que ha resucitado. En medio del dolor, la tristeza, la desesperación , la angustia, el fracaso, el llanto los que caminan con Jesús, los que van al Huerto, los que están pescando volviendo a su antiguo oficio no terminan de descubrir que el Señor va con ellos, camina con ellos, comparte con ellos la orilla, esta con ellos en el sepulcro vacío, lo que impide ver es la desesperación y la angustia, como nos pasa a nosotros que podemos tener situaciones y motivos mas que importantes para estar felices pero hay algo que llevamos dentro que nos impide alegrarnos, el Señor llama a María por su nombre y esto es suficiente para que escuchando ese tono de vos, ese nombre de ella pronunciado por Jesús ella despierte de su mirada un poco turbia por la que no ha podido descubrirlo hasta aquí y le diga Maestro, Señor. Los discípulos de Emaús mientras el Señor les va hablando de la Palabra y de cómo el Hijo de Dios, el Mesías, debía sufrir mucho antes de resucitar sienten que sus corazones arden, pero mas todavía descubren la presencia viva de Jesús en el momento de partir el pan, para los que están en la pesca infructuosa de no poder terminar de descubrir de qué se trata esto de repente de verse preguntados por alguien ¿pescaron algo muchachos? Casi como burlescamente para después decir tiren la red a la derecha, sacaron tantos peces que inmediatamente el discípulo al que Jesús amaba dijo este es Jesús, es el Señor, este modo de pescar es propio de Él, ya lo hemos experimentado al comienzo de nuestra vida cuando al principio nos llamó y después de no haber pescado nada nos dijo naveguen mar adentro, y sacamos tantos que nos hundíamos y tuvimos que ayudarnos para arrastrar las redes hasta la orilla.El Señor nos vuelve la memoria afectiva hacia los lugares donde la vida se hace plena para descubrir de una o de otra forma que Él camina con nosotros, que está vivo, que ha resucitado, que no hay motivo para la tristeza y para la angustia. Tres signos bien sencillos, concretos, cotidianos para ellos, la pesca milagrosa, el pan partido y la Palabra proclamada, el nombre pronunciado sobre María. Cada uno de nosotros tiene una historia de encuentro con Jesús, un lugar, un hecho donde la vida se abrió como vida y el Señor se mostró como Señor de la historia, Señor de la salvación, en esos lugares el Señor se manifiesta para decirnos que Él camina con nosotros y que está a nuestro lado, que ha resucitado, es muy simple, es en lo cotidiano, es sin violentar nuestra vida, es haciéndonos sentir en lo mas hondo del corazón que Él está en el mate compartido y en la conversación de la mesa, que Él esta en el café con el amigo y en el momento de la oración con la Palabra, que Jesús está vivo allí mientras hacemos las cosas de la casa y Él nos va hablando de la vida en lo nuestro sin violentar Jesús se manifiesta vivo, “No soy un fantasma, soy yo mismo, aquí están mis manos y mis pies, este es mi costado abierto”, les dice a los discípulos “Soy yo, estoy vivo, ¿tienen algo para comer? Tan simple, sencillo, maravillosamente grande, en lo simple, en lo sencillo en lo cotidiano se muestra Jesús para darle dimensión nueva a lo de todos los días, el Señor no nos quiere haciendo grandes cosas nos quiere haciendo lo de todos los días de una manera grande, es sencillo Jesús, tan cotidiano que los hace volver a los discípulos sobre aquel lugar donde la historia de la salvación para ellos fue el comienzo de un camino nuevo, historia real de salvación, “Vayan a decirles a mis discípulos que en Galilea me encontrarán”. Galilea es el lugar del primer encuentro, es el lugar de la casa de Simón donde Jesús estuvo mucho tiempo con ellos, es lo de todos los días, es lo cotidiano, el Señor te invita a encontrarte con Él resucitado en lo de todos los días. Sería bueno que te preguntes cuáles son las cosas de todos los días donde Él se manifiesta vivo y donde Él quiere aparecer de una manera nueva, renovándote sin sacarte del camino, sencillamente regalándote un don de presencia que le da sabor, color y gusto distinto a lo de todos los días, cuáles son las cosas de todos los días en tu vida donde el Señor se muestra vivo y donde viene a renovarte en esta pascua. El Señor recitado viene al encuentro de los discípulos allí donde ellos se encuentran sin cosas espectaculares, metido entre la historia de todos los días, lo que suponía en aquel momento hacer el duelo, ir al sepulcro y buscar el cuerpo, untarlo con los aceites propios con los que se untaban los cuerpos para declarar la inmortalidad, en el ambiente propio de la pesca donde tantos momentos pasaron juntos, en el andar y en el peregrinar, Jesús ha sido eso, un peregrino, como estaba está pero de una manera nueva, el Señor resucitado viene hacia nosotros bajo esas características. El que comparte tu mesa de todos los días en la familia, con el que te vas a dormir y con el que te despertás, con el que tomas un café, con el Jesús que ora con vos cuando tomas la Palabra en tu mano, el Señor que forma parte de lo tuyo en el trabajo cuando entras a tu oficina, en la fábrica, en el taller, en tu taxi y de repente en el pasajero que subió, en el compañero de trabajo, en la tarea que te toca descubrís que ahí está Él, el Señor es Señor de lo simple, su presencia cotidiana se la descubre por dos signos: el de la alegría y el de la paz son los signos de la resurrección, la alegría el gozo y la paz, para descubrir si es presencia o no de Jesús lo que estamos viviendo hay que captar interiormente, sintonizar con el registro del corazón si lo que vivo me da paz y me da alegría, si es paz y alegría interior lo que siento, lo que vivo entonces es el Señor. Cuando Juan en el capítulo 21 dice: “Es el Señor” tiene paz en su corazón, cuando María le dice Maestro hay alegría, gozo y paz, cuando los discípulos de Emaús descubren en el partir el pan que era Jesús y en la Palabra han descubierto que sus corazones ardían, cuando le piden “Quédate con nosotros” es como cuando uno tiene paz en el corazón y dice no quiero que se vaya este sentir hondo y profundo de serenidad, de armonía, quiero que permanezca para siempre, la paz que Jesús da es una paz que moviliza, es distinta a la paz de los cementerios, la paz del cementerio es la paz de la muerte, la paz que Jesús da es la paz de la vida y pone en contacto con lo que vendrá, cuando esta paz esta ausente, cuando nos cuesta encontrarla, cundo hay demasiadas cosas que inquietan nuestro corazón y lo entristecen entonces Jesús toma directamente la iniciativa de comunicarla, “Tengan paz y muestra de que su paz es movilizante cuando al lado de este mensaje, paz al corazón de ustedes, viene el otro no tengan miedo que soy yo, estoy vivo. Los discípulos en aquel entonces estaban encerrados por temor a los judíos, Jesús los saca de ese encierro, de ese estar muertos resucitándolos con Él e invitándolos a abrir las puertas y a salir a anunciar que el Señor está vivo, el que estaba muerto ahora vive. En estos tres textos lo que sigue al encuentro en lo simple, en lo cotidiano con la gracia de la resurrección, la paz y la alegría que Jesús comunica es la misión, en cada uno de estos después de la alegría de Jesús resucitado en el peregrinar, en la pesca y en el rito de ir a llenar de aceite y de ungüento el cuerpo del muerto, lo que reina en el corazón es la paz y esa paz los hace salir a decir a los hermanos que Jesús ha resucitado, la misión nace de la gracia de la resurrección, solo hay misión cuando hay experiencia de resucitado, cuando el encuentro con el resucitado de manera cotidiana nos llena de vida y esa vida no podemos sino anunciarla, comunicarla, hacerle saber a otros que la vida de todos los días no es aburrida, no es tediosa, la vida en Dios es vida que se comunica y que llena de sentido.El Jesús de lo cotidiano es un Jesús que nos hace vivir de manera grande lo simple y esto es lo que el mundo necesita encontrar en el matrimonio y en la propia casa, en la educación de los hijos y en el trabajo de todos los días, en la vida compartida con los amigos y en los momentos de recreación, en los tiempos duros de la enfermedad y cuando hay que enfrentar la muerte de un ser querido que Dios está ahí siempre acompañando, hay una palabra que sostiene el peregrinar de los discípulos todo este tiempo “Yo estaré con ustedes para siempre, hasta el final de los tiempos”, es en todo momento, en toda circunstancia, siempre. Cuando el Señor de la vida, el creador y el redentor, el que nos hizo a imagen y semejanza suya y el que nos rescató de las heridas de muerte que generó el pecado en nosotros se sienta en nuestra mesa, comparte la mesa, nos acompaña en nuestro viaje de la vida de todos los días, en el trabajo, invitándonos a compartir la amistad que tenemos con Él, cuando el Señor de la vida el que nos creó a imagen y semejanza suya, el que nos rescató del pecado y de la muerte nos dice que no le interesan las cosas en las que podemos estar equivocados o en las que podemos estar no del todo acertado sino que Él igualmente quiere ponerse de nuestro lado para compartir la vida con nosotros e invitarnos a recorrer un nuevo camino nos deja paz, alegría y gozo su presencia y de esta paz, alegría, gozo y certeza del amor de Dios que nos dice una y otra vez que nos ama, que entregó su vida por nosotros no podemos sino salir a anunciarlo, a contarle a otros este mismo mensaje y hacernos nosotros sembradores de la Palabra en el corazón del mundo. Después de cada experiencia de resurrección Jesús pone en situación de misión a los discípulos “No tengan miedo, soy yo”, es lo mismo que decirles salgan del encierro, vayan a decirles a mis hermanos que en Galilea me encontrarán, envía a las mujeres a ese lugar, los de Emaús apenas lo descubrieron al partir el pan se volvieron los once kilómetros que habían recorrido para contarle a los hermanos que el Señor estaba vivo, cuando termina la pesca milagrosa a la orilla del Mar de Tiberíades Jesús se lo lleva aparte a Pedro, lo confirma en la fe redoblando su presencia de amor en su vida y después de tres negaciones y de tres desamores lo reencuentra con una declaración triple de amor y le dice la misión que tiene que cumplir “Apacienta mis corderos, apacienta mis ovejas”, “Pedro, ¿me amas? Sí Señor tu sabes que te quiero. Apacienta mis ovejas”. La misión brota de la gracia de la resurrección, ser misionero, ser testigo de lo que hemos visto, de lo que hemos oído, de lo que tocamos con nuestras manos acerca de la Palabra de vida surge de la gracia de la resurrección de Jesús. Solo puede misionar quien se ha encontrado con el resucitado, solo puede contar que la vida ha vencido la muerte bajo todas las formas quien ha experimentado en sus propias muertes la resurrección de Jesús, quien ha experimentado en su propio dolor el triunfo de Jesús, quien ha experimentado mucho mas allá de sus angustias que el Señor llena la vida de un nuevo sentido, misioneros de la gracia de la resurrección. Es verdad que el mundo de hoy espera el anuncio de Jesucristo, es cierto que la tarea de la nueva evangelización debe estar presente con nuevo ardor, una nueva forma y metodología, pero esto no va a ser posible si no hay primero una experiencia de pascua, de morir con Cristo para resucitar con Jesús, el corazón de la nueva evangelización es la pascua y su fuerza la resurrección, la tarea misional de la Iglesia brota de la experiencia pascual y de la gracia de la resurrección, la gracia de la resurrección acontece en tu vida en lo de todos los días, el que puso su morada entre nosotros, el que se quedó en medio nuestro, el no solamente no escandaliza con su presencia cercana, cotidiana sino que hace que vivamos lo compartido en familia y el encuentro con los amigos en Él de una manera distinta, lo grande del Dios en el que creemos es que lo simple es habitado por su presencia y eso te hace vivir lo mas simple como un príncipe hijo del Rey. La gracia de la resurrección tiene el poder envolvente de hacernos como príncipes en este mundo, como señores de la vida y eso es lo que le da valor a lo cotidiano. La entrada Día 23: El Resucitado se publicó primero en Podcast.
  • Día 22: Aparición a Nuestra Señora 07.04.2025 2min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/89226.mp3 07/04/2025 – Comenzamos el inicio de la cuarta semana en los ejercicios de San Ignacio. Ignacio”plantea a quien primero se apareció nuestro Señor resucitado es a Su madre, aunque no se diga en las escrituras.” 1-Comencemos por el descendimiento “al infierno” (como dice san Ignacio, porque nuestro Credo dice –con más exactitud- “a los infiernos”, en plural y no en singular). Quizá sea este artículo de la fe el más extraño a nuestra conciencia moderna: los pocos textos bíblicos que parecen hablar de esto (1 Ped 3, 19 s.; 4, 6; Ef 4, 9; Rom 10, 7; Mt 12, 40; Hech 2, 27. 31) son tan difíciles que, con razón, cada uno lo interpreta a su modo. El artículo de fe en el descendimiento a los infiernos nos recuerda que la revelación cristiana no sólo nos habla del Dios que dialoga, sino también del Dios que calla: Dios no es sólo la palabra comprensible; es también el motivo silencioso, inaccesible, incomprendido e incompresible que se nos escapa. Dios ha hablado, es Palabra. Pero con eso no hemos de olvidar la verdad del ocultamiento de Dios (por ejemplo, en la experiencia de la “sequedad” de la oración, de la que tanto nos habla santa Teresa en Vida, capítulo 11, nn. 10-16; capítulo 14, n. 10; capítulo 18; capítulo 22, n. 10, etc). Véase el significado del silencio en los escritos de Ignacio de Antioquia que, en su Carta a los efesios (19, 1), dice así: “Y quedó oculta al príncipe de este mundo la virginidad de María y el parto de ella, del mismo modo que la muerte del Señor: tres misterios sonoros que se cumplieron en el silencio de Dios”. Sabemos que la palabra “infierno” es la falsa traducción de sélo (en griego, hades) con la que los hebreos designaban al estado de ultratumba: imprecisamente nos lo imaginamos como una especie de existencia de sombras, más como no-ser que como ser. Sin embargo, la frase “descendió a los infiernos”, originalmente sólo significaba que Jesús entró en el shoel, es decir, que murió. Pero este no es un tema de la Cuarta semana sino de la Tercera, cuando contemplamos el dolor que Cristo experimentó por nuestros pecados, sino el siguiente que indica san Ignacio cuando nos dice que “descendió al infierno, de donde, sacando a las ánimas justas y viniendo al sepulcro resucitado, apareció a su bendita Madre en cuerpo y ánima” (EE 218, 299). Como decía una antigua homilía –atribuida a san Epifanio de Chipre- “sobre el santo y grandioso sábado” (segunda lectura del sábado santo en la liturgia de las horas): 2-“Un gran silencio se cierne hoy –sábado- sobre la tierra: un gran silencio y una gran soledad.Un gran silencio, porque el Rey está durmiendo; la tierra está temerosa y no se atreve a moverse, porque el Dios hecho hombre se ha dormido y ha despertado a los que dormían hace siglos. El Dios hecho hombre ha muerto, y ha puesto en movimiento a la región de los muertos. En primer lugar, va a buscar a nuestro primer padre, como a la oveja perdida. Quiere visitar a los que yacen sumergidos en las tinieblas y en las sombras de la muerte: Dios va a librar de los dolores de la muerte a Adán, que está cautivo, y a Eva, que está cautiva con él. El Señor hace su entrada donde están ellos, llevando en sus manos el arma victoriosa de la cruz.Al verlo, Adán, nuestro primer padre, golpeándose el pecho de estupor, exclama, dirigiéndose a todos los que lo rodean: ‘Mi Señor está con todos vosotros’. Y responde Cristo a Adán: ‘Y con tu espíritu’. Y, tomándolo de la mano, lo levanta, diciéndoles: ‘Despierta, tú que te duermes, y levántate de entre los muertos, y te iluminará Cristo’. Yo soy tu Dios, que por ti me hice hijo tuyo, por ti y por todos estos que habían de nacer de ti: digo, ahora, y ordeno a todos los que estaban en cadenas: ‘Salid’; y a los que estaban en tinieblas: ‘Sed iluminados’; y a los que estaban adormilados: ‘Levantaos’. Yo te lo mando: Despierta, tú que te duermes; porque yo no te he creado para que estuvieras preso en la región de los muertos; yo soy la vida de los que han muerto; levántate, mi esfinge, tú que has sido creado a imagen mía. Levántate, salgamos de aquí; porque yo en ti y tú en mí somos una sola cosa. Por ti, tu Dios, me ha hecho hijo tuyo; por ti, siendo Señor, asumí tu misma apariencia de esclavo; por ti, que estoy por encima de los cielos, vine a la tierra, abandonado entre los muertos; por ti, que fuiste expulsado del huerto paradisíaco, fui entregado a los judíos en un huerto y sepultado en un huerto.Mira los salivazos de mi rostro, que recibí, por ti, para restituirte el primitivo aliento de vida que inspiré en tu rostro. Mira las bofetadas de mis mejillas, que soporté para reformar, a imagen mía, tu aspecto deteriorado. Mira los azotes de mi espalda, que recibí para quitarte de la espalda el peso de tus pecados. Mira mis manos, fuertemente sujetas con clavos en el árbol de la cruz por ti, que en otro tiempo extendiste funestamente una de tus manos hacia el árbol prohibido. Me dormí en la cruz, y la lanza penetró en mi costado por ti, de cuyo costado salió Eva, mientras dormías allá en el paraíso. Mi costado ha curado el dolor tuyo. Mi sueño te sacará del sueño de la muerte. Mi lanza ha reprimido la espada de fuego que se alzaba contra ti. Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco, no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti.Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios.Tienes preparado un trono de querubines; están dispuestos los mensajeros, construido el tálamo, preparado el banquete, adornados los eternos tabernáculos y mansiones, a tu disposición el tesoro de todos los bienes, y preparado, desde toda la eternidad, el Reino de los cielos.” Y la Iglesia, en la misma liturgia de las horas, contesta con este responsorio: “¡Se fue nuestro Pastor, la fuente de agua viva! Hoy fue por él capturado el que tenía cautivo al primer hombre. Hoy nuestro Salvador rompió las puertas y cerrojos de la muerte. Demolió las prisiones del abismo y destrozó el poder del enemigo.” Y cierra esta liturgia, con la siguiente oración, alusiva al misterio que estamos contemplando: “Dios todopoderoso, cuyo unigénito descendió al lugar de los muertos y salió victorioso del sepulcro, te pedimos que concedas a todos tus fieles, sepultados con Cristo por el bautismo, resucitar también con él a la vida eterna. Por nuestro Señor Jesucristo, tu Hijo…” 3-La contemplación se cierra con la escena en la que Cristo nuestro Señor, “sacando (de los infiernos o lugar de los muertos) a las ánimas justas y viniendo al sepulcro resucitado (o sea, unido nuevamente su cuerpo a su ánima), apareció a su bendita Madre en cuerpo y ánima” (EE 218).o como dice más adelante: “primero apareció a la Virgen María, lo cual, aunque no se diga en la Escritura, se tiene por dicho en decir la misma Escritura que apareció a tantos otros; porque la Escritura supone que tenemos entendimiento, como está escrito: ¿También vosotros estáis sin entendimiento?” (EE 299). Tenemos pues, que contemplar un “misterio de la vida de Cristo nuestro Señor” del cual la Escritura no nos dice nada, como ya lo hemos hecho en dos ocasiones anteriores: cuando “Cristo nuestro Señor, después de haberse despedido de su bendita Madre (de lo cual la Escritura no nos dice nada, pero que es obvio, diferenciado este momento de la vida del Hijo de aquel en que, sin decir nada a los padres, se quedó en el templo), vino desde Nazaret al río Jordán, donde estaba san Juan Bautista” (EE 273); y cuando consideramos “la soledad de nuestra Señora”, en “la casa donde nuestra Señora fue, después de sepultado su Hijo” (EE 208, séptimo y sexto día). Esta falta de las palabras de la Escritura da lugar a la “imaginación”, pero sobre todo a la “aplicación de los sentidos, espirituales”, haciendo actos de fe, esperanza y amor y contemplando, con los sentidos anteriores, estas escenas tan íntimas y personales del Señor y de su Madre bendita. Ya no se puede leer nada en el Evangelio, el tiempo de esta contemplación se puede emplear útilmente reviviendo, desde el corazón de la Virgen, toda la vida pasada del Señor, que el corazón de su madre “guardaba y meditaba (dándole vueltas, que esto es lo que significa “meditar” bíblicamente) en su corazón” (Lc 2, 19. 51). O sea, haciendo una repetición de todo lo anteriormente vivido por el Señor –usando para ello los apuntes espirituales de la contemplaciones pasadas-, “reflictiendo para sacar provecho” desde este momento de la vida de nuestra Señora, cuando nuestro Señor se le presenta resucitado. La entrada Día 22: Aparición a Nuestra Señora se publicó primero en Podcast.
  • Día 21: El grito de Jesús 04.04.2025 53min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/89212.mp3 Desde el mediodía hasta las tres de la tarde, las tinieblas cubrieron toda la región.Hacia las tres de la tarde, Jesús exclamó en alta voz: «Elí, Elí, lemá sabactani», que significa: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»Algunos de los que se encontraban allí, al oírlo, dijeron: «Está llamando a Elías». En seguida, uno de ellos corrió a tomar una esponja, la empapó en vinagre y, poniéndola en la punta de una caña, le dio de beber.Pero los otros le decían: «Espera, veamos si Elías viene a salvarlo».Entonces Jesús, clamando otra vez con voz potente, entregó su espíritu.Inmediatamente, el velo del Templo se rasgó en dos, de arriba abajo, la tierra tembló, las rocas se partieron y las tumbas se abrieron. Muchos cuerpos de santos que habían muerto resucitaron y, saliendo de las tumbas después que Jesús resucitó, entraron en la Ciudad santa y se aparecieron a mucha gente.Mateo 27, 45- 53 Mateo y Marcos trasmiten el grito de Jesús, en una mezcla de hebreo y arameo y lo traducen después al griego. «Elí, Elí, lemá sabactani» Esta plegaria de Jesús ha llevado una y otra vez a los cristianos a reflexionar, cómo puede el hijo de Dios ser abandonado por Dios y las reflexiones en torno a esto han sido varias. Sin embargo hay una que particularmente da crédito Benedicto XVI y en y a la cual nosotros vamos a prestar atención. En estudios eruditos se ha tratado de reconstruir la exclamación de Jesús, de modo que por un lado pudiera ser malentendida como el grito hacia Elías y por el otro que fuera la exclamación de abandono del Salmo 22, como quiera que sea, solo la comunidad creyente ha comprendido la exclamación de Jesús, los que estaban por allí no entendieron o malentendieron como dice el Salmo 22. No es un grito cualquiera de abandono. Jesús en el fondo está recitando el gran Salmo de Israel, afligido, que asume de este modo en sí todo el tormento, no solo de Israel sino de todos los hombres que sufren en este mundo por el ocultamiento de Dios. Cuántas veces nosotros vemos la realidad que nos circunda, situaciones de indignidad humana, laceración, dolor, asedia, tristeza, angustia, soledad, abandono, ruptura, violencia, agresividad, exclusión, marginalidad, injusticia y decimos: Dios dónde está? Pareciera – siguiendo la reflexión de Benedicto – que Jesús ha querido llegar hasta este punto de los infiernos humanos, donde el grito por la presencia del Padre se hace un clamor con dolor y lágrimas. Queremos escuchar los gritos de la humanidad, el llanto del corazón de los hombres por estos tiempos, , los gritos silenciosos- con el aborto hay tantos que gritan silenciosos, sin que nadie les pregunte si quieren algo mas de la vida. Porque tienen que decidir otros por ellos, cuánto dolor, cuánto grito, cuánto sufrimiento de la humanidad. Queremos ponerlo en la cruz, escribí el dolor que mas tenés en el corazón y no te quedes en él, deja que se una al grito de Cristo, y en ese grito de Jesús con los gritos que vamos a poner en el madero de la cruz, pasaremos la angustia y la tristeza de la esclavitud y la opresión, a la libertad y el consuelo que trae el Padre que escucha el clamor y las lágrimas de su hijo que desde la cruz grita, Padre porqué me has abandonado. Jesús lleva ante el corazón de Dios mismo, el grito de angustia del mundo atormentado por las ausencias de Dios. El grito de Jesús viene a romper el velo del templo donde alguna vez al año entraba el sacerdote para entrar el santo de los santos, como que el misterio de Dios estaba escondido. Ahora el misterio de Dios viene a hacerse manifiesto porque se rasga el velo que oculta lo que está escondido, y así también, si cada uno de nosotros es un templo donde Dios quiere hacerse manifiesto, es por la unión de nuestros dolores, angustias y tristezas, las que unidas a la cruz de Jesús viene a abrir y despertar la vida que está escondida y dormida. De eso se trata, es un grito que despierta de lo antiguo a un Dios que quiere hacerse presente de una manera nueva. El templo se rasgo, se abrió el velo y apareció el rostro del Dios verdadero que venía siendo manifestado y de algún modo escondido. Es el Dios ausente en el corazón de tantos hombres que sufren sin sentido al que queremos hacer presente. Necesitamos del grito de Cristo para que sea un grito confiado, esperando en Dios la entrega de lo que no tiene respuesta, de lo que no tiene luz, de lo que no tiene sentido, de lo que no tiene horizonte, porque al final – dice la palabra – Jesús expiró, es decir, se entregó. Es un grito que no queremos que sea de puño cerrado sino de mano abierta que pide explicación con la certeza que va a recibir la respuesta a lo que pide aunque la mano abierta y el grito expresen lo que le sale al hombre en lo mas hondo de su dolor, al mismo tiempo por ser abierta y por elevarse al cielo no deja de tener respuesta al Dios que quiere mostrar el verdadero rostro de lo humano en Cristo y por eso es Cristo que dejamos que nuestros gritos se hagan sinfonía con el suyo, y lejos de parecernos una voces sin consonancia, cuando expresamos nuestro dolor y nuestro sufrimiento en Cristo, el desconcierto comienza a concertarse y las voces comienzan a articularse en una sinfonía sacada desde lo mas doloroso y triste, de lo mas duro y difícil de sobrellevar y cargar que a todos nos pasa. A veces con cosas simples se pueden hacer cosas muy ricas, frente al griterío de la humanidad hoy en Cristo deja de ser una desconcertante manera de no saber para donde ir ante tanta desesperación para que todo se cambie en una esperanza en la entrega. Es en la entrega donde está la esperanza, no solamente gritar, no solamente expresar lo que mas hondamente nos duele sino hacerlo en la confianza con la que Jesús termina por romper el espacio que escondía el rostro del Dios verdadero detrás del velo, y eso muy sencillamente y muy simplemente por la ofrenda y la entrega.. Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Así grita Jesús, haciéndose eco del Salmo 22, Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? ¿Por qué estás lejos de mi clamor y mis gemidos?Te invoco de día, y no respondes, de noche, y no encuentro descanso;y sin embargo, tú eres el Santo, que reinas entre las alabanzas de Israel.En ti confiaron nuestros padres: confiaron, y tú los libraste; clamaron a ti y fueron salvados, confiaron en ti y no quedaron defraudados.Pero yo soy un gusano, no un hombre; la gente me escarnece y el pueblo me desprecia; los que me ven, se burlan de mí, hacen una mueca y mueven la cabeza, diciendo: «Confió en el Señor, que él lo libre; que lo salve, si lo quiere tanto” Los padres de la Iglesia con su modo de comprender la oración de Jesús se han acercado mucho a la realidad de lo que allí se expresa en esta increíble expresión sorprendente de Padre, Padre, ¿Porqué me has abandonado?Los orantes del Antiguo Testamento y la palabra de los Salmos no corresponde a un sujeto individual cerrado en sí mismo, son palabras personales, sí, que han ido surgiendo en el forcejeo con Dios pero palabras a las que están asociadas todos los que sufren, todo Israel y mas aún toda la humanidad entera que lucha, por eso estos Salmos abrazan el pasado, el presente y el futuro y de ahí que la expresión de Jesús sea antigua, sea presente, sea de mañana. Estar en el presente del dolor de Jesús que siente el abandono y el grito habla de eso y lleva el don de ser escuchada con las oraciones de tanto grito y de tanta expresión de lo más hondo de las heridas de tantos hermanos. Esta expresión es corporativa – dijo Benedicto XVI – y tal vez justamente en la patrística y tal vez en San Agustín cómo es el cuerpo todo el que reza cuando Cristo reza. Cristo ora a la vez, cabeza y cuerpo, ruega como cabeza como aquel que nos une a todos en un sujeto común y nos acoge a todos en sí. Y ora como cuerpo en el sentido de que tiene presente la lucha de todos nosotros, nuestras propias voces, nuestras tribulaciones, nuestras esperanzas, nosotros mismos somos orantes de este Salmo, somos orantes de este Cristo que ora en la Cruz. Es la humanidad toda la que está expresándose en ese grito, es un eco de un grito de todo el tiempo que ha transcurrido y de todo el tiempo que vendrá, ese es el grito de Jesús en la cruz, no es un grito solitario, no es un grito aislado, es un grito del cuerpo, Cristo cabeza y nosotros toda la humanidad sus miembros. Somos orantes de este Cristo, con este Cristo van unidos el pasado, el presente y el futuro en la concepción del Cristo total. Una vez mas – decía Benedicto XVI- nos encontramos en el hoy saturado de sufrimiento pero siempre la Resurrección y la saciedad de los pobres ocurren hoy. En una perspectiva como esta, nada se quita al horror de la Pasión de Jesús, por el contrario aumenta, porque lleva en sí la tribulación de todos nosotros, sin embargo al mismo tiempo el sufrimiento de Jesús es una pasión mesiánica, un sufrir en comunión con nosotros y lleva consigo así la redención, la victoria del amor.El grito de Jesús en la cruz, el grito de la humanidad, nuestros gritos que buscan respuesta, una sinfonía de voces que exclama al Padre para que se abra el templo y aparezca el Dios que está escondido dando respuesta al hombre que no encuentra respuesta en el sí mismo y que se ve agobiado por tanto dolor. Al final del grito de Jesús, hay un suspiro, hay una entrega y una ofrenda, es como nos pasa a nosotros después de una descarga de profunda tensión, todos los dolores están allí presentes, los de la humanidad que él ha cargado con tanta tensión, ha liberado la fuerza con su grito y se ha entregado. Jesús expiró y en ese expirar se abrió el velo del templo, y Jesús nos regala la posibilidad de penetrar en el misterio. Nosotros muchas veces en nuestras búsquedas, hasta que no llegamos al límite de la circunstancia, no entendemos de que se trata lo que estamos buscando. Las situaciones en el límite nos ponen de cara a lo mejor que está por aparecer de nosotros mismos. Muchas veces, también sacan lo peor de nosotros, pero siempre que uno lo hace con actitud de entrega aparece lo mejor, por eso la invitación sería: dejar que lo que estamos viviendo por más doloroso que sea, por lo mas duro que nos parezca, por mas amenazante que resulte, llegue hasta el límite pero con una actitud confiada, una actitud de abandono, para que aparezca lo que está detrás de lo que nos resulta incomprensible en el dolor que sentimos por enfermedad, por pérdidas, por situaciones de procesos difíciles, no frenar los procesos de dolor, no mitigarlos sí orientarlos, claramente el dolor encuentra su lugar en la cruz y en la forma de vivir esa cruz. Hoy es la respuesta a la gran pregunta de la humanidad, qué sentido tiene el sufrimiento cuando fuimos hechos para la alegría, qué sentido tiene el dolor si fuimos hechos para el gozo, qué sentido tiene la muerte cuando fuimos hechos para la vida. En la cruz está el sentido y en el expirar de Jesús que es un acto profundo de entrega y de confianza. Ahí es donde Dios nos abre el camino a la pregunta de qué hay detrás de “el velo se rasgo” ante la entrega de Jesús se abrió el misterio, lo escondido comienza a aparecer y el verdadero rostro de lo que buscábamos comienza a manifestarse. Es la entrega en el límite, el dejarse llevar, el dejar que fluya sobre el límite lo nuevo que vendrá, lo que está por aparecer. Si sabemos que estamos en las manos de Dios seguro que detrás de lo que no sabemos cómo es hay algo mejor de lo que hasta aquí fue, aún aunque eso se traduzca bajo el signo de la muerte, la eternidad nos espera. Esta perspectiva de la mirada sobre el sufrimiento nos tiene que ayudar a sobrellevar la propia carga y la propia cruz con mayor decisión y mayor determinación, con mayor entusiasmo y mayor fuerza.No hay posibilidad de crecimiento, de madurez, de desarrollo si la humanidad no atraviesa por este lugar donde Jesús ha marcado el rumbo en la cruz. De hecho es el rumbo que él les dice a los discípulos cuando los llama para ir detrás de él, el que quiera seguirme que cargue con su cruz y me siga porque este es el rumbo. Donde aparentemente está lo que no tiene sentido se esconde la respuesta de lo que estamos buscando pero hay que dejarse conducir expirando también nosotros para que al final en la entrega se nos abra y se rompa el velo de lo que nos parece incomprensible. Es lo nuevo que Dios nos trae de lo nuevo de la entrega y de la ofrenda de la vida en la cruz de todos los días. La entrada Día 21: El grito de Jesús se publicó primero en Podcast.
  • Día 20: La oración en el huerto 03.04.2025 53min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/89154.mp3 03/04/2025 – En la tercera semana de Ejercicios Ignacianos acompañamos a Jesús y pedimos gracia de “interno conocimiento de Nuestro Señor Jesucristo que por mis pecados va camino a la cruz”. En el huerto de los Olivos Jesús suda sangre. Queremos acompañarlo allí, en sus horas de agonía. Es un tema importante de la teología del Nuevo Testamento: tan es así que el autor de la Carta a los hebreos considera la lucha orante de Jesús como altamente significativa (es, junto con Heb 13, 12 –padeció fuera de la puerta-, el único acontecimiento de los días de su vida mortal que menciona, en Heb 5, 7). En san Lucas toda su enseñanza sobre la oración del cristiano apunta a esta oración de Cristo (cf. Lc 3, 21), como modelo de esa oración. «Después se alejó de ellos como a la distancia de un tiro de piedra, y doblando las rodillas oraba 42.coon estas palabras: «Padre, si quieres, aparta de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya.» 43.(Entonces se le apareció un ángel del cielo para animarlo. 44.Entró en agonía y oraba con mayor insistencia. Su sudor se convirtió en gotas de sangre que caían hasta el suelo.) 45. Después de orar, se levantó y fue hacia donde estaban los discípulos. Pero los halló dormidos, abatidos por la tristeza. 46.Les dijo: «¿Ustedes duermen? Levántense y oren para que no caigan en tentación.»»Lc 22, 41-44 Las repercusiones somáticas de esta oración en el huerto (Lc 22, 44: “sumido en angustia, su sudor se hizo gotas espesas de sangre”) junto con las palabras que proclaman y esclarecen el misterio allí contenido (Lc 22, 41: “si quieres… pero no se haga mi voluntad”), pueden ser muy bien comprendidas por el comienzo y el término del pasaje citado en Heb 10, 5-7: “me has formado un cuerpo. […] He aquí que vengo a hacer tu voluntad”. Ese cuerpo es manifestación de otro concepto teológico más amplio: la carne (en griego bíblico, “sarx”), con todos sus apetitos (amistad) y repugnancias (soledad, resistencia a la muerte), con sus cambios de actitud (valentía y seguridad, miedo y confusión. También para Cristo vale el refrán popular: “Del dicho al hecho, hay gran trecho”. Y ese trecho hacia el hecho lo recorre Cristo en su oración del huerto de los Olivos. La oración cumple el papel de preparación atlética (cf. 1 Cor 9, 25-27): es como una acumulación de energía que después se descarga en acción. La desbandada de los discípulos que no oraron es una muestra por defecto de que todo arranque arrogante que no se mide en la “lucha orante con Dios” (cf. Gn 32, 23-33) termina en fracaso. Veamos este tema en san Lucas. En este evangelista, Jesús sostiene su agonía en total soledad (¡y nosotros a veces sentimos nostalgia de una comunidad concreta!). En san Lucas: no se vuelve en busca de apoyo en sus discípulos, sino que los conforta y les recomienda en un comienzo que pida “para no caer en tentación” (Lc 22, 40) y lo mismo hace al final de la escena (Lc 22, 46). La razón de la caída en tentación queda así más subrayada al respecto de los discípulos: no haber orado. El contraste entre Jesús orante-discípulos dormidos queda, en san Lucas, elevado al grado más elevado de aplicabilidad a cualquier comunidad (el contraste se da ahora entre Jesús “que está siempre vivo para interceder” y la comunidad o la persona que “se duerme antes de la prueba”). Emergía ya esta tendencia pastoral en Mc 14, 37 -38, donde un apóstrofe originalmente dirigido a Pedro se pluraliza: “¿No pudiste…?” (v. 37) y “vigilad y orad” (v. 38). San Mateo, en cambio, pone en plural las palabras dirigidas a Pedro (Mt 26, 40: “¿No habéis podido…?”). En san Lucas, desapareciendo toda mención de Pedro (y de los dos grupos de discípulos), la amonestación de Cristo queda universalizada sin necesidad de mayor adaptación. Este motivo exhortativo (o parenético) está muy enlazado con un tema muy frecuente en la predicación primitiva. Muy rápidamente la pasión de Jesús llegó a ser el prototipo de toda la pasión de sus discípulos: “El servidor no es más que su Señor. Si a mí me han perseguido, también os perseguirán a vosotros” (Jn 15, 2). Más aún, hay una cierta identidad entre el cristiano que sufre y Cristo: “completo en mi carne lo que falta a las tribulaciones de Cristo a favor de su cuerpo que es la Iglesia” (Col 1, 24). Es notar que la pasión de Cristo en el huerto alcanza su paroxismo justo después de haber recibido la visita de un ángel: en Lc 22, 43, “se le apareció un ángel” y, en el v. 44, se siente “sumido en agonía”. Nos extrañaremos menos si nos colocamos en la recta perspectiva de la redención Jesús no vence el dolor y la muerte no padeciendo ni uno ni otra: “Así como asumió un cuerpo queriéndolo, así también asumió todo lo que causa molestia; y ya no está más en su poder el no sentir molestia”, replicaba Orígenes a Celso. De ahí que el ángel, sin ahorrarle su angustia de muerte, hizo con su visita que no desmayara en ella. Y de ahí que esta agonía de Jesús, narrada por san Lucas, se acerca tanto al género de “actas de mártires”: el ánimo para la prueba precede a la misma prueba (cf. EE 323: “el que está en consolación piense cómo se habrá en la desolación que después vendrá, tomando nuevas fuerzas para entonces”). En este contexto del martirio cristiano debemos referirnos a “su sudor que como gotas espesas de sangre caían en tierra” (Lc 22, 44), detalle que san Lucas no escogió ni subrayó meramente para impresionarnos.Esta frase procede de la tradición de los mártires judíos. El mártir Eleazar es alabado en el libro cuarto de los Macabeos así: “Así deberían ser todos los que tienen que ocuparse de la ley por profesión: sosteniéndola con la propia sangre y noble sudor contra los ataques que duran hasta la muerte”. Por cierto, no hay paralelismo estricto. Pero parece que en este pasaje encontró san Lucas un ejemplar para la representación de un mártir, aunque lo usó en una forma distinta, pues no se trata de la sangre que, como signo de la muerte, es derramada por tierra; la muerte propiamente tendría lugar en la cruz. Pero san Lucas señala aquí un sufrimiento de muerte en el estilo hagiográfico de los libros de los Macabeos. Sólo la oración permite superar el martirio y las dificultades claves en nuestra vida que nos salen al paso en el camino de la misión recibida del Señor (cf. Hech 12, 5). Con buen instinto, pues, la Iglesia primitiva se inspiró en el huerto de los Olivos interpretando el pasaje como la oración del dechado de los mártires y la incitación a imitar su ejemplo en toda lucha de un cristiano. Los relatos de Marcos y Mateo expresaban ya el motivo que funda la necesitad de la vigilancia y de la oración: “El espíritu está pronto pero la carne es débil” (Mc 14, 38; Mt 26, 41). En los Evangelios, el tema de la vigilancia se perfila en un horizonte escatológico: en la noche el enemigo trabaja y tiende lazos para su presa (cf. EE 142: “redes y cadenas”) y la noche está tanto más sembrada de pruebas y tentaciones, cuanto más se acerca el día del Señor (cf. Mt 24, 21: “habrá entonces una gran tribulación, cual no la hubo ni volverá a haberla”). Si Cristo no ha podido escapar de la prueba ante la voluntad de su Padre, su comodidad, dada la unión de destino y sufrimiento antes indicada, no podrá ser dispensada de la cruz que revela el valor de su obediencia, es decir, de su fe en Jesucristo. Ante la prueba, no tendrá otro recurso que el de ser Salvador: luchar en la oración, porque la oración nos vuelve disponibles y nos ajusta a la voluntad de Dios. El espíritu está dispuesto a secundar los planes de Dios, pero esta disponibilidad de poco vale si el espíritu no se une al Espíritu y no penetra hasta la carne para atraerla. Sin ser mala de por sí, la carne es el terreno de lucha que, dejado a sí mismo, es entregado al adversario. “En los días de su vida mortal –o sea, de su carne-” (Heb 5, 7) “por estar él también envuelto en flaqueza” (Heb 5, 2), Jesús fue puesto a prueba. La advertencia de Jesús a sus discípulos recuerda que antes la inminencia del Reino la única fuerza que pueden poseer es la que a él lo fortaleció: no pueden contar con el entusiasmo de su propio espíritu, sino que deben buscar el auxilio en Dios. La comprobación no tardará en llegar. Aquellos mismos que proclamaron su decisión de seguir al Maestro hasta la muerte (Jn 11, 16 y Mc 14, 29-31) no hicieron pasar las palabras de su espíritu dispuesto por el tamiz de una oración que se fuera apoderando de la cobardía de la carne. En su lucha de cada día, esperando la plena revelación del Señor, la Iglesia debe revivir la vigilia de Getsemaní. La tentación, que nunca dejará de zarandearla (cf. Lc 22, 31) puede tener como desenlace dos efectos contrarios: el escándalo, que provoca el decaimiento en la fe (véase toda la Carta a los hebreos, dirigida a una comunidad en peligro de apostasía), o bien el inevitable pero fortificante dolor que acompaña el parto de un mundo nuevo (Jn 16, 21). Aquello que dispone hacia esta última dirección y descarta la anterior es la oración. La oración de Cristo y la oración del cristiano. Son de notar las afinidades que acercan la oración personal de Cristo en el huerto con la oración que destinó a sus discípulos: el Pater noster (Lc 11, 1-4). San Marcos, que no nos da la noticia del Pater en su Evangelio, colma esta laguna poniendo el “Abba, Padre” en la boca del Señor en el huerto (cf. Mc 14, 36).El Pater de san Lucas, según la tradición textual más aceptada, no menciona la tercera petición (“hágase tu voluntad, así en el cielo como en la tierra”), pero es sin duda quien más la explicita aquí en el huerto: la realización total de la voluntad del Padre, que se pide acudiendo a los conceptos contrapuestos y englobantes de cielo y tierra, se ve aquí personificada en el “ángel venido del cielo” (Lc 22, 43) y en un “sudor como gotas espesas de sangre que caían en tierra” (Lc 22, 44). Las peculiaridades de la oración de Cristo en el huerto lo hacen más cercano a nosotros. Su debilidad –que nunca llega al límite del pecado-, sostenida por el trato con su Padre, se encuentra en la base de todos los grandes suplicantes que en el mundo han sido. Así Pablo reproduce espontáneamente el estilo de la oración de Cristo, cuando dice que “por este motivo –el aguijón de la carne- tres veces rogué al Señor. Pero él me dijo: te basta mi gracia, que mi fuerza se muestra perfecta en la flaqueza” (cf. 2 Cor 12, 8-10). La entrada Día 20: La oración en el huerto se publicó primero en Podcast.
  • Día 17: La resurrección de Lázaro 31.03.2025 54min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/89006.mp3 31/03/2025 – Continuamos con los ejercicios espirituales de San Ignacio como propuesta de camino para esta Cuaresma. Hoy compartimos el día 17: Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, aquel a quien tú AMAS, está enfermo.»Cuando llegó Jesús, se encontró con que Lázaro llevaba ya cuatro días en el sepulcro. Betania estaba cerca de Jerusalén como a unos quince estadios, y muchos judíos habían venido a casa de Marta y María para consolarlas por su hermano. .Cuando Marta supo que había venido Jesús, le salió al encuentro, mientras María permanecía en casa..Dijo Marta a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, no habría muerto mi hermano. Pero aun ahora yo sé que cuanto pidas a Dios, Dios te lo concederá.»Le dice Jesús: «Tu hermano resucitará.» .Le respondió Marta: «Ya sé que resucitará en la resurrección, el último día.» .Jesús le respondió: «Yo soy la resurrección El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» Le dice ella: «Sí, Señor, yo creo que tú eres el Cristo, el Hijo de Dios, el que iba a venir al mundo.» Dicho esto, fue a llamar a su hermana María y le dijo al oído: «El Maestro está ahí y te llama.» Ella, en cuanto lo oyó, se levantó rapidamente, y se fue donde él. Jesús todavía no había llegado al pueblo; sino que seguía en el lugar donde Marta lo había encontrado. .Los judíos que estaban con María en casa consolándola, al ver que se levantaba rápidamente y salía, la siguieron pensando que iba al sepulcro para llorar allí.Cuando María llegó donde estaba Jesús, al verle, cayó a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.» Viéndola llorar Jesús y que también lloraban los judíos que la acompañaban, se conmovió interiormente, se turbó y dijo: «¿Dónde lo habéis puesto?» Le responden: «Señor, ven y lo verás.» Jesús se echó a llorar. Los judíos entonces decían: «Mirad cómo le quería.» Pero algunos de ellos dijeron: «Este, que abrió los ojos del ciego, ¿no podía haber hecho que éste no muriera?» Entonces Jesús se conmovió de nuevo en su interior y fue al sepulcro. Era una cueva, y tenía puesta encima una piedraDice Jesús: «Quitad la piedra.» Le responde Marta, la hermana del muerto: «Señor, ya huele; es el cuarto día.» Le dice Jesús: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?» Quitaron, pues, la piedra. Entonces Jesús levantó los ojos a lo alto y dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado..Ya sabía yo que tú siempre me escuchas; pero lo he dicho por estos que me rodean, para que crean que tú me has enviado.» Dicho esto, gritó con fuerte voz: «¡Lázaro, sal fuera!» Y salió el muerto, atado de pies y manos con vendas y envuelto el rostro en un sudario. Jesús les dice: «Desatadlo y dejadle andar.».Muchos de los judíos que habían venido a casa de María, viendo lo que había hecho, creyeron en él. Jn 11,1-ss Aquel a quien tú amas está enfermo Es una escena que nos muestra a un Jesús muy humano. Primero por el cariño a la familia de Lázaro, Jesús se conmueve, se emociona, llora es una escena donde sale la humanidad de Jesús de un modo especial. Por otro lado lo humano del miedo y del riesgo, Jesús humanamente tiene miedo porque sabe que lo andan buscando para matarlo, por lo tanto ir a Betania era riesgoso. Y por otro lado Lázaro ya hacía cuatro días que había muerto. Es interesante quedarnos con las palabras de ese mensajero que le sale al encuentro a Jesús: “Aquel a quien tú amas está enfermo”. “Aquel a quien tu amas”… podemos pensar en tantas personas cercanas nuestras que están enfermos del cuerpo o del alma, y también somos nosotros mismos. Podemos decirle al Señor desde lo hondo del corazón “Señor, aquel a quien tu amas (que soy yo) está enfermo”, necesita ser visitado, necesita resucitar, necesita salir de las tumbas en las que andamos quizás sepultados. Hasta ahora Jesús ni si quiera a los discípulos los llama amigos, recién en Jn 15 en el momento de la pasión los llama amigos, en cambio a Lázaro antes que a los discípulos los llama amigos. Seguramente Jesús visitaba seguido a esta familia, y su casa era un lugar donde Él podía ir a descansar, estar en confianza. Jesús les tenía mucho cariño, por eso los llamaba amigos. A Jean Vanier le llama la atención que el texto diga “la casa de Marta, casa de María” cuando en su momento se utilizaba llamar a la casa con el nombre del varón de la familia. Lázaro queda como escondido. El autor supone que Lázaro sería una persona enferma, claro que no es posible comprobarlo, por eso los textos las nombran a ellas que serían quienes con mucho cariño lo cuidaban. Marta sale al encuentro cuando Jesús llega: “Señor si hubieras estado aquí”. Después del diálogo con Marta, ella va a avisarle a María y le dice unas palabras muy lindas que nos pueden ayudar a meditar y hacerla propia: “El maestro está aquí y te llama”. Nos hace bien sentir que el Maestro está aquí y que me llama a mí, sentir que el Señor también me anda buscando a mí. Jesús que se conmueve hasta el alma y pregunta dónde lo han puesto y fueron a verlo. Ahí viene esta otra expresión fuerte: “Quiten la piedra”. Es interesante porque hay piedras que el Señor nos pide que la quitemos, y que con su ayuda se puede. También hay piedras que si Dios no las quita no las quita nadie, como en la pasión cuando las mujeres van tempranito al sepulcro se dieron cuenta que no iban a poder correr la piedra, pero dice el texto que “cuando estaban cerca vieron que la piedra ya estaba corrida”. En nuestras vidas y en nuestro corazón hay piedras que las corre el Señor o nadie, piedras grandotas del corazón que sólo Él puede quitarlas y otras veces que sí podemos con su ayuda, como en este caso “Quiten la piedra”, Él da la orden y la gracia, y así podemos. ¡Salí afuera! Marta reacciona “Señor tiene mal olor, ya pasaron cuatro días”. La tradición judía indicaba que hasta los tres días el alma no estaba despedida, por eso estos cuatro días indicaban que ya no había ninguna posibilidad. Jesús le dice “no te he dicho Marta que si crees verás la gloria de Dios”, a modo de reproche porque ella misma le ha pedido que intervenga y ahora que hace algo es como si se achicara y volviera atrás. Entonces quitada la piedra viene la voz fuerte de Jesús: “Lázaro sal afuera”. Podemos perfectamente cambiar el nombre de Lázaro por el nuestro; “¡Salí afuera!”. Quizás necesitamos desde nuestras tumbas sentir que el Señor nos llama a salir afuera y ponernos de pie. Salió y dice la Palabra que tenía las manos y los pies vendados, y la cabeza tapada… A veces nosotros tenemos situaciones en las que estamos con pies y manos atadas, con la mirada ciega, no podemos caminar ni ver. Y Jesús que dice “desátenlo, déjenlo caminar” frase imperativa que también nos puede hacer mucho bien a nosotros. Mientras Lázaro ve los judios se enceguecen con éste gesto de Jesús. Jean Vanier dice “¿no somos en realidad todos Lázaro? ¿No hay partes muertas en nosotros presas a veces de una cultura de la muerte?” Todo lo muerto en nosotros, todo lo que está oculto en la tumba de nuestro ser provoca una cierta muerte alrededor, y Jesús nos invita a salir de la tumba que llevamos en nuestro interior. ¿Crees que esto puede revivir? En Ezequiel 37, 1 ss dice que Dios llevó al profeta a aquel valle de huesos secos, lo hizo caminar por ahí y efectivamente estaba todo seco. Una visión símbolo de la desesperanza del pueblo de Israel en el desierto, después que caminó en todas las direcciones viene la pregunta del Señor que mueve a esperanza “¿crees que ésto puede revivir?” A lo que el profeta contestas “Señor, Tú lo sabes”. Podemos pensar que frente a aquellas cosas que se han muerto en nuestro corazón como la esperanza, la fe, las ganas de seguir luchando… cada uno puede pensar en sus zonas muertas, su zona sin vida tirada en el corazón y dejarnos decir por el Señor al corazón “¿crees que esto puede revivir?”. El Señor tantea nuestra capacidad de esperanza, nuestra capacidad de confiar que Él es capaz de ponernos de pie. “Señor tú lo sabes”. En la escena Dios le dice al profeta que le hable a los huesos, “Huesos escuchen la Palabra”. Parece raro y hasta inútil, pero es signo de que la Palabra puede poner de pie hasta lo imposible. Dios nos pone de pie en un proceso, pero nosotros queremos soluciones inmediatas, pero tenemos que tener paciencia, Dios nos va dando vida de a poco, paso a paso. En este texto de Ezequiel, más adelante el Señor le va a decir al profeta refiriéndose al pueblo de Israel: “Yo les daré el Espíritu”, “yo los sacaré de vuestras tumbas”, “los llevaré de nuevo a Israel” ,“les daré el Espíritu y vivirán”… Qué lindo este Señor que nos anima a renovar la confianza en las cosas que están muertas en nuestro corazón Carlos del Valle se preguntaba ¿en qué tumbas nos encontramos?. Podría ser la tumba de la estrechez, en donde estamos sumergidos en nuestro pequeño mundo y Dios a través de su Espíritu viene a agrandar los límites, agrandar los espacios, a derribar muros y fronteras, a ensanchar el corazón, a empujar y salir de nuestros recintos para ir al encuentro de los necesitados… El Espíritu nos enseña a abrir caminos, a tender puentes, a intensificar la comunicación, crear vínculos… Posiblemente el Señor nos esté invitando a salir de la tumba de la estrechez, o quizás de la tumba de la superficialidad cuando vivimos sin conocernos, nos relacionamos desde la apariencia y se nos escapa lo más lindo de las cosas, las personas, los acontecimientos… El Espíritu nos lleva a la profundidad del corazón. Quizás quiere que salgamos de la tumba del individualismo es decir de vivir en función de uno mismo porque el Espíritu crea relación de amistad y solidaridad; quizás nos quiera sacar de la tumba del pesimismo y la desesperanza porque el Espíritu viene a reavivar la esperanza y alimentar la utopía; o quizás viene a sacarnos de la tumba de los miedos, animarse a correr riesgos, el Espíritu da audacia y nos da fuerza para hacer lo que nunca habríamos hecho. Cada uno sabrá de qué tumbas lo quiere sacar el Señor en este tiempo. Nos animemos a dejarnos decir como a Lázaro: “Sal fuera” y que podamos desatarnos y ver. “Yo abriré sus tumbas y los haré salir, infundiré mi Espíritu en ustedes y vivirán”. Quizás nosotros le decimos que nuestra tumba tiene mal olor, pero Él nos vuelve a decir que salgamos afuera y nos pongamos de pie. La resurrección es un proceso que comienza cada mañana y cada día, somos llamados a hacer un viaje de resurrección que va paso a paso. Resuciten muertos Dice Cantalamessa “El mandamiento de resucitar a los muertos está dirigido a todos los discípulos de Cristo. Les desvelo cómo se hace para poder resucitar esta misma tarde y en los próximos días a un muerto. ¿Tenés en casa o en el asilo a un padre anciano? Quizás su corazón está muerto por el silencio de sus hijos. Hacele una llamada de teléfono de las hermosas; si podes, prometele que mañana irás a verlo. Probablemente ya has resucitado a un muerto” A lo que podemos agregarle, ¿tu marido está desmoralizado al salir de casa después de la décima pelea? Llamalo por teléfono, hacele renacer la confianza en el corazón. Lo mismo hacé con tu mujer si eres el marido. Posiblemente hayas resucitado también a un muerto en esto día. Y podemos pensar en cuántos gestos que resucitan cada día corazones; una visita, una llamada puede cambiar un día y hasta una vida.Otro texto que puede ayudar en la reflexión es el de la Hermana Alejandra «La voz del Amor grita ¡Sal fuera!» La entrada Día 17: La resurrección de Lázaro se publicó primero en Podcast.
  • Día 16: Multiplicación de los Panes 28.03.2025 48min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/88942.mp3 Al desembarcar, Jesús vio toda aquella gente, y sintió compasión de ellos, pues estaban como ovejas sin pastor. Y se puso a enseñarles largamente. Se había hecho tarde. Los discípulos se le acercaron y le dijeron: «Estamos en un lugar despoblado y ya se ha hecho tarde; despide a la gente para que vayan a las aldeas y a los pueblos más cercanos y se compren algo de comer.» Jesús les contestó: «Denles ustedes de comer.» Ellos dijeron: «¿Y quieres que vayamos nosotros a comprar doscientos denarios de pan para dárselo?»Jesús les dijo: « ¿Cuántos panes tienen ustedes? Vayan a ver.» Volvieron y le dijeron: «Hay cinco, y además hay dos pescados.»Entonces les dijo que hicieran sentar a la gente en grupos sobre el pasto verde.Se acomodaron en grupos de cien y de cincuenta. Tomó Jesús los cinco panes y los dos pescados, levantó los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes y los iba dando a los discípulos para que se los sirvieran a la gente. Asimismo repartió los dos pescados entre todos. Comieron todos hasta saciarse; incluso se llenaron doce canastos con los pedazos de pan, sin contar lo que sobró de los pescados. Los que habían comido eran unos cinco mil hombres. Mc 6,34-44 Los vio y se compadeció No cabe duda que el evangelio pone de manifiesto que la multitud busca a Jesús como también nosotros lo buscamos. Dicen que al desembarcar vio mucha gente y “sintió compasión de ellos” y curó a sus enfermos. Es esa gente que cuando supo que el Señor iba cruzando el lago, salieron de las ciudades, para escuchar sus palabras al igual que nosotros que lo buscamos porque queremos escucharlo. Lo buscan para curar sus heridas, como también nosotros necesitamos que Él nos sane. Lo buscan para recibir el perdón de sus pecados, como también nosotros necesitamos ser perdonados por Él.Y Jesús, fiel a su misión no posterga el encuentro, los atiende pacientemente, los escucha, los cura y los consuela. Está todo el día con ellos, dejando de lado su propio interés para escuchar la necesidad de aquellos que lo buscan. Lo mismo hace con nosotros, Él está interesado en cada uno de nosotros.El corazón compasivo y el gesto solidario de Jesús nos revelan el rostro del Dios Padre y Pastor, rico en misericordia. Y cuando llega la tarde, nos dice el evangelio, se le acercan los apóstoles y le dicen “Despide a la multitud, Señor, para que vayan a los pueblos y caseríos de alrededores en búsqueda de albergues y alimentos porque estamos en un lugar desértico”.La despreocupación de los discípulos ante la carencia de la multitud, contrasta con la compasión de Jesús. Es verdad que se planteaba una situación de grave necesidad y que no se podía prever una solución que no viniera del poder de Jesús.Da la impresión que los discípulos sólo intentaban distanciarse del problema. Jesús les ordenó entonces algo que para ellos sonaba imposible de realizar: “Denles ustedes mismos de comer”. No aceptó, el Señor, la actitud evasiva de sus discípulos, al contrario exigió que se mostraran compasivos con las necesidades de la gente. Aún cuando esto los colocara en una situación por encima de sus fuerzas humanas.El Señor ha querido necesitar la cooperación responsable de ellos para realizar su obra. Quedó establecida así una norma de conducta que tiene como modelo al mismo Jesucristo, y que deberá ser la característica que identifique a todos los discípulos. El Señor cumplió lo dicho por el profeta: “Él tomó nuestras debilidades y cargó sobre sí nuestras enfermedades”.Nosotros discípulos, como ellos, no debemos buscar nuestro propio interés sino el de los demás; debemos sentir como propias las necesidades de los otros. Y esto es conocer el corazón de Jesús y meternos en Él.¿Qué son cinco panes y dos pescados para una multitud?La reacción de los discípulos es inmediata y tremendamente lógica, además de sincera: “Pero Señor no tenemos nada más que 5 panes y dos pescados”. Y el Señor los desconcierta: Tráiganlos, háganlos sentar en grupos de 50. Eran alrededor de 5mil hombres. Y a continuación el milagro: los panes y peces bendecidos y entregados a los discípulos que se multiplican entre sus manos con abundancia de Dios.Esta queja mediante la desproporción a la misión recibida y mis fuerzas, entre las multitudes hambrientas y mis poquitos panes y peces, recorre toda la historia de la salvación y la nuestra. Es la desmesura del evangelio.Y hoy nosotros somos llamados a vivir esta desmesura: la del amor a los más pequeños, la desmesura de la búsqueda incesante de la oveja perdida, la desmesura de la misericordia del papá del hijo pródigo, del perdonar setenta veces siete y sin condiciones. La desmesura de echar una vez más las redes cuando todo parece inútil…. la desmesura de ofrecer los poquitos panes y peces para lo que Dios quiera. La desmesura de sembrar empecinadamente aunque gran parte caiga al borde del camino, del de acompañar dos kilómetros al que nos pidió que lo hiciéramos por dos cuadras; la desmesura de bajarnos del caballo al tirado a la puerta de la ciudad y llevarlo hasta la posada y preguntar por él a la vuelta cubriendo los gastos nosotros. Es la desmesura de agacharnos y lavar los pies heridos al que Dios puso al lado nuestro, de vivir con una sola túnica y un par de sandalias…. Es la desmesura, en definitiva, de dar la vida por los amigos. 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  • Día 15: La mujer encorvada 27.03.2025 46min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/88895.mp3 27/03/2025 – En el día 16 de los Ejercicios Espirituales rezamos con el texto de la curación de la mujer encorvada. Dios por la fuerza del amor va mucho más allá de lo pautado y permitido. Es el amor que todo lo puede y transforma. Es Él quien nos libera de todo lo que nos tiene encorvados y con la mirada baja. Que Dios te regale esa gracia de liberación en esta jornada. “Un sábado Jesús enseñaba en la Sinagoga. Había allí una mujer poseída de un espíritu que la tenía enferma desde hacía dieciocho años. Estaba completamente encorvada y no podía enderezarse de ninguna manera. Jesús al verla la llamó y le dijo: “Mujer, estás curada de tu enfermedad”, y le impuso las manos. Ella se enderezó enseguida y glorificaba a Dios. Pero el jefe de la sinagoga, indignado porque Jesús había curado en sábado, dijo a la multitud: “Los días de trabajo son seis, vengan durante esos días para hacerse curar y no el sábado”. El Señor le respondió: “Hipócritas, cualquiera de ustedes aunque sea sábado ¿No desata del pesebre a su buey para llevarlo a beber?, y esta hija de Abraham, a la que Satanás tuvo aprisionada durante dieciocho años, ¿no podía ser liberada de sus cadenas en día sábado?” Al oír estas palabras todos sus adversarios se llenaron de confusión, pero la multitud se alegraba de las maravillas que el hacía. Lc 13,10-17 El amor justifica el desorden, el amor trae un nuevo orden Es lindo ver la casa desordenada cuando los chicos están contentos. Es lindo ver el taller que tenemos en casa con las herramientas dadas vuelta cuando hemos compartido una tarea de arreglo junto a nuestros hijos, cuando hemos aprovechado el tiempo de descanso para arreglar las cosas  en casa necesitaban. Es bueno ver el jardín un poco dado vuelta cuando hemos removido la tierra para mejorar sus posibilidades para plantas nuevas que estamos por plantar. Es lindo ver el desorden en una reunión cuando todos intentan participar de ellas y aportar lo mejor que tienen, cuando se rompen los modos formales de los vínculos. Es bueno ver en un equipo de fútbol que todos intentan tomar la pelota y jugar el mejor juego aunque la táctica no esté del todo bien definida. Hay ciertos desórdenes que son saludables cuando lo que marca el ritmo de ese desorden es la puesta de lo mejor de nosotros mismos para que las cosas vayan mejor. A veces tenemos la concepción del orden un tanto estática, por no decir obsesivamente planteada, por no decir enfermamente establecida. Es decir bajo el signo de alguna tendencia, por parte de nosotros, rigurosa respecto del orden, con un trastorno ciertamente compulsivo por dejar las cosas en su lugar, que nadie nos saque de orden lo que pusimos y con una cierta actitud insalubre para nosotros buscamos mantener que las cosas estén como estaban, como si el orden de las cosas lo tuviera que definir donde están ubicadas ellas y no el lugar que tienen que ocupar las cosas a favor de lo mejor para todos. Esto es lo que pasa en el evangelio que estamos compartiendo. Y hay un desorden que establece Jesús sobre lo ya establecido que viene a favor de alguien que merece ser tratado de una manera distinta. Esta mujer está encorvada desde hace dieciocho años, es decir, hace dieciocho años que no ve el cielo ni el horizonte, su mirada sólo está clavada hacia abajo como cuando uno está enfermo por un dolor de ciático y está encorvadito. Claro, en sábado no se podía curar, así lo había establecido el orden, las reglas y normas rigurosas que se aplicaban en Israel en el tiempo de Jesús, definían. Sin embargo, Jesús rompe con esto establecido para poner las cosas en su lugar sea vivir de la caridad y devolverle a esta mujer la salud. ¿Hay momentos en donde has disfrutado del grato desorden? Es desorden grato cuando lo que se comparte nos pone en situación de ir más allá de lo que teníamos preestablecido. Sí, estamos detrás de descubrir cómo hay ciertos desórdenes que son saludables. Hemos sido hechos para el amor Perdamos lo que tengamos que perder, sencillamente por dejarnos amar y amar como Dios quiere que amemos. El amor es capaz de sorprendernos desordenándonos, pero más aún es capaz de traernos el verdadero orden porque el verdadero orden está dado para lo que fuimos hechos. Una cosa está puesta en orden cuando está orientada a la razón de su ser y es así, las cosas son ordenadas cuando están en su lugar, no según lo que hemos pensado como lugar sino según lo que ocupa el lugar que merece ser ocupado. Un televisor, por ejemplo, está en orden no cuando ocupa todo el tiempo de la vida de la familia sino cuando ocupa el tiempo para un momento determinado para la distracción. Un buen vino está en orden no cuando ocupa todo el tiempo en la vida de una persona sino cuando en un determinado una persona se aprovecha de él para alegrar el encuentro con los amigos y la familia. Un buen tiempo de descanso está en orden no cuando todo el tiempo nos estamos rascando el pupo y mirando para arriba sino cuando en un momento determinado de la semana aprovechamos de una mayor cantidad de minutos para reposar y recuperar fuerzas para transformar el mundo desde el trabajo de todos los días. Las cosas, las realidades, los valores, están en orden cuando ocupan su lugar. Nosotros hemos sido hechos para amar y la verdad sea dicha, nuestra vida está en orden cuando amamos, aunque nos parezca que eso a veces se lleve de patadas con las razones que nos dicen desde algún lugar de orden establecido que las cosas deben ser hechas de tal o cuál forma. Esto es lo que pasó en el relato que hoy estamos compartiendo. El relato que hoy compartimos, hay gente que dice: esto no tiene que hacerse en sábado. Y Jesús se vale de la situación para decir “hipócritas”, no es verdad lo que están diciendo. Y ¿qué es la verdad? La verdad está en que si un hombre necesita de un gesto, de una actitud, de una presencia de servicio por parte de nosotros que dignifique su vida, no importa donde, cómo, cuándo, con quién, cuánto cueste, lo importante es que sea hecho. Y esta es la gran verdad. Dar de lo nuestro no importándonos sino que la necesidad del hermano determine que dar, cómo dar, cuánto dar, aunque nos parezca que todo lo que teníamos pensado en la administración de nuestro tiempo, en la administración de nuestra economía, en el modo de vincularnos con la persona, se venga abajo o sufra aluna crisis. Cuando el amor es el que conduce a buscar lo mejor para nosotros y para los demás, evidentemente los sistemas con los que hemos convivido hasta el momento entran en crisis. Es cuando las cosas son puestas en su lugar. Y las cosas son puestas en su lugar cuando responden a la naturaleza para las cuales fueron creadas, por Dios o recreadas por el hombre. Yo te invito a que te preguntes y reflexiones y te dejes visitar por esta presencia de amor que desordena ordenando, poniendo las cosas en su lugar. El amor nos libera de pesadas cargas Cuando nosotros nos dejamos llevar por esa fuerza del amor que nos saca de lo ya establecido entramos en una sintonía que nos libera de los pesos graves que llevamos muchas veces sobre nuestras espaldas. El amor nos libera de pesadas cargas. La mujer encorvada del evangelio de hoy nos representa en el peso del trabajo, de las preocupaciones familiares, de las crisis personales, de situaciones de dolor, opresión, enfermedad, de realidades muy tristes por las cuales atraviesan hermanos, a veces la sociedad toda, nos golpea la situación del hombre en la cruz bajo cualquiera de sus formas y sentimos el peso sobre nuestras espaldas. Detengámonos por un instante y veamos las cargas pesadas que llevamos sobre los hombres y dejemos que el amor de Dios nos guíe en un proceso de liberación que verdaderamente transforme. Liberémonos de la exigencia del deber ser representado en la persona del jefe de la sinagoga que determina el comportamiento de lo que corresponde. Muchas veces el peso duro que llevamos sobre nosotros tiene estas características de ir por el camino de la ley, del cumplimiento, de lo que corresponde, del deber ser, a rajatabla, sea como sea, para nosotros y para los otros, exigentes con nosotros y con los demás. Es un orden que enferma, es un modo de ordenamiento que oprime. De ese peso queremos liberarnos. No para dejar de hacer lo mejor que tenemos que hacer ni de manera perfecta sino para hacerlo desde un mandato distinto que es el del amor que nos saca del deber ser. Aquí está la diferencia entre el cumplimiento de la ley por la ley en sí misma por la ley del amor que nos pone en sintonía con lo mejor, con lo que tiene que ser, pero con una motivación distinta. Es el amor el que impulsa desde dentro a que hagamos y demos de nosotros lo mejor hasta que sea perfecto nuestro quehacer y no es que lo tengamos que hacer por obligación, por mandato, por cumplimiento, por ley, por deber ser. Yo creo que la mujer encorvada está encorvada porque está en la sinagoga bajo el deber ser, bajo este mandato riguroso de la sinagoga que le lleva al cumplimiento del deber de lo que corresponde a rajatablas sin sentido. Es en el sentido del quehacer que solamente descubrimos en el amor que libera donde nosotros podemos ponernos de pie, salir de la manera de estar encorvados frente a las cosas que nos hacen sufrir y poder levantar la mirada para tener horizontes . Dios nos quiere con horizontes. Para caminar en este sentido liberándonos de las cargas que nos oprimen nada mejor que dejarnos llevar por la motivación propia que genera el amor a Dios y a los hermanos. Por eso es tan saludable comenzar el día diciéndonos a nosotros mismos “por Dios y por nuestros hermanos”. “Lo que hago hoy es por El y por los que amo y también por los que me cuesta amar y por todas las situaciones por las que no encuentro respuestas. Allí entrego, consagro y ofrezco mi vida. Que sea el amor de Dios el que me lleve por ese camino”. Decítelo una y otra vez en el comenzar de la jornada y seguramente tu mirada, que puede tener la perspectiva del suelo como la de la mujer encorvada del evangelio, comience a levantarse y encuentre en el horizonte ese lugar donde Dios ha venido a quedarse con nosotros, en Cristo Jesús, allí el cielo y la tierra se juntan. La entrada Día 15: La mujer encorvada se publicó primero en Podcast.
  • Día 14: Reglas de discernimiento Ignaciano 26.03.2025 56min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/88841.mp3 26/03/2025 – Para continuar avanzando en los ejercicios ignacianos, nos detendremos para conocer las reglas de discernimiento que San Ignacio propone para esta parte del camino: primera y segunda semana de discernimiento. Las reglas de discernir de la Primera semana La “discreción de los espíritus” se hace por un don o carisma o gracia, gratis data, que el Espíritu Santo concede a algunos. Consiste en un instinto o luz particular que el Espíritu Santo comunica para discernir, en sí o en otros, de qué principio provienen los movimientos internos del ánimo, si del bueno o del malo.Las reglas de la Primera semana son “para, en alguna manera, sentir y reconocer las varias mociones que en el ánima se causan: las buenas para recibir y las malas para lanzar; y son más propias de la Primera semana”. Estas reglas ayudan “en alguna manera” porque, además de leerlas, hay que tener en cuenta la experiencia y sólo así se las puede entender, es decir, entre el tenor de la regla y experiencia se necesita la gracia, sin la cual no podemos nada. La mejor manera de aprender a discernir es leyendo los apuntes espirituales o cartas de quienes han tenido experiencia y nos la han comunicado, para entender, en ellas, el sentido de las reglas de discernimiento ignacianas. Por ejemplo, “Camino” de Teresa, la biografía de Ignacio, o “Historia de un alma” de Santa Teresita o la vida del P. Pio de Pietrelcina. Es subirse a los hombros de un gigante, por eso la vida de los santos es importante para descubrir cómo se mueve Dios en la vida de las personas y cómo el mal busca impedirlo. Lo mismo pasa en nuestras vidas. Las reglas son “para sentir y conocer las varias mociones: las buenas para recibir, las malas para lanzar”. Se señalan tres niveles o etapas de un discernimiento de espíritus: el primero es “sentir”, es decir, caer en la cuenta de que se tiene un “sentimiento” o “pensamiento” o “moción”. El segundo es “conocer” su malicia o bondad espiritual, es decir, conocer su sentido. El tercero actuando en consecuencia del discernimiento que hasta el momento se ha hecho. ¿Qué sería conocer el sentido de una moción? San Bernardo dice: “No es fácil discernir si es nuestro espíritu quien nos habla, o bien alguno de los ya mencionados. Mas ¿qué importa, para el caso, conocer la persona que nos habla (el propio espíritu o un espíritu de fuera), constándonos ser pernicioso lo que nos dice? Si conocemos que es nuestro enemigo (y a veces se lo puede conocer por lo transitorio de su ataque, si resistimos bien a él, o por su intensidad fuera de lo común, etc.), hay que resistirlo y rechazarlo varonilmente, como a tal; y si fuese nuestro espíritu (o nuestro estado físico o psicológico), vuélvete contra él, y lamenta con amargura de corazón que hayas llegado a tanta miseria y a tan ominosa esclavitud.” Resumiendo, diríamos que la regla fundamental del discernimiento ignaciano está dada cuando dice que “tanto ha de ellas cuanto le ayuden para su fin; y tanto debe quitarse de ellas, cuanto para ello le impiden”, si se entiende por “cosas” los sentimientos, pensamientos, mociones o espíritus, o como quieran llamarse los movimientos interiores o mociones que constituyen la experiencia de los espíritus.Hay una variedad que se reduce a una simple alternativa: los sentimientos, pensamientos, mociones, afectos o como quiera llamárselos, o bien nos ayudan en el camino que llevamos hacia Dios, cumpliendo su voluntad, o bien nos impiden ese mismo camino. Primera y segunda reglas Todo hombre es un caminante hacia Dios (un “peregrino”, diría san Ignacio en su autobiografía de si mismo). En este camino, o bien avanza seguro, se desvía y si se queda, retrocede. El mal espíritu impide al que avanza y el bueno lo ayuda. Es más fácil discernir las mociones de uno y de otro espíritu cuando se las experimenta alternativa o sucesivamente y se puede comparar el efecto en nosotros de uno y de otro espíritu. ¿Qué hace el mal espíritu al que se desvía o se queda y retrocede? Le propone “placeres aparentes”: apariencia que consiste en ser falsos, son contrarios a la verdad, son propuestos por nuestra imaginación. Es importante conocer la idiosincrasia del mal espíritu, o sea el uso que hace de nuestra imaginación en los “deleites y placeres sensuales”. Por ejemplo, los que son objeto de la gula espiritual, cuando buscamos “las consolaciones de Dios”, en lugar de buscar al “Dios de las consolaciones”. ¿Cómo mueve el buen espíritu a los que se desvían –o se quedan y retroceden- en su camino hacia Dios?“Punzándoles y remordiéndoles las conciencias”. Como el Hijo pródigo que se dice a sí mismo “Volveré a la casa de mi padre y le diré Padre, he pecado contra el cielo y contra tí, no merezco ser llamado hijo tuyo”. El buen espíritu nos recuerda, antes de obrar y, después de haber obrado contra cualquier obligación, nos hace sentir arrepentimiento o remordimiento, con el objeto de que volvamos por el mismo al buen camino o reiniciemos, con brío, nuestro caminar hacia Dios, allí donde nos habíamos detenido. Cómo actúa el mal espíritu con las personas que van “de bien en mejor subiendo”. Proponerles placeres aparentes, aquí se indican varios sentimientos y mociones: tristeza y, a la vez, sentirse “mordido” por una inquietud o inquieto por falsas razones. Es una tristeza que lleva a la “muerte”, a la ausencia de Dios y no a Dios. El buen espíritu con su “punzar” y “remorder”, levanta el alma hacia Dios y lo hace volver a él (“Me levantaré e iré a la casa de mi padre” Lc 15, 18-20) mientras que el mal espíritu, con su “morder y entristecer”, deprime, encierra en sí mismo y no deja pensar ni recordar la misericordia de Dios, más pronta a perdonar que a castigar. Hay que estar vigilante cuando experimento que soy todo impedimento, no debo dejarme envolver por “la tristeza que lleva a la muerte”, sino llegar al “punzar y remorder”, propio del buen espíritu, que nos levanta y nos lleva hacia Dios. Lo que hace el buen espíritu es “dar ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud”; su objetivo es “para que proceda adelante en el bien obrar”. “Dar ánimo y fuerzas” es la acción fundamental de la acción del buen espíritu en un caminante que marcha derechamente y sin detenerse hacia Dios.El “ánimo y fuerzas” es lo fundamental de la acción del buen espíritu en una persona que “que va de bien e mejor”; mientras que lo más propio del mal espíritu en estas mismas personas es el “inquietar con falsas razones, para que no pase adelante”. El mal espíritu alienta a los que van “de pecado en pecado” y desalienta a los que van “de bien en mejor en el servicio de Dios nuestro Señor”. El buen espíritu procede en forma “contraria”, desalentando, mediante “la sindéresis de la razón” a los unos, y alentando –con “ánimo y fuerzas, consolaciones, lágrimas, inspiraciones y quietud” –a los otros. Tercera y cuarta reglas San Ignacio dice: “Llamo consolación cuando en el ánima se causa alguna moción interior, con la cual viene el ánima a inflamarse en amor de su Creador y señor y, ninguna cosa creada sobre la haz de la tierra puede amar en sí misma, sino en el Creador de todas ellas. Asimismo cuando lanza lágrimas motivadas por el dolor de sus pecados o por la pasión de Cristo nuestro Señor, o por otras causas derechamente ordenadas a su servicio y alabanza. Finalmente llamo consolación todo aumento de esperanza, de fe y de caridad, y toda alegría interna que llama y atrae a las cosas celestiales y a la propia salud de su ánima, aquietándola y pacificándola en su Creador y Señor”. En el Directorio autógrafo de los Ejercicios agrega otros elementos que pertenecen a la consolación: paz interior, alegría espiritual, elevación de mente, que son todos dones del Espíritu Santo, “todo movimiento interior que deja al ánima consolada en el Señor nuestro”. “La consolación interior, echa fuera toda turbación y trae a todo el amor del Señor; y a unos los ilumina, a otros descubre muchos secretos. Finalmente con esta divina consolación todos los trabajos son placer y todas las fatigas descanso. No hay carga tan grande que no le sea muy dulce”. Hay todavía otra enumeración, cuando san Ignacio le pondera al duque de Borja “los santísimos dones y gracias espirituales”: “Los cuales entiendo ser aquellos que no están en nuestra potestad el traerlos cuando queremos, mas son puramente dados por quien da y puede todo bien: así como son crecimiento de gozo y reposo espiritual, impresiones e iluminaciones divinas, con todos los otros gustos y sentidos espirituales ordenados a los tales dones. Sin ellos, todos nuestros pensamientos, palabras y obras van mezcladas, frías y turbadas y por eso se deben buscar para que vayan calientes, claras y justas para el mayor servicio divino; de modo que deseemos tales dones o parte de ellos cuanto nos pueden ayudar a mayor gloria divina”. La consolación se llama “espiritual” porque comienza en el espíritu, pero si no pasara de alguna manera al cuerpo, no sería la consolación que san Ignacio llama espiritual. En toda consolación verdaderamente espiritual se da referencia explícita a Dios; más aún, a Cristo nuestro Señor.San Ignacio dice: Llamo desolación a todo lo contrario de la consolación, como la oscuridad del ánima, turbación en ellas, moción a las cosas bajas y terrenas, inquietud con varias agitaciones y tentaciones, moviendo a la falta de fe, sin esperanza, sin amor, hallándose la persona toda perezosa, tibia, triste y como separada de su Creador y Señor. La desolación es la guerra contra la paz, tristeza contra la alegría espiritual, esperanza en cosas bajas contra esperanza en las altas, así mismo amor bajo contra el alto, sequedad contra lágrimas, vagar la mente en cosas bajas contra la elevación de la mente. Desconfianza, falta de amor, sequedad, etc. “Nuestro común enemigo pone todos los inconvenientes posibles, poniéndonos muchas veces tristeza sin saber nosotros por qué estamos tristes, ni podemos orar con alguna devoción, contemplar ni aun hablar, ni oír de cosas de Dios nuestro Señor con sabor o gusto interior alguno; que no sólo esto, mas nos trae pensamientos como si del todo fuésemos de Dios nuestro Señor olvidados; y venimos en parecer que en todo estamos apartados del Señor nuestro; y así procura traernos en desconfianza de todo; y así veremos que se causa en nosotros tanto temor y flaquea, mirando en aquel tiempo demasiadamente nuestras miserias, y humillándonos tanto a sus falaces pensamientos”. Una de las características más notables de la desolación es la ausencia de Dios y es el mayor sufrimiento que nos causa, porque, cuando sentimos que estamos con Dios nuestro Señor, nada nos puede resultar penoso. Pensamientos que salen de la desolación Los “pensamientos que salen de la desolación” son tales cuando se dan en forma intensa y durable; en grado menor y en forma transitoria, “son pensamientos” con los que el mal espíritu procura “poner impedimentos para que la persona no pase adelante” en el camino espiritual. Es desolación cuando es intensa y durable y simple tentación cuando es menos intensa y transitoria. Reglas de la quinta a la novena Estas cinco reglas, que siguen a la descripción de la consolación y desolación espirituales, tienen de común ser consejos ignacianos para cuando estamos en desolación: señal de la importancia que este estado espiritual tiene, a los ojos de san Ignacio. La quinta regla nos da un consejo: “Nunca hacer mudanza cuando estamos en desolación, mas estar firme y constante en los propósitos y determinación en que estaba el día antecedente a la tal desolación, o en la determinación en que estaba en la antecedente consolación”. “Nunca hacer mudanza… siempre estar firme”, se refiere a la mudanza en la determinación o propósito que tenía en el tiempo anterior a la actual consolación o en una anterior consolación. El fundamento es que así como en la consolación nos guía más el buen espíritu, así en la desolación el malo. La sexta regla agrega Al que esta desolado “mucho aprovecha el intenso mudarse”. ¿No decía antes que no había que hacer mudanza? Sí, pero en los propósitos, porque mucho aprovecha el intenso mudarse contra la misma desolación. Por un lado firmeza en la determinación o propósito anterior; por el otro aumentar en la oración y meditación, en mucho examinar las causas porque nos hallamos desolados y hacer penitencia.Podemos agregar el hacer lo diametralmente opuesto de lo que el enemigo nos sugiere, tratar de tener pensamientos alegres, cuando la desolación nos los trae de tristeza; hacer actos de confianza en Dios. La regla séptima Considere cómo el Señor le ha dejado en prueba para que resista, pues puede. Este poder es muy importante recordarlo, sobre todo cuando uno está en desolación: “pues con el auxilio divino, el cual siempre le queda, aunque claramente no lo sienta. Se tiene el poder porque el Señor le ha abstraído su mucho hervor, crecido amor y gracia intensa, quedándole con todo la gracia suficiente para su salud eterna. Está consideración está en la línea del intenso mudarse contra la misma desolación, porque lo primero que nos quita el mal espíritu en la desolación es la confianza en Dios. Tenemos que distinguir entre prueba y tentación: sólo el demonio tienta, mientras Dios nos prueba. Me ha dejado, en la prueba, para que resista al adversario, más aún a derrocarlo. Si no se pone mucho rostro contra las tentaciones del enemigo, haciendo lo diametralmente opuesto no hay bestia tan feroz sobre la haz de la tierra como el enemigo de la naturaleza humana en la prosecución de su intención con crecida soberbia. La octava regla El que está en desolación trabaje por estar en paciencia, que es contraria a las vejaciones que le vienen. Siempre hay que hacer lo contrario de lo que el enemigo sugiere y, como en la desolación nos trae “vejaciones”, debemos trabajar para estar en paciencia, que es contraria a las vejaciones. “Paciencia”: es una virtud que caracteriza al Dios de la alianza y al hombre que pasa por una prueba; en griego bíblico se expresa con la palabra hypomoné que significa aguantar, no huir sino aguantar el choque, el peso, soportar la prueba, el sufrimiento, la persecución. La novena regla Tres causas principales son por las que nos hallamos desolados: “por ser tibios, perezosos o negligentes; y así por nuestras faltas se aleja la consolación”. Consiguientemente en nosotros está la solución, dejar de ser tibios; así volverá, pero no automáticamente, porque la consolación es una gracia o un don del Espíritu que solo se recibe cuando Dios quiera y no antes. Lo primero que tenemos que hacer, sin angustia ni escrúpulo, es preguntarnos si hemos sido negligentes. Si después de un tiempo prudencial no descubrimos ninguna negligencia o pereza, debemos considerar las otras causas. La segunda causa es “para probarnos para cuánto somos y cuánto nos alegramos, sin tanto estipendio de consolación y crecidas gracias”. En el tiempo de la consolación es fácil y leve todo servicio de Dios, pero en tiempo de la desolación es muy difícil. La tercera causa es “por darnos verdadera noticia y conocimiento para que internamente sintamos que no es de nosotros tener consolación espiritual, más que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor, y porque en cosa ajena no pongamos nido, atribuyendo a nosotros la espiritual consolación.Regla décima y undécimaLa regla décima se refiere al “al tiempo de consolación”. Piense: no es un pensamiento o moción que sale de la consolación, sino uno que se le pide al que está en consolación que ponga con su propia voluntad y entendimiento y que es, un ejercicio de memoria, de imaginación. O sea, en último término es un ejercicio de corazón. ¿Cómo se hará en la desolación que después vendrá? ¿Con qué objeto debe pensar en la desolación venidera? Para tomar nuevas fuerzas para entonces. El consolado no sabe cómo será el futuro. Pero sí sabe que la desolación será contraria a la consolación y que está ciertamente vendrá, porque es una “ley de toda vida espiritual sana la alternancia entre consolación y desolación y entre gracia y tentación. Por eso hará bien estribar fuerte en la consolación presente, sabiendo que el don divino aporta consigo sus defensas contra sus propios enemigos, o sea, contra la desolación venidera y contraria. En realidad, no se trata de imaginarse el futuro, sino simplemente pensar en la contrariedad que toda desolación venidera tiene con la presente consolación.Por último, así como san Ignacio dice expresamente que “el que está en consolación, piense cómo se habrá en la desolación que después vendrá, de la misma manera, quien experimenta una gracia, cualquiera que esta sea, piense cómo se habrá en la tentación venidera, que será contraria a la actual gracia. El que está consolado, procure humillarse y bajarse cuanto puede. Para san Ignacio y en general, para todo santo, la humildad en la vida espiritual tiene mucha importancia: sin ella no se puede avanzar con seguridad en dicha vida, porque toda gracia recibida puede convertirse, por vanidad en una falta. Es importante que “sintamos no es de nosotros tener consolación espiritual, mas que todo es don y gracia de Dios nuestro Señor; y porque en cosa ajena no pongamos nido, atribuyendo a nosotros la espiritual consolación”. Regla undécima Así como la desolación es contraria a la consolación lo que debe pensar el que está en desolación es contrario a lo que debe pensar el consolado. ¿Qué debe pensar? Que puede mucho con la gracia suficiente para resistir a todos los enemigos, tomando fuerzas en su Creador y Señor. Reglas de la duodécima a la decimocuarta Regla duodécima El enemigo se hace flaco por fuerza y fuerte de grado. Gran verdad es esta y que san Ignacio nos quiere aquí inculcar con fuerza, un débil que quiere aparentar que es fuerte y que se hace fuerte cuando nosotros nos mostramos débiles. No depende de nosotros el tener o no tener tentaciones; pero sí el que la tentación crezca, o bien se vaya. Es importante ser conscientes de la debilidad innata del mal espíritu, y caer en la cuenta que es nuestra flojera en resistirle lo que aumenta su poder sobre nosotros. Implícitamente nos dice que todo aumento de la tentación es señal evidente de que no estamos resistiéndole bien al tentador, su aumento es señal de que no estamos resistiéndole bien al tentado, tal vez porque no le prestamos suficiente atención a la tentación y nos dejamos envolver por ella. La regla decimotercera dice que el enemigo de la naturaleza humana quiere y desea que sean recibidas y tenidas en secreto; mas cuando el que las padece las descubre a su buen confesor o a otra persona espiritual, mucho le pesa, porque deduce que no podrá salir con su malicia comenzada, al ser descubiertos sus engaños manifiestos. Son tentaciones “debajo de especie de bien. ¿A quién hay que decirle la tentación? San Ignacio dice “a su buen confesor o a otra persona espiritual, que conozca sus engaños y malicias”. No basta, pues, cualquier confesor, sino que sea bueno. Conviene probar hasta encontrarlo, pues la mera manifestación de las tentaciones aunque la persona a la que se consulta no diga nada hace disminuir su fuerza y resultan más claras para el mismo que las consulta. No debemos dejar de pedir al Señor que nos haga encontrar un buen confesor u otra persona espiritual, que conozca sus engaños y malicias. “Pedid, porque todo el que pide, recibe” (Mt 7, 7-8). La decimocuarta regla parte de una comparación, “un caudillo que trata de vencer y robar”. El enemigo de la naturaleza humana, rodeando mira en torno todas nuestras virtudes teologales, cardinales, morales; y por donde nos haya más flacos y más necesitados para nuestra salud eterna, por allí nos bate y procura tomarnos”. De por sí somos débiles, como consecuencia del pecado original y de nuestros propios pecados personales, la gracia de Dios nos hace fuertes. ¿Cuál debe ser nuestra actitud? Todas nuestras virtudes teologales (fe, esperanza y caridad), cardinales (prudencia, justicia, fortaleza, templanza) y morales (religión, devoción, obediencia, paciencia, castidad, dulzura, humildad); y donde nos hallamos más flacos y débiles, allí precavernos, previendo los ataques del “enemigo de la naturaleza humana”. La entrada Día 14: Reglas de discernimiento Ignaciano se publicó primero en Podcast.
  • Día 13: ver para seguirlo 25.03.2025 24min
    https://radiomaria.org.ar/_audios/88802.mp3 25/03/2025 – En el día 13 de lo ejercicios reflexionamos en torno al evangelio de San Marcos 10,46-52: Después llegaron a Jericó. Cuando Jesús salía de allí, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: “¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!”. Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: “¡Hijo de David, ten piedad de mí!”. Jesús se detuvo y dijo: “Llámenlo”. Entonces llamaron al ciego y le dijeron: “¡Animo, levántate! El te llama”. Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia él. Jesús le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Él le respondió: “Maestro, que yo pueda ver”. Jesús le dijo: “Vete, tu fe te ha salvado”. En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino. San Marcos 10,46-52 Queremos ver Como vio Bartimeo, el hijo de Timeo, el ciego del camino que pide piedad al Hijo de Dios. Nosotros también sentimos que hay cegueras dentro de nosotros y que el Señor con su presencia, con su mano extendida, es capaz de devolvernos la visión que necesitamos para vivir de una manera distinta y para poder encaminar las cosas de una forma distinta. “¿Qué quieres que haga por ti?” La pregunta es para Bartimeo y es para vos y para mí. ¿Qué queremos que haga Jesús con aquellos lugares de la vida donde no se ve con claridad, donde caminamos a tientas, donde parece no terminamos de acertar con nuestros pasos? Lo podemos identificar claramente con situaciones de vida donde a pesar de nuestros buenos intentos, de nuestras buenas búsquedas, no acertamos con la mejor forma, porque en realidad, cuando le erramos en el camino es porque le estamos pifiando en la mirada y no acertamos con dar en lo justo. No ves y tenés que aprender a ver, estás como ciego y hace falta que venga Aquél que pueda devolverte la visión para elegir o para buscar, para ver y elegir los caminos por donde tenés que andar.Posiblemente vos seas de aquellos que en el vínculo matrimonial, en la relación de pareja estés sufriendo de falta de visión y que la ilusión de construir una vida junto a ella o a él para siempre se haya desdibujado a partir de algunos desencuentros y se haya roto junto con la ilusión de ver que las cosas como vos las soñabas o las esperabas no son ni serán nunca y tal vez si te quedaste prendido demasiado a aquél sueño o ilusión, te veas como frustrado o frustrada en el camino y te impide seguir caminando porque ahora no se ve. Tu mirada era mirada de ilusiones, mirada de ensueños, la realidad te dicta otra cosa. Siempre supera la realidad a la ficción y nos ofrece costados más amplios en lo bueno y en todo lo difícil que supone el contacto con ella. Ver las cosas como son, llamarlas por el nombre que tienen, encontrarnos con la verdad resulta realmente liberador. La libertad que nace del realismo, del encuentro con la verdad de las cosas como son, la verdad te hace libre, la verdad transforma tu corazón en libertad.Tal vez la situación que vive el mundo de hoy los adolescentes y jóvenes, golpee fuerte y prefieran negar la realidad como es para poder de algún modo, seguir siendo niño o niña o joven con un cierto miedo a crecer. Nosotros, como el ciego de Jericó, estamos con necesidad de poder ver lo que no terminamos de ver, o no terminamos de animarnos a ver para afrontar las cosas como son. ¡Jesús, Hijo de David, ten compasión de nosotros, estamos como ciegos, necesitamos de tu amor! Un encuentro de amistad Jesús nos llama bajo distintas circunstancias de no visión en la que estamos y nos dice: ¿qué querés?El ciego al borde del camino le dice: “Maestro, que vea, que pueda ver”. Vos y yo también queremos ver.Para poder entrar en contacto con el modo con el que el Señor puede cambiarnos la mirada hace falta estar delante de él reconociendo esa posibilidad que tiene de darnos la mirada que hoy no tenemos.Los milagros, como las parábolas, tienen dos niveles, el nivel literal que relata lo ocurrido, y el de la historia de salvación que muestra lo que está detrás de lo que acontece. Como en tu vida también hay un sentido literal de las cosas que ocurren y detrás de lo que ocurre está el significado de lo que acontece, porque la vida humana, respecto de las otras vidas que se dan en el universo y en el planeta particularmente, tienen la posibilidad de encontrar sentido. Si el Señor viene a intervenir sobre algún aspecto de tu ceguera no es sencillamente para calmar tu angustia. Por supuesto que cuando vemos con más claridad la angustia va desapareciendo, la serenidad va ganando el corazón, pero mucho más, Dios quiere que nos encontremos con El como con un amigo, como aquél que verdaderamente le da “el sentido” a la vida. Por eso el evangelista nos insinúa que está utilizando el verbo “ver” en dos acepciones fundamentales. El de recobrar la vista y el de creerle a Jesús como Salvador. El Señor viene al encuentro de tus cegueras, de tus oscuridades, cualquiera sean para liberarte de la angustia de seguir caminando a tientas, a los tropezones, sin sentido, pero mucho más que eso viene para encontrarse en un trato de amistad y señorío con vos. ¡Que el Señor te regale la gracia de liberarte de tus propias sombras y de ver cómo Él quiere que veas las cosas como son asumiéndolas con libertad interior y con madurez! El Señor quiere devolvernos “mirada” sobre lo que nos ocurre, quiere poner sus ojos sobre nosotros y lo que nos acontece y enseñarnos a ver como El mira. Quiere sacarnos de la oscuridad de las sombras, de las ilusiones, de mirar la vida de costado, de permanecer al borde del camino por no animarnos a enfrentar lo doloroso que suele ser ver las cosas como son y a enseñarnos a asumir la vida con todo lo que tiene de duro y de hermoso como El la afrontó desde la cruz y nos regaló la resurrección. La entrada Día 13: ver para seguirlo se publicó primero en Podcast.

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